www.elimparcial.es
ic_facebookic_twitteric_google

TRIBUNA

Isabel Quintanilla, finalmente

Javier Mateo Hidalgo
domingo 07 de abril de 2024, 18:51h

En algunos casos, no es cierta aquella expresión de “lo bueno se hace esperar”. No lo es o no nos lo parece; o, tal vez, en ocasiones las cosas buenas se hacen esperar demasiado. Cuando finalmente llegan, su presencia se convierte en una fiesta. Éste es el caso de la exposición que brilla con luz propia en el madrileño Museo Thyssen. La institución dedica por primera vez un monográfico a una pintora española desde que se inauguró, hace ya 32 años. Los tiempos mandan y, a pesar de la tardanza, por fin se celebra una exposición de una artista de este país. Isabel Quintanilla no podrá asistir a su propia exposición en su Madrid natal, pero al menos su valioso legado se está difundiendo y poniendo en valor como merece.

Esta muestra se une a la retrospectiva celebrada en la Sala Alcalá 31 el pasado 2022 sobre Amalia Avia, compañera y amiga de Quintanilla en el histórico grupo de Realistas de Madrid. Los nombres de María Moreno y Esperanza Parada cierran los de las pintoras de este movimiento. Conocemos sobradamente los de aquellos que les acompañaron: Antonio López García como cabeza más visible, pero también los otros dos López —los hermanos y principalmente escultores Julio y Francisco López Hernández—. La ciudad que les acogió y dio nombre en su formación se encuentra plagada de su huella y legado, no solo de puertas para adentro en museos como el Reina Sofía, sino también en el paisaje urbano. Así, la ciudadanía puede disfrutar en sus paseos callejeros de las simbólicas cabezas Día y Noche de Antonio ante la Estación de Atocha, de la estatua de Federico García Lorca de Julio ante el Teatro Español, en plena Plaza de Santa Ana, o del monumento de Francisco a Velázquez en la calle que da nombre. Todos ellos se unieron cursando estudios artísticos en la Escuela Superior de Bellas Artes de San Fernando, emparejándose sentimentalmente —Antonio con María, Esperanza con Julio y Francisco con Isabel (Amalia se uniría a Lucio Muñoz, pero su pintura distaba diametralmente de la de este grupo)—.

Huelga decir que ellas carecieron de idénticas oportunidades que las de sus parejas. No obstante, tuvieron la suerte de poder dedicarse a desarrollar su vocación —algo vetado a tantas mujeres en aquellos tiempos y en anteriores—, aunque los resultados fueran menos visibles que los de ellos. Y a pesar de ello, lucharon a lo largo de su vida por obtener idénticos resultados tanto en calidad como en cantidad —la producción asombra—. Puede decirse que este grupo de pintoras padeció un doble problema: a la ya dificultad de hacerse un hueco en el panorama artístico de la época con su estilo figurativo —en los años sesenta primaba un arte más de vanguardia como el del citado Muñoz, o Millares, Saura, Zóbel y Tàpies (se buscaba dar una imagen de modernidad en aquella España del desarrollismo franquista)—, hay que añadir su condición de ser mujeres —primaba todavía una cultura androcéntrica—. Y aún así, sus obras se fueron abriendo camino. En el caso de Quintanilla, obteniendo paradójicamente mayor reconocimiento fuera de España.

Las obras de Quintanilla destacan por la detenida observación de una realidad humilde por sencilla y sobria. Resultan tan minuciosos sus dibujos a lápiz o acuarela como los grandes o pequeños cuadros al óleo, que dan la misma importancia al interior de una habitación iluminada en la noche como a un plato con un pescado crudo o un vaso de Duralex. Pero no sólo la artista pintó escenas interiores, sino que trascendió la ventana del estudio y del hogar para enfrentarse a grandes paisajes urbanos y naturales: desde una vista de pájaro de Roma a un campo castellano o un inmenso mar, con sus hipnóticas ondulaciones. A diferencia de los otros compañeros y amigos de viaje pictórico, ella trató de rechazar la fotografía para pintar los modelos del natural, algo que añade todavía más mérito a sus propuestas.

Uno de sus cuadros, que toma como tema el río Jarama, nos lleva a la afamada novela de Rafael Sánchez Ferlosio a la que da nombre idéntico paraje natural. Una obra literaria que coincidió en el tiempo —influyendo al grupo— y que, desde la perspectiva escritural, daba idéntica importancia a reflejar milimétricamente una atmósfera viva. Los distintos pasajes extraídos de sus páginas que impregnan los muros de algunas salas de la exposición, nos hablan de ella como un cuadro escrito, con todo lo que de él podemos extraer de contexto social e histórico. Así son los cuadros de Quintanilla: crónicas pintadas de una época y que ahora llegan hasta nosotros para hablarnos desde su silencio y quietud. También dialogan con ella en su mutismo evocador obras de otras compañeras y compañeros del grupo, nos relatan su vida personal y profesional en común, las afinidades electivas y su coherencia estética e interna —a pesar de carecer de manifiesto, como sucede con otros movimientos artísticos—. Ahora tenemos la suerte de entrar un poco más en su mundo, desde la perspectiva de Isabel. Tarde o temprano tenía que llegar. Finalmente, la paciencia ha sido recompensada.

¿Te ha parecido interesante esta noticia?    Si (1)    No(0)

+
0 comentarios