ETA es el producto histórico de una deriva de aceptación implícita de la burguesía nacionalista vasca respecto del franquismo. Se trataba de una afiliación -la del PNV de aquellos tiempos- acomodada con el régimen, que veía cómo los ingresos de sus empresas mejoraban como consecuencia del proteccionismo económico -primero- y del espectacular crecimiento puesto en marcha por el plan de estabilización de los tecnócratas -después.
Es evidente que ETA era nacionalista -antes que socialista o comunista-, pero un nacionalismo de denuncia. Se trataba de algo así como de la actitud de un adolescente que afirma su personalidad atacando la obra de sus padres... y acaba en su madurez actuando de la misma manera a como lo han hecho ellos. Esto es, exigiendo su lugar en la mesa en la que se reparten las viandas del festín: reclamando la entrega de su herencia.
No sorprenderá a alguno de mis lectores lo que digo, en el caso de que en algún momento recuerden los comunicados de la banda terrorista en ese "pasito p'alante... pasito p'atrás" de sus sucesivas treguas-trampa y regresos a la acción asesina y chantajista. España -estaba claro- constituía para ellos el marco general de la opresión y la principal justificación de su victimismo, pero el PNV era siempre el cómplice, el tonto útil, cuando no el sicario, el instrumento del agente que conculcaría las libertades primigenias de los vascos.
Por eso, lo que está ocurriendo en el País Vasco no es otra cosa que el desarrollo de una confrontación entre nacionalistas. El instrumento de su debate bien pudiera encontrarse en la respuesta más o menos soberanista de unos respecto de los otros, pero los objetivos no son sino el reparto del botín que llueve de manera munífica sobre esa Comunidad Autónoma en forma de sueldos públicos, subvenciones y dádivas varias a la grey nacionalista; una fina lluvia mejorada y aumentada por un cálculo politizado del Cupo vasco, que transforma un guarismo matemático en una concesión más en la cuenta inacabable de los desequilibrios y la desigualdad entre los españoles.
Han quedado ya muy alejados de nuestra memoria los años 60 del pasado siglo, cuando ETA daba comienzo a su siniestra andadura. Eran los tiempos de las guerrillas revolucionarias, de los barbudos cubanos, de los nacionalismos populistas de los extremos -estos últimos permanecen y aún se recrudecen ahora-. El idealismo de aquellos hijos de los burgueses del PNV -si en algún momento existió- ha quedado diluido en la organización de un terrorismo que se retroalimentaba a sí mismo. Para muchos de los activistas de la banda -quizás los terroristas rasos- bastaba con cumplir órdenes y pensar que sus atentados contribuían a la "liberación nacional de Euskadi"; pero los terroristas con galones, y con mando, no dejarían de pensar que estaban perdiendo la oportunidad de la política -entendida ésta en la asignación presupuestaria a la satisfacción de su propia red clientelar-. Parafraseando a Von Clausewicz había que hacer la guerra por otros medios.
Bildu conoce perfectamente que, cuanto más pase el tiempo, su operación de blanqueamiento será más eficaz y operativa. Y sabe esperar, aprovechando las sucesivas parcelas de poder que está en condiciones de obtener. Para este doble objeto cuenta con el apoyo insustituible del PSOE, que ya ha afirmado su condición de coalición democrática y progresista, y le entrega sus votos para que gobierne en municipios tan significativos como el de Pamplona.
ETA -cualquiera que sea su denominación a lo largo de las diversas fases de su historia- ha madurado en estos 60 años. Y eso que se presenta a sí misma ahora como un movimiento joven que contesta la casposidad de sus rivales peneuvistas. Saben que la oportunidad del tiempo juega a su favor y en contra de los de Sabin Etxea.
A unos y otros les importa más el botín y la "independencia subvencionada que la independencia declarada formalmente. Les interesa -eso sí- un gobierno débil al que puedan manipular y del que les resulte sencillo arrancar prebendas. Tengo para mí que el nacionalismo -cualquier nacionalismo- no pretende la soberanía integral -por otra parte irrealizable en los tiempos que corren-, ya que ésta destruiría la cobertura de victimismo con la que disfrazan su verdadera pretensión de control de los recursos económicos, clientelares y aún de los sentimientos que condicionan el voto de sus conciudadanos. Porque, una vez lograda eventualmente esa independencia, concluiría su razón de ser; además de que daría comienzo una serie de variables de muy difícil acometimiento: ¿qué hacer con ese flamante nuevo estatus?, ¿cómo ingresar en la Unión Europea?, ¿habrá que formar un ejército propio, negociar la incorporación a la OTAN?, ¿qué moneda tendremos que usar hasta que entremos de nuevo -si así fuera- en el espacio euro?
Por supuesto que nada hay que sea imposible en este loco mundo político que estamos atravesando. Y cabe también que haya quien se pase de frenada, como hizo el prófugo Puigdemont antes de dejar en suspenso la decisión del Parlament y huir a continuación en el maletero de un coche para evitar la acción de la justicia. Claro que -como ocurre con Bildu- ha contado con un gobernante dispuesto, no sólo a perdonarle, sino a que le pidamos perdón.
¿Habrá que permanecer atentos a que ese fenómeno se repita también con Bildu?