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TRIBUNA

Otra vuelta en torno a G.K.C.

martes 13 de febrero de 2024, 19:48h

Afirmar que vivimos en una situación crítica no pasa de ser un lugar común, porque no hay circunstancia histórica que no lo sea. Vivir es arriesgar la vida hasta el punto de que el modo pleno de vivir acaso consista en dar la vida. Lo que es, como todo el mundo sabe, lo contrario de quitársela.

La novedad actual no se encontrará en una genérica situación de emergencia, sino en la razón específica de nuestra alarma. Hace ya mucho tiempo que el viejo consenso de postguerra se vino abajo. El hundimiento de la unión soviética rompió, entre tantas cosas, las coordenadas en las que se fundó la convivencia en el llamado “mundo libre”. Un título soberbio y vano que escondía una blanda servidumbre.

Con el correr de los años las cosas han cambiado profundamente. No es ya que la lucha de clases fuera sustituida por el conflicto de civilizaciones, no es que hubiéramos llegado a las costas impensables del final de la historia. Ideas que nos fueron sugeridas hace décadas. Es que la historia adquirió nuevamente su habitual ritmo trepidante y atroz, a una escala nuevamente ampliada. Hoy es la aldea global la que se encuentra en una situación de extrema tensión y de ahí que algunos iluminados – entre los que se cuentan nuestros más próximos gobernantes – sueñen con huidas fuera del planeta en dirección a inconcebibles colonias galácticas.

En este estado de cosas se propaga, en amplios círculos, la lectura de un escritor del pasado que respiró, por una parte, un aire más limpio, pero que conoció, por otra parte, la gran tragedia de la historia humana. En sus páginas se respira una atmósfera olvidada, el delicado aroma del jardín de la cultura liberal, que sería arrasado desde 1914. En sus páginas se encontrará una profunda alegría de vivir, que su propio hermano señaló como su más acendrada característica. También puede encontrarse allí, pese a todo, el diagnóstico más sombrío y una perspectiva oscura que es la fuente de sus abominables pesadillas, un rasgo que le reconoció Jorge L. Borges. En sus páginas vemos, por usar sus propios términos, el manantial implacablemente enturbiado por la ciénaga, de modo que su visión más limpia y clara no puede separarse de la noche oscura de su alma.

Me estoy refiriendo a la figura complejísima, tras su apariencia de simple lucidez, de Gilbert Keith Chesterton. Por mi parte, desde que me lo encontré no he dejado de propagarlo con escasa suerte. Algunos buenos amigos no entienden mi fervor por ese humilde y colosal escritor inglés, muerto en el umbral de nuestra guerra. A muchos les sigue pareciendo un escritor popular, más o menos ingenioso, entretenido y dotado de una pluma fácil, pero a menudo descuidada. Yo sigo insistiendo en su potencia incomparable. Sería preciso que, alguna vez, le dedicara una atención sostenida. Si de esa atención resultara un ensayo explicativo se lo haría para siempre odioso a los amigos, aunque me permitiera fundar mi prédica. Prefiero, es cierto, seguir difundiendo su lectura sin oscurecer la luz de sus paradojas.

Entretanto no dejan de aparecer nuevas versiones en nuestra lengua, que no siempre pueden brillar a la altura del Lepanto, que tradujo Borges, pero que permiten seguir acercándonos a este “bufón de la teología”, una expresión desdeñosa que me parece un resbalón impensable en la boca de quien lo pronunció.

Hace poco se tradujo la crítica – amable, pero estricta – que le dirigiera Cecil Chesterton, una crítica temprana por parte de quien, de algún modo, adivinó que no podría esperar a ver culminada la obra del hermano. Ediciones More ha ofrecido, en efecto: Mi hermano Gilbert, un texto que bajo el título de G. K. Chesterton. A criticism le dedicó Cecil Chesterton, que no sólo conocía a su hermano desde la raíz, sino que es él mismo un escritor de rara inteligencia.

Más recientemente la editorial Encuentro ha añadido un número nuevo – y van seis – a la publicación de las contribuciones de G.K.C. – prolongadas a lo largo de toda su vida – a la Ilustrated London News. Son los artículos del año 1911 que, milagros de un periodismo incomparable, resulta plenamente actual en 2024. “Cosas que los hombres odian con razón” incluye piezas fulgurantes que dejan, sin embargo, una huella duradera en el espíritu inquieto del lector contemporáneo. En este presente de odios abismales, dar razón del odio puede juzgarse un inmenso avance.

Fernando Muñoz

Doctor en Filosofía y Sociología

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