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TRIBUNA

Los ministros de Franco, mis recuerdos

viernes 24 de mayo de 2024, 19:22h
Actualizado el: 24/05/2024 19:27h

Esto de los premios puede resultar un tanto ridículo con el curso del tiempo pues ¿cómo pudieron darle el Nobel de la paz a Henry Kissinger, si no hubiese sido porque sólo la americana era la pax augusta? Y ¿cómo pudieron conceder al ministro de Obras Públicas Jorge Vigón (1957-1965) el premio nacional de Periodismo en el 1949 cuando nadie podía abrir la boca en España, así como el premio nacional de Literatura, de qué escribiría? En cambio, no se los otorgaban a quienes más los merecían, por ejemplo al ministro de la Gobernación (1957 a 1969) don Camilo Alonso Vega, que con aspecto de anciano apacible se hizo acreedor del Premio al Palo y Tente Tieso. Aún recuerdo aquella vez en que los grises, ejerciendo con maestría su noble oficio, y apenas salido yo solito de la Facultad de Filosofía me gritaron “¡disuélvase!”. Lo mejor es que ni me disolví, ni siquiera me cagué.

Afortunadamente no todos los ministros fueron tan sádicos, hubo incluso algunos tan modestos como don Gabriel Arias Salgado, “un hombre que se oscurecía a sí mismo a propio intento” (?), según se dijo de él, quizá porque lo que más le gustaba era oscurecer a los demás, el cual, convencido de la minoría de edad de los españoles implantó un régimen de información controlada mediante una censura rígida, que al ser aplicada sobre criterios tan disciplinados y sin matices dio lugar a incontables anécdotas acerca del lápiz rojo de las madrugadas, especialmente afilado ante cualquier término o expresión que rozara la ortodoxia política, religiosa o moral.

Como dijera el generalísimo Francisco Franco en un evidente lapsus mentis al salir volando por los aires el coche de Carrero Blanco por culpa de ETA, “no hay mal que por bien no venga”, ya que luzco in pectore la medalla al mérito de escritor
censurado, incluso por amigos que luego se convirtieron en decanos con coche oficial y en demócratas de toda la vida, los bribones. Hubo incluso auténticos místicos como Don Fernando María de Castiella y Maíz, que pese a su segundo apellido no fue nombrado ministro de agricultura, antes al contrario tuvo una brillante carrera universitaria. Hombre devoto, en la firma del Concordato entre la Santa Sede y la España sedada, afirmó lacrimoso el 1953 durante su toma de posesión del Ministerio de asuntos Exteriores: “al hablar de paz pienso en nuestra paz interior y también, por supuesto en la paz internacional. Me obsesiona esta última porque no en vano he tenido el privilegio de representar a España ante el trono más augusto de la tierra: servir a mi patria cerca de ese Ángel de la Paz que es Su Santidad Pío XII”. O sea, “veinticinco años de paz…ciencia en España”, arriesgaba La Codorniz. Aquellos fervorines ¿no eran la
reedición del consorcio del emperador Constantino y los cristianos, que pasaron de perseguidos a hegemónicos? También aquí se palpa el roer del tiempo y los resultados de aquellos patriotismos y de aquellas teologías "Santiago y cierra España". Al cesar en su cargo en 1969 volvió a proclamar: “doblo la página sin la menor amargura dispuesto a emprender con buen ánimo otras, a buen seguro, más modestas tareas. Pero antes de dar un paso adelante en cualquier dirección quiero apresurarme a proclamar en voz alta mi gratitud hacia Dios por su asistencia generosísima -palpablemente sentida- en los incesantes afanes de un cargo que era, con mucho, superior a mis fuerzas y, ni qué decir tiene, a mis merecimientos”. Lo que no pudo cerrar tan brillantemente el ministro propagandista fue el asunto del Peñón de Gibraltar, piedra no pequeña en el zapato de los triunfadores de la guerra civil.

Y todo esto mientras el navajeo entre las familias del régimen se oía hasta en mi remoto pueblo, Canalejas del Arroyo. Hasta allí llegaban los ecos del caracolero José Solís Ruiz, ministro de palabra fácil y enrollado con los luceros y las estrellas, que proclamaba con su arte verbenero: “la Falange no se ha preocupado
nunca de su porvenir, sino del porvenir de España”, lo que me hace suponer que también se preocupó de mi porvenir, aunque no hizo gran cosa por ello. Sin embargo, pese a su fácil y verborreica dialéctica, nunca faltó quien le ganara, y tal fue el caso mientras comía con un catedrático patriótico de la Facultad de filosofía y uno de los peores profesores que he padecido, don Adolfo Muñoz Alonso, autor del laureado Franco ese hombre. En aquella ocasión el ministro dijo al profesor: “no sé para qué
enseñáis latín, si no sirve para nada”, a lo que contestó el viperino Muñoz Alonso: “tú
eres de Cabrá ¿verdad? Pues los de Cabra os llamáis egabrenses, que viene del latín Igibrum. Deberías estar muy agradecido al latín, porque de lo contrario os llamaríais cabrones”. La vida es tan compleja que, pese a sus deficiencias como filósofo, fue a Muñoz Alonso a quien afortunadamente oí por vez primera hablar de Emmanuel Mounier. Con todo su morro nos decía vestido de azul neto, entero, varonil y proletario que iba “a ver al Caudillo”.

Vida compleja y paradójica, como digo, debo también la financiación de mis estudios en el extranjero, aunque por dura oposición académica, a la Fundación Oriol y Urquijo, financiada por la familia de don Antonio María Oriol, ministro de justicia franquista, con quien el GRAPO cometió la injusticia de secuestrarle. Y ya puestos, me hacía gracia el ministro de educación don José Luis Villar Palasí, tan paternalistamente preocupado con cada uno de sus alumnos cuando compartí docencia con él en el CEU.

Mi contacto siempre periférico con los ministros de Franco tuvo su último desenlace con Cruz Martínez Esteruelas, que tenía la bondad de aplaudir mis continuas rectificaciones a su parvo magisterio, un detalle aperturista del régimen. Por no faltar, ni siquiera faltó aquel ministro de Obras Públicas, obras que ya comenzaban a dejar de ser Obra de Dios (Opus Dei), proclamando en su lugar el crepúsculo de las ideologías, francamente confundidas con el crepúsculo del franquismo. Pero a España se viene llorado, y a mí no me fluyen más lágrimas. ¿Qué derecho tendría yo, y de dónde
podría venirme la presunción de mis supuestos méritos? Lo que me duele es España. Soy inepto para quejarme pensando sólo en mí, pues quienes debieron quejarse ya no pueden hacerlo, muchos de ellos seguirán siempre en Cuelgamuros (antes Cuelgamoros, el caso es colgar gente), y allí seguirán estando ante Dios y ante la historia aunque exhumen hasta el último de sus huesos. Lo que está debajo del instinto, la materia, duerme; lo que está encima, el espíritu, vela. La naturaleza externa es el lecho donde reposa el espíritu hasta que raya la aurora de la verdad. El despotismo es una combinación muy fácil para los pueblos que no piensan mucho, y muy cómoda para los carecen de la mínima dignidad que les llevaría a ser respetados.

Por si fuera poco, para otros esa época del caudillaje “por Dios y por España” fue la mejor de nuestra historia, y por ahí andan todavía a machetazos cargando con el amargo resentimiento de su declinación. Nunca faltarán los Millán Astray “novios de la muerte” hasta que la muerte les separe. Tal fue la España de un españolito nacido en el 1944 que vivió del trabajo mal pagado a sus padres, ambos maestros de escuela, y que asume la historia, pero la deplora. Solo que, aunque parezca insufriblemente arrogante y necio, se considera mejor español que los españolísimos que intentaron regir sus días y sus noches. Afortunadamente estaban los otros españoles, los suyos, los
perdedores.

Sólo osaré añadir con un personaje absolutamente olvidado: “nosotros creemos que, mediata o inmediatamente, el universo, el conjunto de los astros es un gran laboratorio de individualización. Gloria por todos los siglos de los siglos á la verdad de la inteligencia humana, que después que transponga la vecindad incómoda de esos planetas visibles, de esa especie de pared de enfrente, rasgará el velo que cubre la inmortalidad y adquirirá el personalismo absoluto, mientras que de la materia de los planetas, flotantes incensarios que en holocausto eterno van embalsamando los pasos de Dios con la esencia del espíritu, no quedará mañana más que lo que ha quedado de las sombras que ayer han proyectado en el espacio... ¡Nada!.... Bajemos al mundo, á este gran palco escénico de una tragedia divina. Al pisar su superficie besemos con agradecimiento ese lodo petrificado, que ha de ser el crisol de nuestra inmortalidad. En este calvario del universo hallaremos el amor que crea y el dolor que purifica, la materia que se une y el espíritu que se desune. El amor es la concentración, y el dolor la irradiación. El amor físico es el postrer acto de gravitación del último residuo del limo de la tierra”[1] Este hombre (1817-1901) sólo podía apellidarse Campoamor y Campoosorio, amor y muerte, de lo que tantos cementerios españoles están bien repletos.

[1] Campoamor, R. de: El personalismo. Apuntes para una filosofía. Imprenta y estereotipia de M. Rivadeneyra, 1855, pp. 44 ss

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