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TRIBUNA

La lidia, una dramaturgia entre el arte y la muerte

domingo 19 de mayo de 2024, 17:58h

Como escribió en su libro, Díaz-Cañabate, 'no se alza el telón para el inicio de una farsa'. Desde el principio, el coso taurino muestra órbitas de prevención sobre la arena... Vamos a presenciar un drama arredrado que es tomado muy en serio, pues puede terminar en tragedia, también en obra de arte irrepetible; ya es per se dramaturgia (gestual y mental) de máximo riesgo —drama activo mortal— y encerrona vital para el animal. Sin excepción de días raro indulto las reses ponen en bandeja un sacrificio seguro; también propician el arte, consideración polémica. Existe una deuda creativa no exenta de controversia con el animal y nunca del todo reconocida. El escenario, con su belleza, mitigará la carga angustiosa y el prodigio del arte la anulará a nuestra conciencia, sin dejar de existir y revelándose posible y activamente dramática en los límites del riesgo.

Arranca la lidia con la breve gala del paseíllo; apoteosis por adelantado. Es justo ahora, cuando los alguacilillos abren el telón y despejan el proscenio, cuando aún se puede celebrar el ritual sin lamentaciones de parte, al margen previo de todo peligro, añadiendo, al lujoso y aún limpio traje ceremonial, el vistoso capote de paseo. La sangre aún no es mosto de este olimpo; está por ser derramada. Los dioses saben entretener la sed.

Los trofeos, al final de cada faena, serán asunto más banal, pero mantendrán tendida la competición bien estirada; tal vez más cosa de atletas que de artistas. ¿Se imaginan haberle dado al maestro Diego Velázquez una ovación y un manteo en los jardines de palacio y, como preciado trofeo, una cola que no rabo de marta roja cibelina materia prima de buenos pinceles tras cada obra maestra salida de su mano? Le habría hecho ruborizar, tan flemático como parece haber sido. Goya habría inmortalizado, mucho después, el manteo, en cartón para tapiz.

Pero el paseíllo elenco y saludo es introito próximo y acción de gratitud para con el prójimo junto a él; también testimonio de respeto y presentación simbólica de credenciales y, como no, jacarandosa parada, al hilo de Blasco Ibáñez. Sorolla inmortalizó el tradicional momento en 1915 con toreros de tronío, en Sevilla, anacrónicamente reburujados. Me gusta este brevísimo ritual de algarabía y estupefacción, petalada onírica que se estira entre Maya y Saturno tras una oración a la Virgen María. Aún puede burbujear un rato a sus anchas nuestro entusiasmo en el tendido merienda colectiva 'al aperto'— a salvo, por poco, de la ceremonia cruenta... A salvo aún del drama artístico que va a jugar, en nada, con la vida, con la naturaleza y con el azar.

(Menos mal que ésta que usted lee es tribuna y no columna, pues podría haber resultado un pilastrón de cuidado; un despiporre verbal en denso alabastro, con basa y capitel colosales, tal me la auguro como tribuna libre. Pero aun gozando del principio de liberalidad completa, avergüenza pecar de tanta prolijidad; y bien que lo siento por su tiempo, amigo lector... Ahora bien: ¿cómo escapar al deseo de retratarle mi odisea taurina, si hasta las mismas miasmas que rondan la lidia me interesan? ¿Cómo cribar lo que los sentidos y el espíritu captan tan vivamente? Además, mi lidia no será mejor que la de nadie, todo lo contrario, pero tiene el molde de mi mensura personal, como sabían en la Grecia de Sócrates.

Sin duda, habré de imponerme un límite definitivo a este vicio e invocar urgente contención, a partir de ahora, a sabios espíritus como Gracián o Colette, comprometidos con la concisión. Esto no puede seguir así.)

¡Pero veamos, ya es casi la hora... y yo pontificando! Como dice mi hijo, Diego Manuel, me gusta demasiado hablar: debo empezar, pues, a imaginar, asistido por la memoria:

Se atisban en la arena órbitas paralelas de encerrona; circunferencias de fuego. Es la hora. Hay como arrastre de cadenas y cerrojos: el hueco de chiqueros vomita el animal oscuro, como un gran tizón espectral que, zigzagueando, carboniza la tarde. Picassino podría llamarse el morlaco imaginario: negro mohino y calzonazo -avante broma a toda vela, con perdón; es una fantasía-, astirrizado, brochifrontal, caribúfalo, peliahuecado, patizanco, culiorondo, rabicáñamo… (¿Chanza infantiloide u homenaje cariñoso a los cuentos surrealistas de Francisco Nieva? No sé, pero no volverá a ocurrir, lo prometo).

Volviendo a la narración, a la brega: pocas bromas... Hay que conversar con el astado seriamente, de eso se trata. 454 kilos, capicúa, hijo de la vaca imaginaria Barceloneta.... Sus pezuñas alborotan el albero recién peinado: garabatos garrapateados sobre el ocre amarillo, jeroglífico egipcio improvisado, sin linaje ni mensaje... Tablero para un azar de pezuñas: albero. La montera, aterrizada, pedigüeña de suerte.

Los peones y el alfil, con capotes prendidos, pelotean con un momento en vilo, redondo: concentración. Un escalofrío de geometría arrecia con solo pensar en arrimarse al toro, aunque el arte sea una aritmética anárquica. ¿Perdón...? El diestro lo sabe y no quiere calcular: la verónica no habrá de tener rostro ni medida; la chicuelina sola rebobina; el estatuario es incensario, pero la esencia que fluye y refluye es el toreo. ¿Será escaso hoy el abanico de suertes con capa? (duda personal). Apenas diez segundos y coágulos de tensión le corren astracán abajo. Quién lo diría... Trabajos hercúleos que aparentan hábitos de colibrí. El diestro levita, pero el animal es un vagón vivo de hulla conglomerada que no descarrila en la curva sin fin. Mientras este acecha burladeros se atranca y cornea el diestro estira cuádriceps y plegarias. Hace vaivenear su corbata de parte a parte: ¡oxígeno!

Suspira y señala un bosquejo de cruz en su pecho... Por triplicado: Nuestro Padre Jesús de la Vera Cruz, otra vez y otra. Saborea el sol con las sienes, copa de luz amontillada. El capote empingorotado, sonrosando los grises de la arena como un fanal escaleno. No quiere presagios ni premisas, prefiere poner su mente al borde de lo mineral; asomarse ya al filo que conglutina ideal con abismo.

Debe de sentirse ahí dentro aventuro un azogue ázimo en la sangre, digo reflejando una bravura arcaica. ¿Cuándo brillará la trigonometría? Una cosa parece cierta: que esto no se lo pregunta el diestro a sí mismo. Pensamos que sus ojos sólo ven un monte de basalto con los cuernos en cruz; y sobre las tablas ese muro de las querencias—, la sombra platónica de un escalofrío. Y nadie sabe por dónde habrá de ir... La faena no se puede predecir. Cada res atesora un sin fin de faenas para infinitos diestros; las posibilidades superan siempre a los sujetos de luces; y a las propias luces. Hay más errores tinieblas de intuición, incluso que toros malos. De haber existido la lidia en la Grecia clásica, lo habría dicho algún protágoras: la medida está en la muleta, mensura pura del arte, bastón de otra clarividencia. Es por la muleta el trapo de su alma que el hombre conoce, como por deber, la honda medida del animal. En el alma del maestro debe palpitar un deber sin hora, aunque precisamente ahora es el eterno retorno.

(Goya cerró su Tauromaquia con una plancha enigmática, 'Modo de volar'. Una troupe de hombres voladores sobre el ruedo de España: 'hombres murciélagos, hombres águilas, ícaros de andar por casa...' Eso los llamó Eduardo Arroyo. Semblanza de una liberación ante las angustiosas circunstancias políticas -por ende, personales- del genio español. Y ya en el exilio de Burdeos, sobre piedra litográfica, dibujaría el acoso mismo de España, encerrada en el ruedo con cinco toros... Dice Arroyo: 'cinco toros acorralan un pueblo doliente'. Antes, en la década de 1790, cuando los geniales Caprichos, había grabado picadores de hombres, como suena: 'Lo que los unos hacen a los otros', se titula. Unos, a la grupa de otros, meten la puya a terceros... Me suena. Picadores del prójimo... Vomitorios del cainismo. ¡Segundo aviso!... 'Duelo a garrotazos', de 1822. Y en el ínterin, 1816: publicación estelar de la Tauromaquia goyesca, 33 aguafuertes.

Antes de Goya ya se habían grabado las primeras suertes del toreo: Antonio Carnicero, con su tauromaquia narrativa, nos contó poéticamente pero no nos transmitió en abierto, a juicio de don Eduardo: 'no está el desasosiego y la emoción del drama', puntualiza el gran Arroyo. Carteles cuasi turísticos ya los había, en aguatinta y xilografía, para que supieran los europeos de la vieja Europa de este rincón de nardos y trabucos. 'Lola de Valence', en negro y rosa, hizo 'chillar' pictóricamente a Manet; lo dijo George Sand refiriéndose al tándem cromático. Al francés le merecieron la pena todas las dificultades del viaje a España ¿seguro de vida?: 'Torero mort', como dijo don Eduardo: 'todavía huele a azufre'. Junto a la propia 'Lola de Valencia', Manet pintó una rosa marchita y una pistola, una 'naturaleza muerta al pie de la letra'... Hay que releer El trío Calaveras, de Eduardo Arroyo... 'Aún aprendo', máxima goyesca).

'¡Hay que sacar al morlaco de ahí!' (El primer toro sufrió cinco descabellos…¡Inadmisible! Los ojos se matizaron después de una larga agonía. Sentencia: cabezudo para bodegón y dos orejas al matador. Vivito y de cerca, la cara del toro es un cúmulo activo de astracán y moscardones y sus cuernos, un frenético puente de máquinas virando a izquierda y derecha en el batido océano gris mostaza: es el alma sensitiva de Platón haciendo dinámica ostentación). Un subalterno lo cita. El animal no deja de tremolar la cornamenta: 'soy bravo, ¡cuidadito conmigo!', parece estar reivindicando.

El segundo de la tarde podría llamarse Afrancesado, 423 kilos, hijo de la vaca Patriota (de tu misma casa vendrán...). 'Los toros de salida son muy caprichosos', dicen con malaje desde un tendido bajo. Se condensa en el hueco alto del coso un suspense de avispero... Arden el naranja y el bermellón en las gradas y suenan, bucólicos, flauta y tamboril. El famoso sol de justicia se pega como barniz. Viseras blancas y paipáis se baten como palomas mientras lucen dos sombreros su color caramelo: todo parece fundirse... Las columnas de fuego tardarán aún en retroceder ante la fresca sombra.

Las órbitas de la aprehensión empiezan a desdibujarse... ¡Quién dijo miedo! Al drama se le derrenga la compostura: fluidos y manchurrones; cuajarones, asco de la confianza. Una voz (sin chanzas ni cuentos surrealistas) proclama como si lo releyera: 'berrendo en negro, astifino'... 'Con unos brochazos de cal en los bajos...', aclaran. En torno a la cuadrilla destellan élitros rubí y esmeralda y costuras doradas y argénteas; el zafiro del sol riela en los bordados. Purísima, tabaco, nazareno... '¡Pega fuerte Lorenzo en su rincón!', se queja una voz sedienta. Una chica se aventaba con un verde cinabrio lacado de periquitos. Sale el toro y se precipita; un hombre de plata le para los pies, pero el capote parece tener alas y hace una exhibición en estrella: ristra de verónicas y rúbrica con media verónica. Ovación. El gentío delira; las liras relampaguean.

(Pepe Hillo la definió en su tauromaquia: 'suerte que el diestro ejecuta con la capa rigurosamente enfrente del toro': la Verónica. Alguien habló de la bella melodía de la capa. Picasso, 'mano a mano con Goya' -Arroyo dixit-, habló del 'ballet del arte y el valor' lo recordaba anteayer Luis María Anson—; Michel Leiris quiso ver una ópera fúnebre. ¿Será verdad el mal del estancamiento del arte, del que habló Arthur Koestler refiriéndose a la lidia? El británico de Hungría, mano a mano con Albert Camus, reflexionaría sobre la pena de muerte, aunque la del toro nunca fue tomada sino como tristeza menor condena natural, con dolor mío y del niño que les presentaré en breve.

A otro Arturo, Roessler, lo retrató el mismísimo Egon Schiele, que se autorretrataba como un torerillo pinturero aspaventando una muleta invisible: ¿qué clase de encendidos y grotescos gouaches habría sacado de la expresión de la fiesta? ¿Qué efigies desencajadas, como la del 'Divino calvo', o arcangélicas, como la de 'Joselito' deformadas todas por el genio interior, habría pergeñado de sus contemporáneos españoles? Los Ortega y Juan Belmonte, o un retirado Mazzantini… Crudeza textural del medio; gesto expresionista... Nos hemos perdido esas otras pinturas. Las de aquí eran de sol y sombra.

Gallito y Schiele murieron casi a la par y en agraz; al pintor no le dio tiempo de estancarse; tampoco de viajar lejos: lo más, Mónaco, y para salir por la puerta grande, poco antes de morir con 28 años de la gripe española. Que el arte sea la fiebre eterna de España ya pocos lo creen.

La seca España la llamó Ambroise Vollard, de paso entre Portugal y Francia; al marchante lo retrató vestido de torero Pedro-Augusto Renoir; el traje se lo hicieron aquí, a medida. De vuelta en París, le mandaron probárselo en la aduana: 'O sea, Monsieur Vollard, que es usted toreador...' Un 'toreador' de sesenta y tantos tacos, como Antoñete, como Curro.

'Por muy revolucionaria que surja, toda forma de arte pierde capacidad de impacto', de nuevo Koestler con el temita... Conocía muy bien demasiado las novelerías del público. 'Es éste el que siempre termina cansándose... No es culpa de la fiesta'. Que se lo hubiesen dicho a Vollard, con la rifa del arte...)

Enmarcado por flamígeros mantones, un hombre en guayabera lila se regodea, echándose una mano a la cabeza y haciendo girar con parsimonia, en molinete, el dedo índice de la otra: '¡Menudo muestrario de capa... Ooh!' Sigue regodeándose: ¡Oog!... 'Y eso que este refiriéndose al toro no quería seguir el capote'... Otro aficionado, junto a una mancha añil con lunares, barruntando la puya, remata: '¡ahora es cuando el toro va a empezar a hablar!' Alguien vaticina mansurreo... ¡Profetas! Una señora en tonos caldera sentencia: 'Amos, anda... Pero si las banderillas han sido de poder a poder'. Los tendidos han regurgitado su emoción con las banderillas. Han ido llegando la pica, del brazo; el vino, en bota; y el quite, cual borrachera. Un peón le saca al toro un adorno de su magín; otro le saca un arabesco y otro, otra cosa... Y vuelta a empezar... Hasta marear lo que queda de bravura.

(Como un bálsamo en el volcán abierto en la vertical de sus entrañas dicen que llega el quite: confusión mental... Pomada sobre brasas vivas en el caldero de las agujas.) '¡El animal va a llegar supremo a la muleta!', exclama una voz estentórea entretejida con grueso humo de cigarro.

(En la dramaturgia taurina hay un factor de recreación y otro de emoción. Creación pura no parece existir en el arte de torear. Se trataría de una recreación, pues no hay una absoluta libertad de medios: el único es el toro. Las herramientas son los aperos de torear, y los de atemperar la bravura sobrante. El ser humano es el motor anímico-receptivo que activa el arte desde la voluntad, y el toro, el motor artístico pasivo y dinámico reactivo, que mágicamente entroncan entre sí. A veces, se conmuta el motor activo del diestro con la pasividad artística del animal, hasta el punto de que el torero termina ‘embistiendo’, bajo la acción de citar y encadenar pases, y el toro, diseñando la faena en su subordinada reactividad. Las acciones y las reacciones engranan, creando formas dinámicas en el tiempo que se reflejan idealmente en nuestra mente, como vio Platón y vieron, en el siglo XX, los futuristas italianos, a raíz del Cubismo. Pero aquí el riesgo es el filo dramático vivo que compromete la belleza, abismándola, y refuerza la emoción. La violencia se canaliza en ritmo ideal).

'¡Si me hubiese tocado a mí este toro...!' Se infiltra un pensamiento ronco desde el burladero entre acentos refinados. Suenan a irlandés. 'Pero la suerte es la suerte' piensa un castellano entre mujeres azul celeste con claveles granas. Sí, hablan en irlandés. El mozo de espadas, tras los bártulos de matar. Cuando es recibido en la barrera por el matador, el estoque es un chorro de luz azul hasta la empuñadura; muchos quisieran bautizarse el alma en el acero cristalino. Un revoltijo áspero de sonidos gravita en los tendidos; fárrago incomprensible... En la enredadera de voces se imponen las recias. Pero el murmullo espumoso siempre es femenino. La alegría de las mujeres se monta como la nata. Tutti frutti de sonrisas.Verde higo y verde kiwi bajo el rimel. Miel y mosqueta… Sobre un amago de bronca, se arranca la banda con Churumbelerías, ese pasodoble merengado... Y el aire termina de confitarse.

El niño se pone en pie y, emocionado, abraza al padre: '¡el pasodoble que te gusta, hijo!'. De la cuadrilla sale una advertencia: '¡Ojito, el toro cabecea! Le habría hecho falta una vara más: haberlo ahormado mejor... ¡Ese picador...!' Se acerca otro peón solícito: '¿Qué dice usted maestro...? ¡Hábleme fuerte! (Churumbelerías se va ensanchando...) ¿Cómo dice? Que siente usted una confirmación en la sangre... ¿Pero eso no viene después de la comunión, maestro? Po'vámonos... ¡Vámonos-con-la-muleta!' El diestro avanza, una moña anda suelta en el albero, rebozada en amarillo, insustancial bajo la belleza de los compases: '¡Eje! ¡Eje, toro!' La vida se consume y se consuma ahora mismo en torno a un eje: el toro bravo... Y sin diploma de artista.

(Después de muchas vueltas, comparado con el mulo en su molino, ¿el morlaco sienta cátedra? ¿Cambiaría suerte y bravura? Siempre se le atribuye nobleza... Habría que preguntarle.) Sobre el albero, toro y torero reinician su álgebra de simetría. ¡Ole! (Serafín en la pizarra sin plantilla...). ¡Ole! (¿El molinillo del arte es otra cosa...?). ¡Ole! (Incluye la pintura de un ideal: el manejo del alma conmutativa...).

'Vamos, ¿acaso esto denigra al toro? Aquí el toro es una estrella', se convence el padre'. '¿Papá, entonces el toro es también artista? Le está aplaudiendo la gente'... '¡Papá mira, el toro está llorando! ¡Pero la gente le aplaude, papá!'... '¡Niño, coño, sécate las lágrimas, por Dios!… ¿Dónde ves tú que el toro esté llorando, hijo mío? Con las sensiblerías... Niño. Has venido solo pa' sufrí... ¡Ya no te traigo más!'

La crizneja de acordes se va entretejiendo con los gozos y las sombras vespertinas. Desde su tribuna en el tendido alto, la banda afina su homenaje a la eterna infancia del toreo. 'La música ya habrá coloreado hasta los balcones de mi casa...', susurra una señora que bate un pericón amarillo: '¡Qué arte tan grande, Dios mío de mi corazón!' (La fiesta continua).

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