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ESCRITO AL RASO

El gran agotamiento: de ciudadanos quemados

David Felipe Arranz
lunes 03 de junio de 2024, 20:10h
Actualizado el: 06/03/2024 23:19h

El currito ya no puede más y ni siquiera en las vacaciones es capaz de disfrutar de la vida, ese bien milagroso, efímero y hasta escaso, si ustedes me lo permiten. Es el escapado de la covachuela del rascacielos, el que grita por la calle contra su jefe, al que le quieren imponer horarios imposibles y sobrecargas difíciles de llevar, al que ya le dan asco las cosas normales, como la hora del almuerzo, el ambientazo en la empresa, la estratificación social propia del Medievo o los insoportables relatos de las batallas domésticas de los compañeros que martillean sus sienes a diario. La empresa quiere ya operar sobre las cabezas y las almas de sus empleados: la IA, los dispositivos que marcan los horarios, las reuniones multipantalla, la imposibilidad de conciliar la vida laboral y la personal, está llevando al honrado ciudadano de cabeza al desquiciamiento.

El último informe de la consultora internacional Gallup sobre el empleo, publicado el año pasado, desveló un dato escalofriante: el 44% de los trabajadores a nivel mundial se sienten estresados. Porque el hombre de hoy se queda mirando, aturdido, una realidad laboral que amenaza con llevárselo por delante. Una de las conclusiones del dossier es que el estrés es mayor en los trabajadores más jóvenes y en los trabajadores exclusivamente remotos e híbridos, como si de humanoides se tratase. El ver concienzudamente y éticamente esta inmoral manera de organizar las cosas y los seres deviene en trance, en diván de psiquiatra y en una amplia gama de tranquilizantes, todo contra su bolsillo, claro está.

Entre otras conclusiones inquietantes, destaca el informe que el estrés se asocia con problemas de salud física y mental y una menor productividad. Es decir, que a la empresa, que precisamente no debería interesarle llevar al límite a sus trabajadores, le importa un rábano el bienestar del personal. Por eso el éxito de las aplicaciones evasivas, que atrapan la mente del hastiado, ya que quiere escapar de la realidad fehaciente y jodiente. Y cuando se encara seriamente con las cosas del trabajo, son las cosas las que le hacen burla, y esa burla trágica de lo laboral, ese descaro de los problemas con el trabajador, es lo que ha hecho del hombre de hoy un hombre de luto permanente, que no levanta cabeza y que va soportando esa especie de vituperio y lapidación que hay en esa ruda palabra que es la de “jefe” o “jefa”, casi siempre impuesta por nepotismo y no por meritocracia, por cómo el superior –fíjense en la palabreja– se agarra a las breñas del escalafón y trepa, trepa sin cesar, en un deseo de exaltación personal y monetaria sobre el resto del anonimaje, claro está muy inspiradora para otros medradores y comistrones de oficina, revelando lo injusto, lo fácil, lo arbitrario que resulta ascender al Everest de la empresa por medio de la contorsión reverencial, de la regular torcedura de cerviz, de la abracadabra permanente de lo que piensa…

Este aumento en el estrés de los empleados ha hecho que la Comisión Europea recapacite y enfatice la importancia de que las organizaciones aborden simultáneamente el compromiso y el bienestar de los empleados en la fuerza laboral actual y futura, asegura el nuevo texto. Lo cierto es que la fermentación del éxito en una estructura laboral excita y estimula el darwinismo; por eso, el gran agotamiento es esto, la expresión suprema de la realidad social que estamos viviendo. ¿Os conformáis con un puesto raso? ¿Con un salario mínimo interprofesional? Hay que conformarse, dicen los amos, porque, con todo –o con tan poco–, el hombre es ese superviviente universal, el que da a sus señores la respuesta adecuada a sus necesidades voraces, en el ámbito profesional del currante, sustancia pringosa para que no nos olvidemos de la maldición bíblica, para que no dudemos de ella, del pan, del sudor y de la frente cuando nos quememos con el relumbrón instantáneo para desaparecer, como una cerilla más, en la única y definitiva yerra ardiente que toma un día por sorpresa al hombre –al ciudadano, digo– y que, al fin, han descubierto los sociólogos.

Twitter: @dfarranz

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