Con ingenuidad y mucho cinismo, Pedro Sánchez celebraba, en medio de la euforia de la bancada socialista, la aprobación de la ley de amnistía. Debía creer que, así, blindaba la legislatura y volvía a acrecentar su dominio político. Pero poco le ha durado la fiesta. Porque el efecto ha sido el contrario. Los líderes separatistas Puigdemont y Junqueras se han reconciliado y ya negocian para volver a la carga: “la lucha continúa”, han dicho. Y la lucha no es otra que tomar el Gobierno de la Generalidad para alcanzar la independencia después de la celebración de un referéndum de autodeterminación.
Como vaticinó Aragonés, a Salvador Illa ya se le ha puesto cara de Núñez Feijóo. Pues, a veces, ganar las elecciones no es suficiente para gobernar. Y ése es el dilema de Pedro Sánchez. Ya sabe que si no permite que Puigdemont sea investido presidente, puede perder los 7 escaños de Junts y, quizás también, otros tantos de ERC en el Congreso de los Diputados. Está contra las cuerdas. Porque, para amarrar su poder, el PSC tendrá que facilitar un Gobierno secesionista. El líder del PSOE debe elegir entre seguir plácidamente en La Moncloa o enfrentarse a una legislatura imposible, sin presupuestos y sin poder legislar.
Tampoco ayuda la postura de los Comunes, partido controlado por Ada Colau, embelesada por el separatismo, donde Yolanda Díaz no tiene ni voz ni voto. Los populistas de extrema izquierda ya han confirmado que apoyan el derecho del pueblo catalán a la autodeterminación. Pero todavía se desconoce el sentido de su voto en la investidura.
Salvador Illa con sus 42 diputados se encuentra, ahora, mudo, solo, arrinconado y a la espera de las instrucciones de Sánchez. A la espera, de que pasen las elecciones europeas. El PSOE ya tiene bastantes lastres con la corrupción de las mascarillas, los chanchullos de Begoña Gómez y la maldita ley de amnistía. Y si Pedro Sánchez se estrella el 9-J y no es capaz de gobernar la Generalidad debería tomarse otros 5 días para reflexionar si “merece la pena seguir adelante”. Desde luego, a España no le merece la pena.