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PÁLIDA CONDENA

Mil y una soledades

Miguel Ángel Gómez
miércoles 07 de febrero de 2024, 19:01h
Actualizado el: 02/07/2024 19:10h

“El mundo catastrófico de nuevo llega con su críptica sonrisa”, afirmó Charles Olson en uno de sus libros ensayísticos El mundo y lo catastrófico pueden llevarnos con frecuencia a la soledad más absoluta, a no estar de humor para lo que se cuece ahí fuera.

Pensar en Emilio López Medina es pensar en su heptalogía Las siete bestias (La ignorancia, La ambición, La diversión, El sexo, La soledad, El dolor y El temor). Del gueto de la literatura aforística nace siempre el confesor y el psicoanalista. Ante el asedio cotidiano buscamos hallar en nosotros mismos la filosofía de Descartes o Husserl o el simbolismo de los moralistas Chamfort y La Rochefoucauld. Las verdades simples y evidentes, y las complicadas como realidad permanente e indestructible, se dan cabida en su último y quinto volumen, La soledad (Apeadero de Aforistas). Esta nueva entrega, antepenúltima, la llena de notas casi todas imprescindibles. Pretende hacer una soledad que señala la biblioteca con un movimiento de cabeza.

Estos volúmenes de López Medina, como cuadernos de ejercicios ascendentes y triunfantes, nos proporcionan su curiosidad sin desear ser sublime sin interrupción. Se leen con gusto la enorme cantidad de textos sobre la libertad, el silencio, el desprecio, la infelicidad, etc.

“Estoy descubriendo aspectos insospechados en el ser humano, porque los estoy descubriendo en mí”, afirma López Medina al comienzo a sabiendas de que la línea de la vida de cualquiera solo tiene una marca: “la incertidumbre”.

El género del aforismo cuenta con enemigos exquisitos y seguidores igualmente exquisitos. Leer aforismos mientras nada transcurre alegremente es lo que hacemos a cada paso. Hay dos clases principalmente de aforistas, aquellos que arriesgan deseando algo más del aforismo, casi en un estado de completa inconsciencia, y aquellos otros que escriben teniendo un origen, a partir de lo aprendido anteriormente, sin que las palabras vengan reveladas por el niño. De los del primer tipo es Emilio López Medina.

La soledad titula, con mucho acierto, su volumen que es a la vez un tratado sobre la palabra y sobre la piedad. Entre la poesía y la filosofía oscilan sus textos con juegos de ingenio y pesimismo. “El optimismo es cuestión de carácter, el pesimismo es cuestión de inteligencia. Por eso pueden convivir en las personas. Por ejemplo, yo soy un optimista fatídico o, si se quiere, un alegre pesimista”. No son simples ocurrencias, son aforismos que no están en un desorden total.

Los géneros breves son un hueso que tiene mucha carne. Un aforismo puede ser el gran león saliendo del bosque seguido por un crítico con un arco y mil flechas. En el libro de López Medina el lector puede encontrar de todo, hay rotundas afirmaciones apiladas: “Todo lo que se hace por odio se hace más allá del bien y del mal”, “La conversación es la aliada de la piedad”, “Quien ama se consume en el fuego, quien ha amado se churrasca en los rescoldos”.

Los buenos aforismos traen una energía creadora que se derrama en todas las direcciones al mismo tiempo: “Silencio mutuo, desprecio mutuo”, o nos hacen leer el rostro del mundo con los ojos de un escritor: “Soy cobarde porque estoy solo”.

López Medina sabe entremezclar, sin hacerlo distraídamente, la otredad con la palabra rota: “Cuanto más nos adentramos en la biografía de una persona, menos sabemos de ella”; “Esa otra, la persona que permanece en silencio, no está contigo; está en otro mundo, en su mundo”.

“En busca de la palabra del otro” y “Realidad sin palabras” son quizá los capítulos del libro más interesantes. ¡Cuántas esperanzas −que viven a la vuelta de la esquina y no hemos sabido nada de ellas− servirían para rellenar el vacío de la nada! López Medina ha creado un aforismo personal que nos resulta reconocible e inconfundible. La soledad (Las siete bestias) forma parte de una colección, Thémata, espléndidamente ideada y dirigida por José Luis Trullo, quien tiene un gran dominio de la aforística tradicional y la moderna y las conoce como ningún editor de su generación. Pocos como él tan fieles a sí mismos.

Más de una vez expresa López Medina su descontento ante la soledad y la separación: “Tú te vas a ir, sí. Pero con todo el peso de mis lágrimas”. “Separarse es también decidirse a sufrir por separado”. El autor reflexiona sobre los problemas de dolor, es muy consciente de lo que ha querido escribir y de lo que ha escrito. Hay un despojamiento formal del que tiene el presentimiento de que está destinado a algo grande. Otro núcleo temático es el del ausente. “Los ausentes están siempre muertos”. “Se cruzan contigo, se alejan, te adelantan, se acercan, aparecen, desaparecen…” Y están los aforismos referidos a la vida que nos hace mirar con desamparo. Puede servir de ejemplo: “La vida es el aprendizaje hacia una larga decepción. En ella hay discípulos aventajados”.

La soledad (Las siete bestias, V) es un libro para abrir por cualquier lugar como quien se lleva el vaso a los labios y sorbe lenta y cautelosamente, los ejercicios de la memoria nos harán esperar unos instantes para comprobar el efecto. López Medina añade un puñado de memorables aforismos a su heptalogía aún inconclusa. Al lector no le va a ser muy difícil explicar este botín si vienen los polizontes de la crítica.

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