La nueva frontera americana
Artemio Benavides
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artemiobenavideshotmailcom/16/16/24
viernes 07 de noviembre de 2008, 20:02h
En Estados Unidos del Norte, los ‘filis’ de Filadelfia triunfaron en su ‘pasatiempo nacional’, el béisbol. Y, a poco tiempo, acudieron a las urnas para demostrarle al mundo “que América es un lugar en el que todo es posible”; sí, plantear la posibilidad que esta centuria vaya por senderos diferentes al siglo breve y calamitoso anterior.
Ahora bien: béisbol y política se enlazan en la experiencia histórica nacional, pues el béisbol encierra el mito del pasado rural norteamericano: es un juego de individualidades, solitario, de control, de pasión contenida, de lucidez y frialdad. El béisbol encierra el mito del pasado rural norteamericano: es un juego de individualidades, solitario de control, de pasión contenida, de lucidez y frialdad. El béisbol es un juego que no expresa un llamado atractivo a otros pueblos: cada vez más, entre nosotros, es echado de lado por el fútbol soccer que responde a mayor pasión menos individualista, más asociativa, ya no tan solitaria, tan fría, tan racional quizá.
Para los americanos del norte, “nada es real hasta que se cuenta”: porcentajes para todo en anotaciones, los errores, las acciones todas de ese juego anglosajón que periclita en una América Latina que, al parecer, escucha tambores distintos.
Se ha dicho que este juego parece diseñado como el sistema de “checks and balances” del gobierno federal yanqui: los jueces, ante todo, se imponen como un Poder Judicial casi omnipotente, porque la Constitución Suprema es lo que los jueces deciden; los otros, el poder ejecutivo sabe que “la papa caliente termina allí” y el legislativo, a su vez, verifica el poder de los otros equipos.
Ah! Y el juego, como dijo Yoqui Berra, “no se acaba hasta que se acaba”, es decir, no está gobernado por el reloj, sino que se termina al vencer el último obstáculo, el último oponente. Y, además, no hay substituto para la derrota; esto es, no hay segundo lugar, sub-campeón o algo parecido.
Y hace poco, el sistema político norteamericano ofrece un ejemplo de posibilidades, de esperanzas, a este mundo que parecía exento de bondades y pleno de conflictos que, por el momento, se antojan menos apocalípticos: la democracia ha hecho renacer las promesas siempre renovables de justicia y tolerancia, de fraternidad y libertad.
Y de saber perder con gallardía y saber ganar con misericordia. Algo que está en los “hábitos del corazón” democrático de esa nación; algo que tiene, quizá, mucho que ver con la creciente presencia de la gente que, en alguna medida, representa el próximo presidente norteamericano.
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Historiador
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