Juicio a la España franquista
Martín-Miguel Rubio Esteban
viernes 07 de noviembre de 2008, 18:43h
Es propio de los cobardes hacer de Cid Campeador cuando no hay moros en la costa. Suele ocurrir que aparente un valor cívico increíble en épocas de libertad aquél que se humillaba lacayuno de hinojos ante las rodillas del tirano. No hay ninguna maldad mayor ni más miserable que revestirse de ánimo justiciero para disimular mejor la impotencia e indignidad pretéritas. Suele perseguir la cobardía al que cayó del todo y está enterrado, y como hija de ánimos pusilánimes llega incluso a temer el propio fantasma del muerto (a lo mejor porque el muerto se pone en pie y comienza a decir muchas verdades incómodas).
Está bien que la Historia condene al franquismo como un cruel error público, que quienes fueron muertos, heridos o largamente encarcelados luchando contra él en nombre de la libertad sean honrados públicamente como los mejores ejemplares de la patria, y quienes con mayor magnanimidad la dignifican. Pero no nos pongamos a hacer una nómina de franquistas, porque España podría salir más avergonzada y maltratada que lo que uno puede imaginar. Eliminados posiblemente los ciudadanos más dignos durante la guerra fratricida, de uno y otro bando, quedó una masiva mediocridad gris y temerosa que se entregó arrobada al nuevo César, quien no siempre obraba con segundas intenciones y hasta un tipo como él llegó a tener también honestos y humanistas propósitos. Más aún, me atrevería a decir que lo que se teme se está en la obligación de aborrecer, y lo que es aborrecido por la mayoría no puede durar cuarenta años.
Monárquicos los hubo; Ansón y cuarenta más, contando a Ansón dos veces. Comunistas los hubo; sin duda fue la fuerza más grande y digna, pero nunca hubo más de 60.000 ciudadanos con esa fortaleza moral. Socialistas, tres o cuatro mil. Republicanos demócratas, equidistantes de las dos Españas, también los hubo, Trevijano y quince más. Más un millar de anarquistas. En total 64.055 ciudadanos dignos frente a un inquietante marasmo popular que de vez en cuando se entretenía en hermosos juegos florales, neutral a veces y cerradamente profranquista otras veces.
Cuatro poetas de le Generación del 27 alabaron al Caudillo. Alguno incluso con una babosería que llegó a ofender al propio Franco. Geniales pintores, grandes médicos, novelistas universales, soberbios deportistas, académicos eximios, toreros valientes, extraordinarios músicos, señeros periodistas, magníficos científicos, catedráticos egregios, actores inolvidables, grandes terratenientes, humildes obreros y campesinos, y gentes normales, corrientes y molientes, muchos de ellos honrados, generosos y buenos, fueron franquistas sinceramente, y ayudaron sin duda con su aquiescencia a la prolongación de aquel Régimen terrible. Y cuando llegó el momento, y el propio aparato franquista quiso autodisolverse en aras de horizontes más amplios e integradores, esa misma gente apoyó el cambio. Esto es cierto, horriblemente cierto, pero cierto al fin y al cabo.
¿Qué va a hacer ahora España, suicidarse por sentencia judicial? ¿Entonar una palinodia que produzca un llanto que anegue toda la tierra, que nos entristezca hasta llegar a la defunción de la Nación? ¿O seguir con el espíritu de la reconciliación nacional, desarrollar la amistad cívica, el respeto, el amor patrio, ahondar en la las libertades políticas y civiles y aprender mejor a convivir cada día, siendo conscientes de nuestros errores pasados (¡y presentes también, claro!) para mejorar y prosperar, pero no para suicidarnos como Nación? Una de las naciones más nobles del mundo, por cierto.
Además dime de qué presumes y te diré de qué ramas lacayunas procedes en tu árbol genealógico. El valor cívico y las virtudes públicas nunca han sido mezquinos.
|
Doctor en Filología Clásica
MARTÍN-MIGUEL RUBIO es escritor y catedrático de Latín
|
|