Me tengo prohibido escribir de política —bueno, de esa indecente zarabanda que llamamos ahora política— porque corro dos riesgos imperdonables: o aburrirles con la conduerma que ya han oído o leído —encima, de señores más informados y meticulosos que servidor— en las radios o en los teléfonos portátiles desde las seis o las siete de la mañana, o favorecer a este o a aquel, y a las pocas semanas o, incluso, a los escasos días tener que tragármelo porque, con el mayor descaro, nada de cuanto sostuvo ha cumplido. Pero sucedió que mi apreciado Pedro Bonet, el otro viernes y con motivo de la inauguración de la feria del libro de viejo —o de lance, o hasta si lo prefieren, de segunda mano, porque de estas y otras voces para designar el comercio del libro usado versó el amenísimo pregón de nuestro común amigo Pedro Álvarez de Miranda— me comentó durante la comida que estaban desguazando la muy valiosa biblioteca del Instituto de Cultura Hispánica, ahora denominado AECID —es decir y para que lo entendamos los paganos: Agencia Española de Cooperación Internacional para el Desarrollo—. También me informó someramente de un manifiesto que habían firmado noventa personas alarmadas, a cuya cabeza se situaba esa eminencia de los estudios hispanoamericanos y, qué casualidad, también buen amigo, Teodosio Fernández.
Bonet, que al margen de virtuoso de la flauta y alma del grupo de música barroca La folía, es hombre escrupuloso, me remitió antes de escribirles estas líneas el comunicado oficial del ministerio de Asuntos Exteriores —de quien depende la AECID— sobre el caso, donde habla de un proyecto de reforma para ampliar el venerable instituto hasta convertirlo en un centro polivalente para conmemoraciones culturales y didácticas y, por tanto, que no había motivo para tal alharaca y menos, de queja. Pero como quiera que me aplico el viejo adagio de que “la literatura oficial es mala consejera”, solo saco en claro que han elevado una rampa de acceso para señores en silla de ruedas; el resto, música celestial.
Y afirmo esto con toda amargura, porque me basta recordar cómo el gobierno actual se mostró ante el quingentésimo aniversario de la arribada de Elcano y sus menguados marineros a Sanlúcar de Barrameda —una de las gestas fundadoras de la nación con el Descubrimiento de América, pues con ella, sobre circunnavegar el planeta por primera vez, se comprobó fehacientemente su esfericidad— para saber cómo se las gastan las autoridades actuales y si me apuran hasta la oposición, que le ha copiado —incluso con tono engolado y gesto prócer— eso de Latinoamérica, ignorando bochornosamente que quien emplea un vocabulario, queda preso de una ideología.
En cuanto al feo término de Latinoamérica —hasta en la Wikipedia viene— fue concebido por Michel Chevalier en sus Cartas sobre América del Norte (1836) y propagado, años después —véase al caso Noticias de un imperio (1987), del mejicano Fernando del Paso— por Napoleón III, durante su fallida expansión por el istmo centroamericano, para borrar toda huella hispana. De modo que, sobre antiespañola, es una voz netamente imperialista. Pero como sigue siendo hábito del español vivir avergonzado de serlo —y no lo proclamó un progresista, sino el muy conservador Cánovas del Castillo— aunque, a ser posible, del presupuesto; por descontado, sin ojear ni una página de don Ramón Menéndez Pidal, ni de don Américo Castro, ni de don Antonio Rodríguez Moñino, ni de don Ramón Carande… Ni de cuantos grandes hispanistas, de aquí o del exterior, le han dedicado años al tumultuoso proceso de la gestación de la nación y sus a menudo atroces vaivenes, así nos luce el pelo, y lo que es peor, los dirigentes. Una de cuyas aficiones más usuales consiste en substituir nombres institucionales por una definición larga y enrevesada, para reducirla luego a unas siglas indescifrables —valga como ejemplo la AECID—, cuyo fin más constatado es pronunciarlas fatuamente en las “ruedas de prensa” para confusión del común. ¿Pues que les molestaba del sencillo, claro y fácil de recordar nombre de Instituto de Cultura Hispánica, para que acabase, pasando por el de Cooperación Iberoamericana, en esa cosa esdrújula de la AECID?... Ah; que había aumentado sus funciones asumiendo el Instituto Hispano-Árabe de Cultura; ¿y acaso lo árabe —o andalusí— como lo sefardita —o judío— no es ingrediente fundamental de lo hispano?
En cuanto a su biblioteca especializada —la más valiosa tras la de Berlín sobre el hecho hispanoamericano—, y contra el comunicado de Exteriores, me temo que suceda como ya ocurriera con los materiales etnográficos recogidos a lo largo del país, entre otros por don Julio Caro Baroja, para el Museo del Pueblo Español: que el día menos pensado y a cencerros tapados acabe en cajas selladas y de hospiciana por desvanes y sótanos de las más variadas dependencias oficiales, y más cuando en su fondo se puede constatar prolijamente que la llegada española a América no constituyó colonización alguna, sino la lenta formación de un “nuevo mundo”, cuyo nombre no puede ser sino el de Hispanoamérica, le pese a quien le pese.
Y es que el suceso de la injertación de lo hispano en aquel continente, acontecimiento ubérrimo y admirable en su permanencia, es la mayor honra de nacer español, y paradójicamente resulta indigesto para demasiados compatriotas —de aquí y de ultramar—; lamentable, si no es ya una lacha. Por lo demás; disculpen este airado descenso al fango, pero me tienen muy harto.