A una de las muchas caricaturas del artista argentino Quino que suelen citarse como elemento del escenario geopolítico recoge la frase que titula esta columna: “paren el mundo que me quiero bajar”, en los años setenta en que el planeta Tierra se encontraba en medio de jaloneos que configuraban lo que ya podría asumirse como un “desorden mundial”, aunque reconociendo que los precarios equilibrios anteriores no garantizaban un orden real pero sí, cuando menos, algo cercano a los equilibrios entre poderosos.
El desmoronamiento y desaparición de la Unión Soviética en el corto ciclo 1989-1991 regresó el debate geopolítico sobre qué tipo de entendimiento --ya no el idílico equilibrio-- podría darse después de largo ciclo bipolar 1947-1989, que sirviera de alguna manera de garante de fronteras territoriales, nacionales, políticas, ideológicas y sociales, aunque lejos de lo que formalmente pudiera entenderse como un orden internacional.
El escenario actual está sostenido con alfileres y no faltan las voces que claman para que no les quiten esos precarios mecanismos que están evitando nuevas guerras formales. Estados Unidos salió huyendo de Afganistán, Rusia invadió Ucrania, China escala conflictos por Taiwán, Corea del Norte actúa con provocaciones peligrosas, Israel se lanzó sobre Gaza y también atacó posiciones de Irán.
Todos los conflictos alrededor de estos cinco puntos de fricciones internacionales de carácter militar pueden estallar en guerras regionales, con la circunstancia agravante de que por lo menos Rusia y Corea del Norte han amenazado de manera directa con el uso de armas nucleares, escalando situaciones de tensión que contribuyen a un mayor grado de conflictividad en el equilibrio-desequilibrado del planeta. Lo significativo de este proceso de desorden mundial radica en que dos de los tres poderes mundiales --Rusia y China-- están en situaciones de conflicto y el tercero --Estados Unidos-- rehúye la movilización de tropas en el exterior, pero azuza a países aliados metidos en conflictos graves.
El planeta no ha tenido circunstancias probadas de órdenes internacionales; los precarios equilibrios logrados han sido producto de confrontaciones entre ganadores y perdedores y han dejado resentimientos en el camino. La paz de Westfalia de 1648 estableció el valor de los acuerdos, el oportunismo del presidente Wilson en 1918 fortaleció el polo dominante de Estados Unidos como potencia mundial, la guerra fría significó un equilibrio basado en la tensión dinámica entre dos potencias empujando una contra la otra y la desaparición de la Unión Soviética no encontró la grandeza geopolítica en Estados Unidos y sus liderazgos pasaron de la frivolidad de Clinton a la improvisación guerrerista de Bush Jr., luego llegó Obama con un discurso pacifista que deslumbró en Berlín pero que se opacó en Afganistán, Trump irrumpió como un toro sin cerca en el escenario internacional y agudizó más los desequilibrios existentes y el presidente Biden no sabe qué hacer con el mundo.
La clave se localiza en la necesidad, en efecto, de un nuevo orden, pero con las experiencias frustradas y frustrantes de enfocar ese nuevo orden desde la óptica de dominación geopolítica de la Casa Blanca. En su libro Orden Mundial (2014), el estratega Henry Kissinger dio algunas características de lo que debe ser justamente un acuerdo de equilibrio entre todas las naciones del planeta: reglas justas, circunstancias de legitimidad, aceptación del consenso, limitación a acciones permitidas, moderación y no imposición y todas ellas enfocadas al punto central que definiría el orden internacional: el balance de poder.
La disolución de la Unión Soviética desbalanceó el precario equilibrio, pero Estados Unidos no dio pasos desequilibrantes y más bien se atrincheró en su espacio de dominación natural, aunque rompiendo el balance anterior de poder con la cooptación de muchos de los países que dependían del régimen ideológico de Moscú y que no encontraron liderazgos en el corto período de Yeltsin y en el largo período de Putin. Los primeros quince años de su largo ciclo fueron usados por Putin para reconstruir su base militar y para fortalecer su liderazgo personal. El anterior Orden Mundial en la zona estratégica de Europa se rompió cuando Estados Unidos dio el paso audaz de redimensionar el papel de la OTAN en las fronteras ucranianas con Rusia. Esta decisión no justifica la respuesta de Putin, pero sí ayuda a explicar buena parte del desorden.
Los órdenes mundiales estabilizadores han sido producto de guerras militares y siempre teniendo como punto de referencia lo que ocurrió en la zona del Peloponeso en la guerra de 431 a.C.-403 a.C. que ha reactivado la relectura de Tucídides: Esparta declara la guerra a Atenas por el temor de que el fortalecimiento ateniense se convirtiera en un peligro de seguridad nacional de la región y Atenas se lanzó a la guerra defendiendo y proponiendo su modelo democrático para las naciones vecinas.
Los puntos de conflicto mundial están haciendo escuchar, en diferentes tonos, los tambores de guerra porque las cinco crisis existentes han estallado la violencia. El problema actual se localiza en una circunstancia ya inocultable: los tres poderes con capacidad bélica mundial que tienen la responsabilidad del orden internacional y la paz se encuentran dominados por dirigencias involucradas en las acciones bélicas: Estados Unidos detrás de la guerra en Ucrania, China escalando amenazas bélicas en Taiwán y Corea del Norte atemorizando a sus vecinos con el lanzamiento de misiles bélicos.
La historia ha demostrado que todos los equilibrios mundiales partieron de un desbalance del poder y crearon condiciones para un nuevo equilibrio basado en la guerra y el poderío destructivo de las armas. Las circunstancias de un Orden Mundial enlistadas por Henry Kissinger no están dadas en la actualidad y el escenario se enfila más bien a la búsqueda de un balance bélico de los poderes mundiales: es decir, un orden nuclear.