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TRIBUNA

Babuinos al sol

domingo 12 de mayo de 2024, 18:16h

Hay una relación particular entre los poetas y los animales. Hay una relación particular entre los poetas y cualquier escenario, idea, animal u objeto que se les meta entre ceja y ceja. Obedecen a lo que su instinto les mande. Por muy peregrina que sea la fijación, y dando por sentado que saben escribir lo que sienten, extraerán lo fundamental que no hemos sabido captar, la viva emoción de lo pasado por alto.

Viene al caso la reflexión por un poema de su anterior libro, aquel en el que decía haberse enamorado de un pato mandarín. Ese enamoramiento, regido por la exacta fantasía, le servía para dialogar sobre la necesidad de contarlo —pues hay infinitas maneras de hacerlo— e imaginar las maneras, acción en la que acabaría interviniendo la memoria. El poeta se lamenta de esa intervención. La considera triste por siempre maniatarnos. Elige dejar el mundo patas arriba, abrazando lo fantasioso en contraposición. Escoge la poesía para seguir siendo contingente, sí, pero en otros mundos, aquellos nacidos de la inspiración, también del antojo.

Esa decisión, que llevó a Óscar Díaz a reformular textos antediluvianos de la historia de la literatura, continúa en su nuevo libro de poemas con la diferencia de sentarse a contarnos una historia, de mostrarnos un hilo que encaja y compone otro viaje que página a página va desenrollando un tapiz compuesto de maravillas. Una protagonista y una huida, como manda el carácter humano desde la noche de los tiempos, ya que no somos hasta que tomamos consciencia de nuestro lugar, tanto el dejado como el que está por descubrirse.

Limosna para casar doncellas huérfanas es el camino de asombros y creencias y lo contrario. Desde el reino de Punt, tan imaginado como imaginario, y en esa convergencia está lo gracioso de su entredicho, por parecerse a otros pero en absoluto, hasta los confines igualmente dislocados por la creatividad del poeta. La desdichada, la joven huérfana que debe conseguir esposo, como manda la tradición —de no ser así, será recluida de por vida en un convento—, emprende su ruta por si hubiera un cielo más alto que el conocido. ¿El amor de un pretendiente logrará sacarla de lo que el destino impone? ‘La mujer que se mira/ al fin del mundo./ Iría tras de ti en cualquiera de los mundos.’ Lo intenta, no se desvive, a veces sí. Podemos notar cómo en ocasiones le es más entretenido decirnos sobre los diferentes cuentos de Punt, los de las madres y los de las madrastras, sobre la necesidad de un ser vivo a nuestro lado ‘aunque sea una pieza de fruta saturada’, sobre el funcionamiento de la muerte en Punt, condenando con sus visitas inesperadas. En los alrededores del relato, otros que se asoman desde los labios, cayendo sin motivo pero tampoco perdiendo hermosura.

Uno puede quedar impresionado por las referencias que intentan irisar más que la narración principal. Hay que aceptarlas como marca de la casa. El autor sabe hacer compatible la presencia de los vampiros con la de los babuinos que dormitan en los muros de Punt, de los quioscos y los peligrosos juegos infantiles con los muñecos quitapenas absorbiendo los malos sueños. Y es que esta Limosna… tiene bastante querencia por arrojarnos a ellos. Díaz también. Es su poesía una que avanza entre la leyenda inexpugnable y la persuasión de la cita actual, ligera y recargada, respetuosa y emocionante, ‘como el oleaje que se enrolla’, y sin dolerse prendas a la hora de bromear, como si el poema, extasiado de los despliegues de medios, se dijera a sí mismo: y esto, ¿a cuento de qué?

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