La semblanza, ese género tan olvidado, tan poco practicado salvo por los ejemplos de escritores que vinieron con varias bajo el brazo y nos fueron expuestas como un ramo inesperado. Es el género que mejor sabe hilar la vida y la obra de quien se cuenta, poniendo las vivencias al nivel de lo alcanzado en el arte, ya que en ocasiones suele ser al revés: la vida es la obra que se proyecta y trabaja, y el resto sólo literatura.
En este libro, se recogen varias sobre diferentes personalidades de distintas épocas que significan para el autor ilustres nombres de la historia cultural y política del país. Italia, aunque sea obvio decirlo, ha dado sobrados personajes recordados por todos y dignos de una notoriedad que, en algunos, traspasó las fronteras de la península en forma de bota. El orden alfabético debe su razón a que La dolce vita. Breve diccionario sentimental de Italia presenta las susodichas semblanzas en ese formato académico, pero nada hay que temer ante él: más allá del orden correspondiente, cada pasaje contiene la particularidad narrativa que la figura en cuestión nos dejó a nosotros, los curiosos y pendientes de esas vidas tan secretas o temperamentales que rozaron alturas y glorias o que no pararon de acercarse a las simas por su mucha sed vital, siempre un riesgo, muy caro el precio a pagar de sobrepasarse el límite.
Luis Antonio de Villena sabe bien de esos lances. Ha ido elaborando este personal diccionario a lo largo de dos años, nos informa en la nota previa, pero su apasionamiento por lo italiano es cosa destacada desde sus títulos más lejanos, sea únicamente por la influencia de los poetas que citaba entonces —léanse los poemas de su primer libro, Sublime Solarium, que aludían a Guido Gozzano y a Sergio Corazzini— o por los que motivaron la escritura de biografías —Miguel Ángel, Caravaggio— o los que supusieron un aliento para continuar.
La selección es personal. Aunque pensemos en las ausencias que hubieran merecido su capítulo, Villena los cita en relación a ése o aquél, pues no debemos olvidar que el criterio obedece a las huellas que estos han dejado en su trayectoria; rasgo distintivo, todo sea dicho, de los ensayos del escritor y poeta madrileño, con un personal estilo que, sin desmerecer el bagaje de su sabiduría, te conduce con amenidad por estos retratos de esplendor.
No tiene sentido enumerar el índice al completo, pero uno puede hacerse a la idea de que importantes como Miguel Ángel Buonarroti, Dante, Gabriele D’Annunzio, Elsa Morante o Giacomo Leopardi, conviven con otros que pueden hacer las delicias lectoras de los que prefieran las grandezas de los autores menores —por más desconocidos en comparación, no por calidad inferior; a veces, incluso, resultando superiores— como Antonia Pozzi, Dino Campana, Sandro Penna o Filippo de Pisis, cuya imagen, veneciana y decadente, si es que los dos términos no vienen a ser lo mismo, siendo transportado en una góndola con remeros propios ‘ataviados con libreas en negro y oro’, entre otros lujos y rarezas, bien justifica la lectura de La dolce vita. Cada uno habrá de elegir sus hallazgos y predilectos.
Libro inusual, exquisito —no quedan fuera las alusiones a la gastronomía o la música—, medido en sus juicios y sabedor de sus imperfecciones que logran hacerlo más íntegro. Una galería ‘de vientos perdidos y gentiles’, a ratos bulliciosos, pero una grata compañía de principio a fin.