De manera casual, impensadamente, topé en mi desordenada biblioteca con el volumen Dialogues about religión (Diálogos sobre la religión) del filósofo David Hume (Edimburgo, 1711-1776), cuyo argumento es una discusión entre tres personajes de ficción que esgrimen argumentos probatorios y desaprobatorios sobre la existencia de Dios, tratando con detenimiento el vidrioso tema de la discusión, que asume por momentos la calidad de un revelador ensayo, incisivo y concluyente.
A pesar de una cierta controversia, la mayor parte de los estudiosos de Hume están de acuerdo en que la postura de Philo, el más escéptico de los tres, es la más cercana a la del propio Hume, conocido por un tratado de su sistema filosófico altamente influyente en el empirismo, el escepticismo y el naturalismo. Es oportuno recordar que David Hume estuvo fuertemente influido por John Locke y George Berkeley, así como por los pensadores franceses Renato Descartes, Malebranche, Pierre Bayle y el barón d'Holbach; además de otras figuras del panorama intelectual anglófono como Isaac Newton, Samuel Clarke, Francis Hutcheson y Joseph Butler. Bajo esas lecturas, Hume se esforzó por crear una ciencia naturalista del hombre que examinara la base psicológica de la naturaleza humana, argumentando en contra de la existencia de ideas innatas y postulando que todo el conocimiento humano se deriva únicamente de la experiencia.
Argumentó así mismo que el razonamiento inductivo y la creencia en la causalidad no pueden justificarse racionalmente; siendo, en cambio, una resultante de la costumbre y el hábito mental impuesto desde la niñez. Este problema de la inducción significa que para sacar cualquier inferencia causal de la experiencia pasada es necesario presuponer que el futuro se parecerá al pasado, una presuposición que no puede fundamentarse en la experiencia previa, siendo específica de cada uno de nosotros. En la vereda opuesta de los racionalistas, Hume conjeturó que “la razón es, por lo general esclava de las pasiones”, sosteniendo, además, que la ética se debe basar menos en el sentimiento que en el raciocinio de un principio moral abstracto.
El autor de Investigación sobre los principios de la moral se consideraba a él mismo como el primero en exponer el problema de deducir oraciones normativas a partir de oraciones descriptivas, negando también que los humanos tengamos una concepción real del yo y postulando que experimentamos solo un conjunto de sensaciones, la mayoría de las veces impuestas por las religiones. Con esta idea defendió el “determinismo causal” como totalmente compatible con la libertad humana.
En el aspecto filosófico de la religión, incluido su rechazo de los milagros y el argumento del diseño de la existencia de Dios, fue especialmente concluyente para su época, influyendo en el utilitarismo, el positivismo lógico, la filosofía de la ciencia, la filosofía analítica, la ciencia cognitiva, la teología y otros movimientos no menos destacados para su época. Immanuel Kant, verbigracia, atribuía a Hume el haber supuesto un estímulo para su pensamiento filosófico que lo habría despertado de su “sueño dogmático” de la razón.
Más de una vez conversé con Borges sobre este añejo y complejo asunto. Para el autor de Otras inquisiciones no había clasificación del universo que no fuera arbitraria y conjetural. “La razón es muy simple -argumentaba- ya que no sabemos qué cosa es el universo. El mundo para David Hume es tal vez el bosquejo rudimentario de algún dios infantil, que lo abandonó a medio hacer, avergonzado de su ejecución deficiente; o acaso es obra de un dios subalterno, de quien los dioses superiores se burlan; es la confusa producción de una divinidad decrepita y jubilada, que se ha muerto”.
En una entrevista a Hume, realizada por James Boswell, el célebre interlocutor del doctor Johnson, deslizó que la creencia de una vida después de la muerte es “una fantasía de lo más irrazonable, pero que eso no la justificaba” y la comparó con un trozo de carbón que no se quemara puesto al fuego. Sin embargo, aun así, Hume postuló que si el alma fuera inmortal, “sin duda existiría antes de nuestro nacimiento, y si la primera existencia no nos concierne, ocurre que probable tampoco la segunda -y concluye Hume- que el único argumento a favor la inmortalidad del alma es mediante la revelación divina”. No podría haber otra forma; es decir, bajo un acto irreversible de pura fe.
Obviamente todas las religiones han criticado este argumento del filósofo escocés. Según Borges -desde su agnosticismo y con una cuota de humor como era su costumbre-, se podría concebir un contraargumento de que tal dictado asume el carácter de los milagros y las leyes de la naturaleza antes de examinar los propios milagros, lo que es una sutil forma de petición de principio. Comentaba que “debe haber un curso ordinario de la naturaleza antes de que algo pueda ser extraordinario; o sea que debe haber una corriente conducente antes de que algo pueda ser interrumpido”. También puntualizaba que su razonamiento se basaba en la problemática de la condición humana, pues nadie ha observado todos los acontecimientos de la naturaleza ni examinado todos los posibles milagros que son confiables si la vida de la persona que informa un milagro peligra por afirmar tal hecho, como lo es en el caso de los discípulos de Jesús. Coincidiendo en cierta forma con los argumento de Hume, que los negaba de manera rotunda.
En tiempos de aquella discusión, yo me atrevía a discrepar con el maestro recurriendo a Chesterton, que, como buen creyente, afirmaba que los milagros existen y suceden todo el tiempo, pero que nuestra distracción hace que no lleguemos a percibirlos. “Bue-ee-no -concluyó Borges-, usted me pone ante la espada y contra la pared. Tendré que pensar en un más allá con nuevos argumentos para polemizar también con Chesterton”.