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TRIBUNA

Cada cosa en su orden de importancia

domingo 28 de abril de 2024, 20:06h

Ahora que el insignificante reclama atención, a la espera de una decisión que, por lo que a mi concierne no significa nada, quisiera detenerme a mirar lo que tiene verdadera importancia.

He dedicado a la enseñanza la mayor parte de mi vida. He sido profesor de educación secundaria durante más de treinta años y profesor universitario durante más de veinte. Tengo dos hijos que me aproximaron a la educación infantil y primaria y son hoy adolescentes. Soy un producto de la educación pública española, pasé por un colegio nacional, un instituto de bachillerato y por la Facultad de Filosofía de la Universidad Complutense. He sido profesor en un buen puñado de institutos y en una facultad de la universidad pública. Hoy doy clase en una universidad privada.

La mera pertenencia no garantiza un conocimiento adecuado de una institución o de una sociedad. He tratado de completar la vivencia directa con algunas lecturas, pero no soy – desde luego – ningún experto en esto, pese a un título que me declara especialista en ciencias de la educación. Suelo proclamar, todavía con asombro, que ejerzo acaso el único oficio cuya práctica te aleja de su dominio, en vez de convertirte – año tras año – en un auténtico maestro. Mi frustración – desde un tiempo a esta parte – no deja de incrementarse tras cada curso académico. Así lo seguimos llamando con un evidente abuso de los términos.

La industria educativa se encuentra hoy en estado de perfecta ruina. Este resultado no es tanto efecto de un fracaso de las sucesivas reformas, que la educación ha sufrido en el último medio siglo, sino de su éxito, como enseña Jean Claude Michéa en un librito explosivo que me resulta convincente.

Esas reformas se orientaban en la dirección del mundo: el sistema productivo, la publicidad y las nuevas formas de consumo laboraron en la misma dirección. El ocaso de las últimas instituciones antropológicas, la exaltación de un individuo narcisista que se pretende sustantivo, el despliegue tecnológico de unas herramientas que cautivan la atención y expropian nuestra conciencia. En fin, la historia inmediata nos ha conducido a un estado de precariedad intelectual y debilidad personal que acaso sea incomparable con cualquier pasado. La subjetividad contemporánea, vacía de toda inteligencia real, se resuelve en una astucia banal por la simple supervivencia en competencia ciega con los otros. Una perversión de la comunicación nos cierra en el claustro diabólico de una conciencia entregada al espejo negro de las pantallas. Así se suma a nuestra inopia intelectual una perturbadora deformación moral.

Puedo verlo a diario, trato de sobrevivir en esa atmósfera de maldad e inepcia. Sé que hay excepciones gloriosas, a las que trato de aferrarme. Su escasez es, sin embargo, creciente. Ni siquiera puedo creer ya que se sostenga el ámbito de formación tecno-económica, pero desde luego vivimos el eclipse total de las humanidades.

Una sociedad cuyos especialistas científico-técnicos carecen de la formación adecuada se encontrará pronto en una crisis productiva, a menos que se nutra de fuentes externas cuyo coste puede ser menor que la misma formación de especialistas propios. Sería interesante, pero no apropiado a este lugar, preguntarse si un especialista técnico puede serlo careciendo completamente de una mínima visión del mundo.

Una sociedad cuyos humanistas se engolfan en un minucioso rastreo del yo y en tartamudos discursos sobre el deseo y sus vicisitudes microfísicas, se encontrará, lenta pero inexorablemente, en una crisis histórica de dimensiones catastróficas.

Me asalta el convencimiento, contra el que me cuesta luchar, de que hemos llegado a un límite, a un estado terminal, a un ocaso sin precedentes. He decidido alejarme de los medios de comunicación y del brillo hipnótico de las pantallas. El juego de la política contemporánea me repugna, el rostro humano – cuya maravilla es inexpresable – empieza a cobrar un gesto torcido y angustioso.

Mi última esperanza, lejos de los narcisos violentos de la política, sigue encomendándose a la presencia de un semejante al que busco, como el viejo Diógenes, a plena luz del día, en mitad de esta jauría de apariencia humana. Concluyan Uds. lo que puede importarme la falsa decisión de ese señor.

Fernando Muñoz

Doctor en Filosofía y Sociología

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