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TRIBUNA

La voz de Jeremías

martes 04 de junio de 2024, 20:05h

Un hombre sabio me reprocha el tono jeremíaco de mis palabras. Acepto, naturalmente, la crítica, aunque me gustaría llevarla hasta el final. Este estilo doliente quisiera no ser simple afectación o accidente de un pesimismo insuperable, sino el modo proporcionado de describir un presente atroz.

Es posible que el juicio sobre la actualidad, encerrado en las páginas que he ido dejando en este medio, sea injusto y que el presente, ápice del progreso, envuelva momentos de gloria. Quisiera defender, sin embargo, la posibilidad de que el tenebrismo de mi juicio encierre verdades, aunque envueltas en mal humor. De otro modo habría incurrido en un pesimismo estúpido e irresponsable.

“Los juicios injustos del hombre inteligente – escribió Gómez Dávila – sueles ser verdades envueltas en mal humor”

Mis juicios injustos no dejarían de ser verdaderos a condición de no apreciarme del todo imbécil. Por motivos de estricta supervivencia, pero no exentos de duda, debo estimar en algo mi propia inteligencia y concluyo, por lo mismo, que mis juicios injustos no dejan de envolver verdades.

Si mis juicios son injustos, pero – en alguna medida – verdaderos, la posición antagónica, más propia del tonto de remate, supondría la existencia de juicios – en alguna medida – justos, pero absolutamente falaces.

¿Cómo es posible que se vinculen, en aparente contradicción, justicia y verdad? Esa contradicción sólo resulta inteligible aceptando que hablamos de justicia en un plano cuya convergencia con el plano de la verdad es – no diré imposible – históricamente improbable.

El presente histórico y político sólo admite el juicio más despectivo y, referidos a ese terreno, mis juicios son inquebrantablemente verdaderos. Pero serían injustos si se llevasen más allá del orden histórico y del presente político. Llevados al terreno de la vida personal o de la existencia comunitaria, al terreno de la contemplación del mundo que desborda las coordenadas del presente, llevados al orden de la verdad, mis juicios serían radicalmente injustos y su verdad forzada quedaría distorsionada y rota.

Recíprocamente, el bobo irredimible, acomodado en un presente que concibe vanguardia del progreso, extendiendo un relativizador manto de ceniza sobre todo pasado, es incapaz de contemplar el mundo más allá de las deslumbrantes coordenadas de su tiempo. Desprecia así lo que es incapaz de entender y su juicio, aunque justo en el estrecho marco de la actualidad, es radicalmente falso cuando se extiende al hombre y al mundo. Es, por lo demás, un juicio embelesado por un futuro soñado en el que su luminoso presente quedaría superado por una cota superior (posterior) del progreso actual. Pero el futuro, simplemente no-es y de ahí que ese tonto completo resulte ser, en su constitución elemental, un disfraz del nihilismo abstracto.

Mi error – que sería simétrico al de ese nihilista del progreso – consistiría en no ver ambos momentos profundamente entreverados. Es posible que haya incurrido en ese error. En mi defensa alegaré que no olvido que también en el presente que habito alienta el prójimo y sobreviven semillas de vida comunitaria, elemental, antropológica. A ellos me acojo para tratar de llevar adelante del mejor modo mi vida diaria y sobre ellos me afianzo para oponerme a las miasmas histórico-políticas que inundan el aire de nuestros días, infusorios de partido, ideólogos de la cosa nostra, académicos acreditados por el que manda, retóricos de voz engolada tomados por el odio.

Acepto la crítica de este hombre sabio y trataré de hacer más evidente mi convicción de que las puertas del infierno no prevalecerán porque es, en última instancia, inexpugnable el poder sin matices y la luz plena de la verdad. Pese a todo, en relación con la actualidad política y la estructura falsamente democrática de nuestro presente no dejaré de manifestar mi asco más profundo. Espero que el tono jeremíaco de mis palabras no oculte que también el asco es diferenciado, porque la luz de la verdad no deja de alcanzar con intensidad distinta y matizada el rostro, por lo general feo, de nuestro tiempo.

Fernando Muñoz

Doctor en Filosofía y Sociología

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