El gato se durmió sobre él. Después de varias horas de gala de premios —que dejan baldado por hacer uno de testigo de las emociones de otros y de las propias que emergen suscitadas por los discursos, por si gana o no la opción que preferimos, por los números musicales que entretienen pero nunca acaban de convencer, según el caso que se les esté haciendo—, lo normal es irse amodorrando. El gato se le adelantó, llevando un rato largo sobre su vientre, impasible y negro, sin reconocérsele los rasgos al quedar tan ovillado; un brochazo oscuro en su camiseta blanca. Juanra le seguía, le faltaba poco para unirse a su sueño.
No pasaban coches. La una de la madrugada, curioseada por uno desde el balcón entreabierto, vigilaba que las calles y los edificios fueran cobrando ese fulgor anaranjado y que el frío resaltase las luces que brillaban por los barrios del sur. Daniel se había marchado. Como el metro había cerrado, no me importó hacer un poco más de vida en el sofá hasta donde permitiera el aguante del anfitrión, que flaqueaba, y comenzamos a ver la película que echaron a continuación.
Veinte minutos, quizá media hora. El gato permanecía en sus trece, pero Juanra se revolvía e intentaba prestar atención. La vaquilla, de Berlanga, no parecía una elección significativa más allá de ser un clásico de nuestro cine contemporáneo, y aunque uno ya la había visto en un par de ocasiones, se entregó junto al amigo a lo que nos contaba, que para él sí era nuevo, pues no le sonaba ninguna escena, pero algo de gracia le fue causando, luchando contra la amenaza de cerrársele los ojos en cualquier momento.
El cansancio fue inminente. Cada uno debía recogerse y dar por terminada la velada. En el instante de ir a buscar mi abrigo y volver para despedirme, ocurrió la anécdota que justificó toda esa previa de gestos y detalles que obraron de telón de fondo. En la escena, una avioneta sobrevolaba los campos y las casas del pueblo donde transcurría la acción. Juanra, que había conseguido desperezarse y miraba más atento la televisión, recordó en voz alta que claro que sabía qué película era, que su padre se la había mencionado bastantes veces, porque él era el piloto que cruzaba la pantalla por ese cielo despejado de los años ochenta y de mediados de los treinta en la ficción. Uno sabía que su padre era piloto, algo referido pocas semanas antes, pero el papel que interpretó en la película ocupó todo mi interés. La sensación de hondura que dejó pudo deberse a que él lo mencionó como si nada, como una foto antigua que reencontramos y arranca una sonrisa, una o dos frasecillas, y después se continúa con la búsqueda de lo que inicialmente nos incumbía.
De vuelta a casa, pensaba en esa casualidad, y la fatiga de las risas y los comentarios acerca de la gala dieron paso a los aromas literarios de esto último, a los que uno siempre sigue y permite el engatuse para perderse en las consideraciones que sugieren. Su padre, el piloto. ¿Cuántos de su entorno conocían o recordaban todavía ese relato? Sigue atrayéndome si lo pienso como una secreta historia de unos minutos de peripecia aérea salvados del olvido por el cine. Me trajo el famoso poema de Yeats, aquel en el que un aviador irlandés prevé su muerte en las alturas, intentando hallar su destino entre las nubes. Y uno, de este modo, se fue agradecido por los amigos, caminando hacia el autobús nocturno con ‘un solitario impulso de deleite.’