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TRIBUNA

Juegos de azar y novelas (En la muerte de Paul Auster)

miércoles 01 de mayo de 2024, 11:35h

No se acostumbra uno a la muerte de los escritores. Siempre pesa una noticia de ese calibre por lo que supone; la privación de un mundo, la clausura de un poder evocador. Quedan los alivios de su obra, seguir compartiendo el interés o renovarlo o desacreditarlo por el irremediable paso del tiempo, admirar las fotografías que hicieron el sartal de solapas a lo largo de los años, las que pertenecieron a su intimidad. Valen poco en comparación a saber que su existencia seguía ahí; sigue, de un modo u otro, trascendido ya con otra gracia.

Ha muerto el escritor neoyorquino Paul Auster tras una lucha a brazo partido contra el cáncer y añadir a su trayectoria unas últimas novelas voluminosas, pero inevitablemente se le recuerda, y así en un futuro, por aquellas que escribió en las décadas de los ochenta y noventa del pasado siglo, todas llamativamente distintivas, trazando historias en las que la pérdida de un familiar —en la vida de sus protagonistas— o la errancia de una vida de por sí vapuleada, ensombrecía y motivaba las andanzas que inauguraban narraciones insospechadas, a veces góticas, manejadas por lo imprevisible, lo azaroso, el humor ácido, lo excéntrico en su desbordante creatividad.

Hacer la lista de las mejores lecturas suyas, y actualmente me quedan algunos títulos, es un gesto que, ante tal anuncio, cientos de artículos y medios se encargarán de repetir. En su memoria, sólo puedo agradecer y mencionar lo que supuso su descubrimiento cuando era adolescente. Entre los quince y los dieciséis, edades en las que el afán lector se derrama y admiramos tanto lo vertido como el cristal que lo soporta, empecé a interesarme por la literatura de Auster, aunque muchos de sus más famosos —Leviatán, La trilogía de Nueva York, El palacio de la luna— me eran sonados. El primero que uno leyó fue Brooklyn Follies, por la sencilla razón de encontrarse en la estantería del salón. Las peripecias de Nathan Glass, superviviente de sus vicisitudes, y su vuelta al barrio natal para recabar otras existencias, cada cual más estrafalaria y significativa, le condujo a uno por una escritura desconocida hasta entonces, además de las muchas recomendaciones y regalos que hice del mismo en cumpleaños, Navidades, amoríos con la estela ya borrada… De ese Brooklyn fui pasando a otros escenarios austerianos, y la relación con sus libros sólo cesó por natural dispersión y llegada de otros escritores que debían relevar y mantener esa tea encendida.

Al enterarme de su muerte, uno ha mirado los estantes y ha comprobado —lo intuía, pero quería asegurarme— que no cuenta con todos los ejemplares que una vez tuvo. Vendidos, regalados también, a causa de la incertidumbre de si todos serían releídos algún día. No hay que lamentarse. Los libros tienen su alma de río, y el destino que les deparase esa elección de uno años atrás, seguramente haya posibilitado coincidencias y nuevas búsquedas, extravíos de identidad, recónditas teorías. Como Nathan Glass escribe: ‘Que algo salga de todo eso es otra historia, una historia que el tiempo y las misteriosas atracciones de la carne contarán. Tomo nota de que debo estar atento a lo que pueda pasar.’

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