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TRIBUNA

La Unión Europea como nueva Alemania

Martín-Miguel Rubio Esteban
viernes 24 de mayo de 2024, 19:21h

A Hermann Tertsch

La Confederación Germánica, antes de ser desmantelada por la Gran Prusia, constituyó una organización política supranacional que es el genuino precedente de esta Unión Europea que padecemos. El Imperio Alemán comprendía cuatro reinos, seis grandes ducados, cinco ducados, siete principados y tres repúblicas; cada uno de estos Estados, con su propia constitución y su sistema representativo peculiares. En realidad, nuestra Unión Europea siempre ha sido una prolongación forzosa de Alemania, y no una voluntaria liga de naciones. Sólo si la Alemania actual no se convierte en la antigua Prusia se mantendrá como superestructura política democrática. Y sólo si no dependemos como vasallos ni de EEUU ni de Rusia será también una superestructura independiente. Hoy hacemos de soldados mercenarios de los EEUU en nuestro propio continente. Al Parlamento Europeo le pasa un poco también lo que le pasaba al Reichstag de la época de Bismarck, que aunque formado por representantes elegidos por el sufragio universal, sin embargo, el Reichstag no pintaba nada en la composición del gobierno y en la política de éste. Lo mismo ocurre hoy entre el Parlamento Europeo y los comisarios que forman el gobierno ( Comisión ) totalitario de Europa. Además, la Nueva Alemania que puede llegar a ser la Unión Europea también tiene sus disonancias y díscolos como entonces. Si en el pasado eran Alsacia y Lorena. Hoy lo pueden ser Polonia y Hungría. En la actualidad el caso Zabern se multiplica en el territorio de la Unión. Toda la Unión Europea, como ya lo viera Yanis Varoufakis, está penetrada, desde el principio, por el espíritu y los métodos tradicionales de la época guillermina. Y que conste que España no tiene especiales razones para que le caiga mal Alemania. Al contrario, en la guerra hispanonorteamericana de 1898, la única nación europea que nos apoyó fue Alemania, enviando un escuadrón a las Filipinas. Asimismo, existe hoy una nueva Kulturkampf, una nueva lucha por la civilización; por un lado, están las realidades nacionales, y, por la otra, la autocracia apátrida de los Comisarios. Por una parte, está la democracia, impotente hoy en las tomas de decisiones, y, por la otra, una burocracia falsamente “técnica” que se impone como gobierno. Existe ya una Sociedad Colonial Europea que tiene como “protectorados” por el mundo todos aquellos países que comulgan con la doctrina globalista, cultura que la hemos visto reflejada en su máxima expresión esperpéntica en el último Festival de Eurovisión. Lo mismo que hizo el emperador Guillermo II, haciéndose protector de todos los muslimes en la Palestina, adulando al famoso Abdul Hamid II, hoy la Unión Europea ríe las gracietas de Hamas con sus atentados bárbaros contra la sociedad israelí, que todos los días pierde jóvenes soldados. La Unión Europea promete otra vez al terror palestino la ayuda de los Nibelungos, leyenda en la que la lealtad surge de la conciencia del crimen, que une por igual a cómplices y asesinos. La Unión Europea no es nadie para crear artificialmente estados, que nacen siempre del devenir histórico, y nunca del consenso entre los que estudian el grimorio de Soros. Y ya fabricar un Estado dirigido por organizaciones terroristas que quieren exterminar al vecino es una locura y una brutalidad. Mucho antes de que la Unión Europea hubiese terminado de tender unos cimientos propios de una organización democrática paneuropea, los enemigos jurados de la libertad, de la democracia y de la justicia, se afanaban por afilar sus armas neoimperiales con que un día puedan transformar la Unión Europea en una Nueva Alemania autocrática, neoprusiana e hiperburocrática, secluir a Rusia del europeísmo, y en donde de nuevo el espíritu de Weimar, de Goethe, vuelva a ser vencido por el espíritu de Potsdam, de Federico el Grande. Cada día se hace más evidente que los intereses nacionales de los Estados que componen la UE no coinciden con el gobierno de la UE. Pensemos, por ejemplo, en nuestro Peñón de Gibraltar. España ha pasado de la reivindicación y reclamación continua del entero Peñón como cosa propia y exclusiva de la Nación española ( Franco ) a solicitar como una pobre mendicante la cosoberanía del territorio ( Margallo ), y ahora permite que sean quienes pilotan la UE los que negocien sin restricciones ni condición ninguna, directamente, con el Reino Unido sobre el Gibraltar nuestro, sin contar siquiera con la opinión del gobierno de España, como si tal opinión fuera una bagatela perfectamente prescindible, para vergüenza de todos los españoles. Sobran actores en las reuniones bruselenses para tratar el asunto; todo lo que no sea una mesa con dos sillas para David Cameron y José Manuel Albares perjudicará a España. Nunca como hoy el gobierno de Europa había presenciado un conflicto tan profundo entre la moral secular europea – la del cristianismo y la de la Cultura Clásica – y la acción política devenida como “la razón de Estado”, o mejor, “la razón de Superestado” de la Agenda 20/30. Nunca antes el maquiavelismo se había visto más pujante. Nunc Europa machiavellior Machiavello est. Ahora bien, Maquiavelo no lega a la posteridad, como es sabido, la expresión “razón de Estado”, que sí la emplea Giovanni Botero en su obra Della Ragion di Stato – y antes que él, Pío V, identificando la razón de Estado precisamente con la “Ragion del diavolo” -, pero sí le pone cuerpo argumental y contenido a ese concepto aún no expresado por Maquiavelo. Hoy apenas se hace un esfuerzo por compaginar mínimamente las exigencias de la acción política globalista con la moral tradicional europea ( la cristiana ), que se extendía desde Gibraltar a las tierras cartografiadas por Vitus Bering. La realidad política que ha estrenado Europa con la Agenda 20/30 es indócil a dejarse apresar por cualquier esquema mínimo de derecho natural, por mucho que mi amigo Hermann Tertsch combata valientemente y sin cesar en favor de aquellos siete derechos naturales que levantase el padre Vitoria. No es que toda Europa acabe siendo la peor versión de Alemania, mucho peor que aquella Confederación Germánica preprusiana, sino aún peor, una sociedad anónima desalmada, un falansterio fundamentado sobre negros principios globalistas. Ojalá Tertsch y su partido logren parar esa debacle amenazante. Hace ya más de cuatrocientos años Pedro de Rivadeneyra, consejero de Felipe III, en el momento en que el Imperio Español era más grande, pensaba que era una monstruosidad apartar la razón de Estado de la Ley de Dios, o derecho natural ( Felipe II aplicó la razón de Estado contraria a la Ley de Dios en dos casos, el de Escobedo y el del Barón de Montigny ). Cuando esto sucede, seguía diciendo el jesuita, el Estado se convierte en religión sin Dios y esclaviza a todos los ciudadanos. El ser cristiana Europa implicó en su día una sobrenaturalización de la vida política que hizo de nuestro continente el paraíso de la libertad y el bienestar social. Esta base moral está fallando hoy en Europa, y ello entrañará una “mala” razón de Estado futura. Sin los principios morales tradicionales de Europa, que la hicieron fuerte, el Viejo Continente incluso está perdiendo la conciencia cenestésica, tal como se deduce del citado Concurso/Aquelarre de Eurovisión. Desde luego que los rusos se ahorraron el asistir a un bodrio de tan mal gusto.

Martín-Miguel Rubio Esteban

Doctor en Filología Clásica

MARTÍN-MIGUEL RUBIO es escritor y catedrático de Latín

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