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ESCRITO AL RASO

La diplomacia del vino

David Felipe Arranz
lunes 25 de marzo de 2024, 19:50h
Actualizado el: 25/03/2024 22:30h

El vino aparece impaciente en la vida de las gentes con su liberadora invitación; en la gran ciudad o en la aldea, aparecen los amigos y los vinos poniendo en el aire un ruido de celebración y amistad. El vino, que se inventó para alivio del personal, es el bordón que endulza los lugares a los que se llega cuando menos se piensa, porque a cualquiera le ha ocurrido ver las cosas de forma diferente y más desdramatizadas tras una copa de un buen vino: “Mira el calor del sol, que se hace vino al llegar a la savia de la vid”, escribió Dante. También un contemporáneo suyo, el Arcipreste de Hita, escribe en el Libro de Buen Amor: “Es el vino muy bueno en su mesma natura, / muchas bondades tiene, si se toma con mesura”. Y fray Luis de León se fija en “Los racimos do se ençierra y naçe / vino que alegra el coraçon humano, / y al sediento apetito satisfaçe”. Muchos hemos pasado los peores tragos del amor y sus excesos gracias al vino, que nos añadía ese punto cínico necesario para el desapego, para restarle importancia a las pequeñas tragedias de la vida y, a la vez, para celebrar y brindar con y por Cupido. Porque Baco tiene más importancia que nunca aquí, allí y acullá en la aventura vital de algunos, que sabemos que la existencia está sujeta a la mudanza, al exceso de humanidad, a la escasez de certidumbres, y que todo se ve mejor libando su néctar –de forma morigerada–, qué duda cabe.

El poeta y periodista Manuel Juliá, autor de Madre y El corazón de la muerte (Hiperión) y director de la Feria Nacional del Vino, nos ha convocado el miércoles de la semana pasada a los festejos de los embajadores del vino de FENAVIN, en un almuerzo regio en Zalacaín en el que degustamos vino de la Tierra de Castilla –Guadianeja Airén Encascado de 2022–, cosecha el pago de Vallegarcía –Vallegarcía Viogner de 2021– y vino de la Tierra de Castilla –Hacienda Albae 888 de 2016–. Sobre la robusta y romana cabeza de Manuel se sostiene el Cuerpo Diplomático de los Embajadores del Vino, un turbión de periodistas y famosos que cae por España haciendo ruido y cantando las alabanzas del vino, que es como el pan común para muchos de nosotros, con su bendito murmujeo, y a veces el pan de lujo en el que se reflejan los recuerdos. Nuestro querido Manuel Villanueva, que sabe y escribe de vinos –lean Palabra de vino. El placer de una grata conversación hasta apurar la botella (Muddy Waters Books)–, realizó un entusiasta alegato a favor de “La compañía, que tiene que ver con los que comparten el pan y el vino, ambos alimentos recorren caminos comunes y participan de la misma liturgia sagrada, por eso el compromiso ineludible de este grupo de verse al menos una vez al año, para compartir viandas, vino y vida”.

El zumbón deseo del vino nos ampara en la acera de los placeres sencillos que nos quedan, el refugio de lo complejo, que decía Oscar Wilde, y las noches son más felices, ricas en confidencias, en vivencias –créanme– más serias y seguras que las de los abstemios. Allí se encuentra al amigo, como nos sucedió con la bendita mesa en la que coincidimos con la actriz Concha Cuetos, el presidente de ASEFMA e Iberpiel Félix Bellido o el catedrático de Filología románica José Manuel Lucía Mejías. En otras brindaban nuestro cercanísimo Moisés Rodríguez, Marta Robles, Pepe Ribagorda, Vicente del Bosque, Ana Terradillos y muchos más. Salimos de allí todos optimistas, convencidos aún más de la dicha de la vida que, con vino, sabe mucho mejor, que para la confrontación ya está el Hemiciclo, que siempre andan sus señorías con una copa de menos y una bronca de más. Por el vino habría que tirar en las negociaciones y la situación del país mejoraría notablemente, el agente ideal entre el irse por la derecha o por la izquierda. En el vino se refugian los que queremos recapacitar, los que queremos contemplar la gloria del vivir y ver los toros un poco desde la barrera, sin mezclarnos demasiado en los embates de la batalla partidista o de la política, que nos lleva de guerra en guerra literal y metafórica. El vino nos marca la hora neutral y feliz, repositoria de esperanzas, con el resguardado atardecer de la uva. No hay por qué inventar la pólvora, porque ahí está en su reposo, embotellado, campechano y confraternal, listo para invitarnos a sus licores pensantes y disfrutantes, porque en esto descansa la diplomacia del vino. Que sea por muchos siglos.

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