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TRIBUNA

No a la guerra

viernes 22 de marzo de 2024, 18:59h

Crece el ritmo y se oscurece el acento de las declaraciones belicistas de los prohombres y promujeres de la Unión Europea. La élite burocrática, legitimada por el juego electoral cuya validez empieza a declinar, aúlla en la frontera con Rusia. Desde el viejo Borrell que se presenta aguerrido defensor de no sé qué libertades, a Von der Leyen que antes que Osa (Ursula) se me antoja Mantis, devoradora de todos los que morirán en la avanzada y en la retaguardia de una guerra en la que sólo tienen algo que ganar los inversores mundiales, las corporaciones planetarias del globalismo infinito.

Serán nuestros hijos y especialmente nuestros hijos varones la carne de cañón de esos intereses. No he oído a uno sólo de los biempensantes de la izquierda bonita gritar su “¡No a la guerra!”, ¡con lo que la guerra contamina!

El Papa ha señalado que conviene abrir negociaciones. El armisticio no satisface, sin embargo, a los emperifollados chacales de la política liberal e igualitaria, ni a socialdemócratas de corazón paciente, ni a liberal conservadores: liberales con lo ajeno y conservadores de lo propio.

Que sí, que Putin es diabólico y el pueblo ruso padece de un servilismo tradicionalmente arraigado, que sí, que Rusia es una potencia débil, que sí, que sería muy bonito que floreciera esa democracia de nuestros intereses en la infinita estepa y en el inacabable traspatio de los Urales. Con la venia de China, mandamás económico, pero todavía no militar. Que sí, que no hay derecho y que Ucrania no quiere ser Rusia, como tantos otros con sus conciencias bien construidas se pretenden idénticos o identificados con la sombra de su bandera y su lengua palatal y consagrada. Pero serán mis hijos y no lo suyos los que mueran con el rostro hundido en el barro de una tierra que no les conoce, serán mis hijos y no los suyos los que avancen hacia ninguna parte para servir a su asquerosa libertad de inversión y de consumo, para servir a su repugnante libertad sin contenido y a su homogeneidad igualitaria.

¡No a la guerra¡, ¡No a la guerra!, hay que gritar al amo que es funcionario y funcionaria de la Europa miserable y a los portavoces ilustrados que bendicen la matanza. La izquierdita mona y la cuca derechita se envalentonan, sacan pecho y amenazan al ruso. Autócrata, tirano electo, como tantos, dictador soberbio. Todo lo que Uds. quieran, pero no apartaré la vista de la crisis de crecimiento, de las fuentes minerales, del gas y el combustible, del gran mercado, no apartaré la vista de su honra meramente económica, de su política administrada por los señores del mundo que tiran de las cuerdas del mecanismo cósmico. No creo que haya tras el príncipe ruso ninguna civilización mejor cimentada que esta escombrera europea, no encuentro en Rusia fundamento para ninguna esperanza. El imperio soviético llevó la destrucción creadora de la industria a su plena expresión. El imperio soviético construyó un socialismo ruinoso. Fue su calamidad, pero nosotros tenemos la nuestra.

Alguien ha escrito que el hombre moderno destruye más cuando construye que cuando destruye. (NGD), en Rusia se construyó por los medios de la industria relámpago un sistema técnico, análogo aproximado del que el “mundo libre” construyó de este lado. Dos desiertos técnicos enfrentados, uno rutilante y plástico, socialmente devastado, otro lento y pesado, comido de óxido y roña, pero preparado para la aniquilación. El nihilismo ruso está al mando, no queda eco alguno de la voz de Dostoievski que ha sido apagada por el ronco estertor de la máquina.

No soy un pacifista pánfilo, pero no sacrificaré mi vida en su altar del diablo. Es honorable dar la vida para defender lo que nos constituye y ahí tenemos un frente abierto por el que se está metiendo la infección más sombría y, sin embargo, engalanada de reparación y democrática baba. Es estúpido inmolarse en el charco pestilente de la potencia económica de élites muy, muy lejanas. ¡No a su guerra de mierda!

Fernando Muñoz

Doctor en Filosofía y Sociología

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