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TRIBUNA

De feria en feria

domingo 26 de mayo de 2024, 19:59h

En las grandes tardes de la isidrada, durante el quinto toro, la ventolina de Levante trae algunas gotas de amenaza; a veces, incluso, se descerraja el cielo, y nos deja ensopados como a marineros en cubierta. De pronto, se arremolinan los tendidos, se apiña irrespetuosamente el respetable en las bocas de salida y los chubasqueros nos vuelven frailunos, mientras van asomando los costillares de Las Ventas en gris cemento. Por el contrario, en el ruedo, el matador suele perder las zapatillas, pero nada se interrumpe.

A un par de kilómetros de allí y en la misma calle, el efecto es muy otro: de estampida se vacía el paseo de coches, los libreros se pasman en la desolación y, si el chaparrón persiste, las casetas echan la persianilla blanca para que el Retiro brille de un solitario charol cantábrico. Solo unos novios, bajo un tilo, se besan como en las películas antiguas, cuando el amor, si no era pasado por agua, desmerecía su nombre.

Estas son las estampas propias de estas fechas en Madrid, cuando la feria de bravos alcanza su meridiano y la de libros se inaugura entre las cámaras de televisión y la cordialidad de los reyes. Enseguida vendrán las grandes colas —ahora, hasta con seguratas de uniforme— para la firma de alguna celebridad, por supuesto, ajena a la literatura, que presenta un tomazo con una biografía de mentira, y que constituirá el agosto para el quiosco que la albergue. Son las escenas pasajeras de este acontecimiento donde siempre echo de menos a Ramón Gómez de la Serna, montado sobre un elefante y con un altavoz de bocina; el único escritor de verdad capaz de sentirse a sus anchas entre esa marejada mundanal y gárrula, que avanza curiosona y a trompicones.

Pero no vengo hablarles del paisaje y ni del paisanaje, sino de algunos títulos que merecen, por su insólita peculiaridad, su atención durante esta feria, y si tienen la bondad, su compra. En Drácena, por ejemplo, hemos rescatado El chirrión de los políticos (1923); una aparente rareza de su autor, Azorín; además, con un estupendo prólogo del profesor Domingo Ródenas. Digo rareza, porque debo remontarme hasta el joven Martínez Ruiz de 1897, cuando Leopoldo Alas le auguró en un Palique que podía ser “una de las pocas esperanzas de la literatura satírica” nacional para encontrarlo cultivando la eutrapelia o, por el contrario, avanzar unos cuantos años más, hasta 1928, para señalarles su comedia El Clamor, escrita a dos manos con Pedro Muñoz Seca; nuevo botón de esa afición suya por la humorada, contra cuanto nos puedan sugerir sus últimas imágenes de viejito atildado y enjuto. Función teatral, por otra parte, saludada durante su estreno con un sordo y cenizo escándalo, al hurgarle las entretelas más mezquinas a la prensa y cuya consecuencia, por aquello de no hay castigo sin venganza, fue el consiguiente fracaso de taquilla.

Dejando de lado los escándalos provocados por los títulos de Azorín —en algún caso, hasta con intervención de guardias a caballo— este par de obras nos recuerdan como el maestro de Monóvar puso en solfa —de la mejor manera que debe hacerse: con la burla— a los dos gremios que hoy, un siglo después, vuelven a ser muñecos de la diatriba: los periodistas y los políticos. Y la novela, El chirrión de los políticos, pese a su final de resignado estoicismo, es ante todo un guiñol sobre las hipocritonas y chanchulleras componendas que enterraron la Restauración alfonsina; lo alarmante consiste en que su carrusel de escenas —las votaciones, el parlamento, los ministerios…— nos calcan, sobre su regusto añejo, la actualidad más candente; semejanza que invita a tentarse la ropa y ponerle velas a san Isidro —por no alejarnos del momento—, o encogerse de hombros y cabecear aquella socorrida murmuración de “esto no tiene remedio”.

Con este mismo espíritu de revivir la neta literatura pero en tono más lírico y hasta si me apuran trascendente, también llevamos a la feria El humo dormido (1919), de Gabriel Miró; colección de estampas, publicadas durante el año anterior en La Publicidad, de Barcelona, y estimulantes, si no cruciales, para la gestación de la Generación del 27, como expongo en el prólogo que, casi de improviso, me correspondió; al parecer concluido con acierto, porque hasta el momento no ha habido queja. Este tomito de una docena de cuentos más diez viñetas —como él llamó a esa decena de pasajes populares de la Semana Santa— debiera convertirse, como para Jorge Guillén, Dámaso Alonso o Gerardo Diego, en consejero de estilo y sensibilidad de muchos poetas presentes, y más aún para cuantos, deslumbrados por aquella esplendorosa generación, son fieles acopiadores de sus títulos; a los demás, tendría que colmarnos con largura la mucha delicadeza de la prosa mironiana. O, al menos, con ese propósito lo reeditamos.

Y pisando terrenos de la poesía, no quiero despedirme sin recordarles que Betania acaba de publicar una nueva antología, a cargo de mi amigo León de la Hoz, titulada Gastón Baquero, lo que no se ve; por supuesto, sobre esa cima antillana de nuestra lírica del s. XX, muerto aquí mismo, a dos pasos del Retiro, en 1997, cuando apenas si comenzaba a recuperársele. Quienes aún ignoren a mi tocayo, léanlo y asómbrense, al pronunciar las tónicas en su sitio, como su música escondida va elevando imponentes y rumorosas imágenes, tan de allá pero tan nuestras, pues en español resuenan.

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