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TRIBUNA

Cartas sobre moral

Martín-Miguel Rubio Esteban
viernes 31 de mayo de 2024, 20:14h

Mi admirado amigo Fernando Caro Grau, todo un experto sobre la obra tocquevilliana, está preparando la traducción y estudio de las cartas que se escribieron el gran pensador francés Tocqueville y el diplomático e intelectual Arthur de Gobineau, cuya obra, Ensayo sobre la desigualdad de las razas humanas, lo sacó prácticamente para siempre del debate político a consecuencia de este peregrino y abominable planteamiento; al que para ser justos deberíamos enmarcarlo en prejuicios epocales: no podemos olvidar cómo para Montesquieu el propio clima predisponía para la libertad o para la servidumbre. “Los pueblos del sur son cobardes y propensos a la esclavitud, mientras que el valor de los pueblos del norte los mantiene libres” ( Del espíritu de las leyes, Libro XVII, cap. I ). Podríamos decir que las primeras cartas que se escriben el autor de La Democracia en América y el conde de Gobineau tienen un carácter casi de interés empresarial. Tocqueville, casi veinte años mayor que Gobineau, había ingresado en la Academia de Ciencias Morales y Políticas en 1838, y en 1843, la Sección Moral le encomendó elaborar un cuadro general de la evolución de las ciencias morales y políticas entre el año en que comienza la Revolución Francesa y el año en que se inicia la monarquía de Luis Felipe de Orleáns. El encargo obedecía a una iniciativa real surgida a propuesta del destacado académico Víctor Cousin, quien inspiró a la creación del personaje central de la novela El crimen de un académico, de Anatole France. A fin de comenzar con el estudio de la cuestión, haciendo un resumen inicial sobre todos los pensadores que habían escrito sobre el asunto, Tocqueville le propuso al joven Gobineau que hiciese una recopilación de los materiales, y éste aceptó. Sus honorarios por el trabajo ascendían a la bonita suma de 2.000 francos. En estas cartas “de trabajo” queda muy patente la posición jerárquica de cada uno, pues sin aparcar jamás Tocqueville su exquisita educación y elegancia formal, deja claro en algunas ocasiones quién es el patrón y quién el trabajador. De hecho, Tocqueville amonesta en varias ocasiones al recopilador asalariado de las obras de moral, quien, por cierto, se nos hace antipático desde las primeras cartas por sus siniestras ideas contra la moral cristiana, el sentido humanitario de la vida y por su gusto por el Islam. Y es que su errático Ensayo sobre la desigualdad de las razas humanas es fruto de haber vagado por demasiados caminos desarcetados. De hecho, a veces el joven Gobineau contesta con cierta impertinencia y prepotencia mal fundamentada al humanísimo Alexis, y sus ideas constituyen todo un brulote que va como un toro a la amura de su pagador. Tocqueville lo aguanta porque tiene claro que “los sueños más insensatos de los jóvenes son preferibles a las certezas de la edad madura”. Aunque agnóstico, el gran pensador francés defiende el aporte del cristianismo a la moral universal. Porque, en efecto, el cristianismo no eliminó las virtudes del Mundo Clásico, sino que cambió su orden jerárquico; las virtudes que estaban al final de la escala las puso arriba, y las de arriba las puso abajo. Además, amplió la esfera de los deberes cívicos, y del respeto para con los conciudadanos, se pasó al respeto para con todas les personas. Hizo que refulgiera una fraternidad universal no basada en la raza – como la isogonía griega – ni en la clase. Al emplazar el propósito de la vida en el más allá, dio con ello a la moral un carácter más puro, más inmaterial, más desinteresado, más elevado. Y es que para Tocqueville la grandeza de la obra cristiana radica en construir una sociedad humana por encima de todas las sociedades nacionales. Sin embargo, Gobineau da una imagen negativa del cristianismo respecto a la moral. “Creo que sin ser injusto se puede decir que la moral cristiana se ciñe más o menos a no causar daño, y este límite lo sobrepasa en muy poco”. Sin embargo, Gobineau cree en la bondad del islamismo. Sus ataques a los puntos de vista de su “pagador” no contristan a éste, pero tiene que llegar a sostener que “lo propio de todas las controversias filosóficas es mantener a cada filósofo exactamente en sus opiniones de partida”. Y es que las controversias no consiguen otra cosa sino afianzar a las personas en sus opiniones. Sigue sosteniendo Tocqueville que el cristianismo ha elaborado con el acervo de la moral de los clásicos un instrumento de gobierno moral absolutamente nuevo. En contra de lo que opina Gobineau, sobre que el cristianismo no ha conseguido evitar los grandes crímenes, Alexis responde que la eficacia de las leyes civiles o religiosas no radica en evitar los delitos mayores ( que por lo general suelen ser producto de instintos fuera de lo común y de pasiones violentas que atraviesan las leyes como si fuesen telarañas ), su eficacia consiste en surtir efecto corriente, en regir las actividades corrientes de la vida cotidiana, en dar aspecto de normalidad a las ideas, una pátina común a los usos. Sin el cristianismo Europa entraría en una decrepitud moral. Y respecto a su idea del Islam, Tocqueville sentencia que es la religión más inhumana y la que ha hecho retroceder moralmente más a la Humanidad. Para ser justos, hay que decir, sin embargo, que en esto como en todas las cosas los filósofos europeos han tenido opiniones muy distintas. Así, por ejemplo, Lessing veía superior el Islam al cristianismo por ser una religión más racional y carente de misterios y milagrería ( vid. su Salvación de Jerónimo Cardano ). Incluso Lessing aquí se columpió de modo aberrante, justificando la violencia del Islam: “Mas quien salva el honor del Creador, si se encuentra con tercos malvados que no quieren reconocer su unidad evidenciada por la naturaleza entera y los borra de la faz de la tierra que profanaban, ése no es un tirano, es – ya que no queréis llamarlos un profeta que anuncia la paz – no más que un instrumento de la venganza de Lo Eterno.” Por su parte, Gobineau considera que el apoyo a los más desfavorecidos llegó con la ilustración, y no con el cristianismo. La ilustración convirtió la limosna en un deber público del Estado. Así, Luis XVI fue el primer monarca que convirtió la ocupación pública por el bienestar de los pobres en un objetivo estatal. Ahora bien – se podría decir al ateo Gobineau -, Luis XVI lo hizo gracias a un corazón grande cargado de moral cristiana. Tocqueville, siempre fiel a sí mismo, contesta que por muy incrédulo que él mismo sea, siempre sucumbirá a una profunda emoción al leer las limpias páginas del Evangelio. Y se puede comprobar con horror moral que cuando la noción del más allá se torna oscura, es también natural que los seres humanos, que no podemos prescindir de la ley moral, tratemos de encontrar una recompensa en esta vida y alumbramos entre todos esas teorías que bajo diferentes nombres pertenecen a la doctrina del interés. El cristianismo es, en fin, el gran caudal de la moral moderna; todo sistema moral, también desde luego el anticristiano de los que cubrían la testa con un budyonovka, deriva de él. Es así que nos encontramos en esta pequeña selección de cartas con un Tocqueville que ve irrebatible la idea de que el cristianismo fue fundamental en el progreso moral de la Humanidad.

Martín-Miguel Rubio Esteban

Doctor en Filología Clásica

MARTÍN-MIGUEL RUBIO es escritor y catedrático de Latín

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