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TRIBUNA

La chispa y el reguero de pólvora

Javier Mateo Hidalgo
martes 20 de febrero de 2024, 20:11h

Quienes nos acercamos a la sociedad y cultura actuales, experimentamos la sensación de que tanto una como otra en su interrelación atraviesan un momento tan insólito como preocupante. No es un caso exclusivo de España, sino del resto del mundo, dentro de esta era global que nos ha tocado vivir. Tal vez España esté llegando con retraso, como en tantas otras cosas, pero finalmente se pone al día, y no precisamente para bien. Quien escribe estas líneas no puede evitar echar la vista atrás y comparar épocas pasadas con ésta, llegando a la conclusión de que nunca se había cuestionado tanto la Historia de la cultura como hasta ahora. Ello podría significar un elogio al ser humano y su progreso cívico, en caso de que este cuestionamiento fuese constructivo, pero no es así. La ciudadanía presente, guiada por la ausencia de formación y respeto frente a las etapas o épocas anteriores, realiza juicios de valor hacia la cultura pasada equivocados, dañinos e inútiles. Puede decirse que, en esta época, hemos llegado a nuestro grado máximo de ignorancia y mediocridad, optando por destruir en lugar de respetar y mejorar nuestra herencia histórica y mundial. Y no sólo pasa con el tratamiento dado al legado de tiempos anteriores, sino con la forma en que asimilamos nuestras propuestas presentes, hundiendo y condenando al ostracismo y en cuestión de poco tiempo tanto a creaciones como a autores o autoras que, no hace mucho, merecían respeto. No hace falta poner ejemplos concretos para que el lector sepa de lo que estamos hablando. Pero hay algo que es todavía más sangrante, y es que quienes gobiernan sobre la población y se deben de encargar de colaborar en el buen entendimiento de este pasado, se encuentran ausentes o, cuando se personan en el caso, “trabajan” desde la misma ignorancia y desprecio. Debido a su responsabilidad, su acción es todavía más temeraria y condenable que la de la ciudadanía.

La primera vez que, de adolescente, escuché la frase “todo es política”, la aborrecí de inmediato. Tal vez cuando Thomas Mann la ideó para la montaña mágica, pensaba en la frase de Platón que consideraba al hombre un “animal político” por naturaleza. Tal vez pude detestar esa afirmación porque, quien la utilizó, no se preocupó por ponerla en contexto, por explicar lo que habían querido decir el alemán y el griego. La amistad y el amor nunca deberían de anteponer la política a sus lazos, pero buena parte de las veces lo hacen, y de forma poco comedida. Esta vez sucedió así, poniendo entre medias esta cuestión, desbaratándose lo construido rápidamente. Nuestra cultura y forma de ser como españoles ha tendido siempre a la polarización, a las pasiones. Y uno de los ámbitos que más ha malmetido en este sentido ha sido el de la política. La política ha llegado a penetrar en la cultura analizando su sentido último, el humanístico, desde la perspectiva de su propio ámbito. La política española actual carece del rigor y respeto necesarios para llevar a cabo esta misión. Pero le es indiferente: lo hace porque sólo a través de lo que nos une —nuestra identidad— puede encizañar, derribando nuestra fuerza como ciudadanía. La “crispación” —palabra demasiadas veces escuchada— se ha adueñado de la población española desde hace décadas, empezando por la política y terminando por la cultura. Ha emponzoñado allí donde se ha aplicado, y su vuelta atrás resulta muy difícil. ¿No es el poder el primer interesado en que no se piense correctamente, por miedo a que se descubra su incompetencia?

Ahora, más que nunca, el pedestal de las “estatuas” es inestable y aquellas figuras que nos dan sentido culturalmente amenazan con caer al más leve toque por parte de quien las observa. Esto, más allá de nuestra forma de ser en España, tan dada a la violencia y a la destrucción, se puede extrapolar al mundo occidental, donde las noticias y juicios mediáticos se propagan como reguero de pólvora prendido por una chispa. Solo hace falta eso, un destello de llama que encienda cualquier tipo de información, de la índole que sea —basada en hechos probables o no—. Es lo que nos ha traído esta era de lo global. Todo el mundo puede hablar de todo, el mundo es un gran bar, una plaza pública llena de entendidos en todo y en nada. Ya no hacen falta los juicios en tribunales llevados a cabo por magistrados. Desde la población se condena a alguien o a algo y, esa pena, esa “mancha”, cuesta mucho después de limpiar. Aunque se demuestre que “el”, que “la” o que “lo” acusado finalmente no es culpable, siempre pesará sobre él la sombra de la duda. La impaciencia se ha adueñado de la situación frente a la reflexión y ahora despuntan los inquisidores. Algo así como lo sucedido en la Revolución francesa, donde todo y todos acabaron siendo mirados con recelo. Si algo deberíamos de aprender de esta etapa es que la guillotina que se acciona contra los demás puede acabar accionándose sobre nosotros mismos. Es como escupir al aire.

Tampoco la obra se separa de la persona, y esto es muy preocupante. Se cancelan creaciones como consecuencia lógica de cancelar nombres de personas. ¿Nos damos cuenta que, de seguir esta lógica, deberíamos de cancelar la mayoría de nuestro legado cultural? Se señalan a autores y a autoras, a museos e instituciones, se atacan o dañan obras en pos de una idea relacionada o no con ellas. En definitiva: se busca asolar el paisaje sin aportar nada en su lugar, o aportándose sustitutivos mediocres. La era de lo políticamente correcto puede llegar a ser muy peligrosa, independientemente de coincidir con determinados aspectos que la componen. Se dice y no sin razón que en la actualidad sentimos menos libertad a la hora de expresarnos, que debemos meditar concienzudamente lo que decimos, amputar parte de nuestro pensamiento por miedo a no encajar con el canon ético actual. Esto debe preocuparnos y mucho.

A pesar de la belleza del término al que hace referencia, el neologismo de lo woke (del inglés, “despertar”) se ha alejado de esa primera idea de toma de conciencia y reflexión crítica para acabar convirtiéndose en una peligrosa dictadura. Esa “cultura de la cancelación” que lamentablemente ha perdido buena parte de su norte, lamentablemente la asociamos a todas estas cuestiones, acaecidas dentro y fuera de España. Por eso, debemos hacer nuestras esas palabra dichas por el personaje de Esquilache en sus versiones teatral y cinematográfica (Antonio Buero Vallejo y Josefina Molina mediante), para poner “todo nuestro empeño” en un crear mundo nuevo alejado de toda esta triste realidad. No debemos permitir que “unos cuantos” asesinen el sueño de toda una civilización.

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