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TRIBUNA

El burlón burlado

miércoles 17 de abril de 2024, 19:08h

Me aguardaba Amalia Robles —socorro de cuantos poetas arriban de Cuba en busca de porvenir— con las entradas en la puerta de la Cineteca del Matadero; me había avisado la noche anterior para que acudiese al estreno del documental televisivo Carlos Tena, el espíritu burlón de la música, de Raúl de Andrés y Pilar Ávila, para el programa Imprescindibles de RTVE. Naturalmente; no podía permitirme faltar porque el Tena fue mi amigo desde que aterricé en Madrid, allá por 1991, con el propósito de convertirme en escritor.

Supongo que muchos de ustedes vieron este reportaje ayer mismo en la 2 de TVE, como también sospecho que buena parte de las múltiples travesuras e ingeniosidades recogidas en él no les habrán resultado tan sorprendentes y descarajantes como cuando aparecieron, hace cuarenta y tantos años, en las pantallas, pues la payasada y el colegueo se han impuesto como el zafio sello característico de cuanto magazine se emite ahora en cualquier canal; de modo que, por su casi protocolaria y fachendosa repetición actual, nunca podrán aproximarse a aquellas irreverentes, por novedosas, ocurrencias de Carlos Tena en el Popgrama (1977-80), o en la Caja de Ritmos (1983) o en su último, Aunbabulubabalambambú (1985-6), de donde —ya saben— salió despedido hacia los anónimos y laberínticos pasillos de esa mastodóntica empresa pública, a causa del escándalo por Me gusta ser una zorra (1983), de las Vulpes. Ridículo y feo castigo, degradado a patético este año, cuando esa misma empresa envía pomposamente a Eurovisión la canción titulada Zorra; o si prefieren, demostración, no por chocarrera menos palmaria, del transcurso de estas cuatro décadas, con toda su conmovedora lluvia de recuerdos pero también con toda su hiriente retahila de renuncios.

El Popgrama, que se emitía en la entonces Segunda Cadena, los miércoles a las ocho y media de la tarde, supuso para aquella juventud —en realidad, para la gente del rollo— todo un fenómeno y para que lo calibren mejor, les propongo, tras ver este interesante aunque modesto homenaje a mi amigo, muerto ahora hace un año, que le den un vistazo a dos films que documentan, con todos sus torpes gajes, aquel tiempo de la irrupción del rock progresivo en España: Ocaña, un retrato intermitente (1978), de Ventura Pons, y Barcelona era una fiesta (Underground 1970-1983) [2010], de Morrosko Vila-San-Juan; una época, según se sostiene casi unánimemente, inaugurada en 1970 con el concierto de Máquina! en la plaza de Cataluña, y cuyos siguientes y más conocidos jalones sucedieron durante el verano de 1975; primero, en Burgos, el 5 julio con las quince horas de rock, llamadas por la prensa local de “la cochambre”, y tres semanas después, con el primer Canet rock, resumido en un largometraje por Francesc Bellmunt, que se estrenaría al año siguiente. Y tal vez sea esta filmación, sobre las otras dos películas, la más adecuada para palpar aquel tiempo cuando nos prometíamos que cualquier noche podría salir el sol, y cuando la música pop nacional alumbró unas creaciones tan extraordinarias como genuinas; basta escuchar los discos Dioptria I (1970), de Pau Riba, o El patio (1975), de Triana, o La catedral (1977), de Jaume Sisa, o Romesco (1979), del Gato Pérez, sin olvidar las extravagancias de Gualberto con el sitar. Ellos son la verdadera melodía del espíritu de la Transición y en absoluto los tristorros cantautores del PCE o las modosísimas corales folk, con sus libertades sin ira, y como su inocentón y desgreñado espíritu se ahogó aquel octubre del ochenta y dos, aplastada bajo diez millones de votos y con Felipe González asomado a la ventana del Palace. Después —de sobra lo saben—, vino la purpurina de la Movida Madrileña, que ya no prometía amaneceres de arcoíris psicodélicos con su promiscuidad comunal, sino una vuelta al guateque con mucho confetti blanco para la napia y mucha subvención de sostenimiento, a cambio de una domesticidad muy plástica y diseñada; y así, y con una Expo por medio y el torrente europeo de pasta engrasando la fiesta, hemos acabado sobre estos días de verdadera incerteza y absoluta desilusión.

Y aunque Carlos Tena se mantuvo cuanto pudo atento y entusiasta a todas las novedades musicales, por su inquebrantable ingenuidad y su modélica generosidad —virtudes apenas apuntadas en este documental–, su alma se quedó aferrada a aquel tiempo de paraísos imposibles, y se fue tornando un cascarrabias incómodo para demasiado gerifalte. Para Sisa o para mí o para cuantos permanecieron cercanos a él, solo eran impertinencias del Tena, que disculpábamos con algún bochorno y mucha sorna.

Al Tena, como a los demás, la Historia nos burló a traición con su incontenible y pragmático proceder, y nos tocó amoldarnos —qué remedio—, aunque, la verdad, ya nada tuviese en España el sabor de aquella pródiga jovialidad; incluso, ni los gobiernos resultaron tan tolerantes como aquellos, empeñados en presentarse como intachablemente democráticos. Y quizá nos acostumbramos mal y, luego, el desengaño —el desencanto, se decía entonces— fue mucho, y ahora, ante este trágala, para qué contarles… No obstante; aquí les dejo estos testimonios de un tiempo inflamado de insólitas y desgreñadas aspiraciones, mientras homenajeo a Carlos Tena, del que ya esbocé alguna de nuestras andanzas juntos, hace un año, en “Nenia por un amigo” (Todo Literatura, 1-V-2023). Y mientras llegan a este punto final, permítanme poner de nuevo en el tocadiscos el Wish you were here (1975) y que sea lo que Dios o Putin quiera.

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