El término “traducir” tanto en latín como en alemán hace referencia a pasar algo a la otra orilla. Lo que significa que una buena traducción sería aquella que pasa algo a otra lengua entero, de manera completa y sin haberse visto dañado en ese paso. Una muy joven amiga, María del Carmen López Ruiz, ha recibido el Premio a la mejor tesis del trienio ( 2021-2023 ), que concede la Asociación Ibérica de Estudios de Traducción e Interpretación (AIETI). Su estudio trata de las distintas teorías que existen sobre la traducción de la oratoria deliberativa en los EEUU, y los principios de las mismas se ejemplifican en la “traducción canónica” de dos discursos de Barack Obama y otros dos de Donald Trump, en un perfecto paralelismo. Discursos programáticos de inicio de mandato, y discursos de asuntos concretos en la mitad de ambos mandatos. Dicho trabajo es una delicia para mí, porque me recuerdan mis propios trabajos sobre la oratoria clásica desde el punto de vista del manual de Marco Fabio Quintiliano, Institutio Oratoriae, y porque alienta dos de mis grandes pasiones, la confección del discurso político y el arte de la traducción, a la que he dedicado mi vida entera como profesor de lenguas clásicas. La traducción exige, además del obvio conocimiento de las reglas gramaticales y de la correspondencia semántica entre lenguas, tanto de la lengua a traducir como de la lengua a la que se vierte, otros muchos conocimientos, como son el contexto cultural en el que se escribió lo que se va a traducir, la historia del país del autor, su biografía, la sociedad en la que vive o vivió, la jerigonza contextual – política, religiosa, literaria, comercial, deportiva, taurina, etc. -, el género literario del que forma parte lo que se va a traducir, el “ideologema” del que hablaba Julia Kristeva, etc., etc. Gramática, Semántica, Literatura, Historia, Sociología, Religión, Política, Psicología son las ciencias mínimas que entran en juego cuando traducimos “científicamente” cualquier frase de cualquier lengua en una época determinada y fijada por escrito por una persona específica. Aunque se diga que la semántica de la palabra debe preceder a la semántica de la frase, la semántica de la palabra es la última matrioshka rusa que se encuentra encerrada en una multitud de matrioshkas que la contienen y determinan por encima. Por eso nunca podremos verter a otra lengua el 100% del texto a traducir; nos puede faltar la manera particular de escribir que tiene el autor, su estilo, o conocer los condicionantes culturales, o sus prejuicios y obsesiones, o los valores sociales, o las creencias y los miedos de época, o los acervos tradicionales impresos en la lengua como ideología. Por eso un mismo texto clásico se puede traducir miles de veces en una continua mejora sin fin de interpretación, de desvelamiento, de desciframiento. Otras veces las traducciones se especializan, fijándose unas más en el qué, y otras más en el cómo, y otras más en la cadencia rítmica, etc. Porque jamás una sola versión puede tener una interpretación holística o sinquítica. Cuando leemos las fastuosas traducciones que, por ejemplo, Agustín García Calvo, hizo de Homero, Lucrecio, Virgilio, Horacio, o Plauto, vemos que el alma de poeta del traductor imita los ritmos, reinterpreta las figuras literarias etimológicamente y subraya los índices de género; esto es, traduce como un poeta y un profundo conocedor de las lenguas clásicas y su mundo. Si un personaje de los bajos fondos londinenses está hablando con prosodia cockney en una novela de Edgar Wallace, habrá que encontrar alguna jerigonza rítmica del español que equivalga a algo parecido, y con la cual traducir. Si no lo hacemos así, nuestra versión saldrá procustamente mutilada. Del mismo modo que uno escribe como uno es, como le dicta su alma, de la misma manera se traduce, por eso el texto a cada traductor le toca de modo diferente. Yo diría que lo mínimo que se debe pedir a un traductor es que conozca muy bien las dos lenguas comprometidas en una traducción y el tema del que se está hablando. Por ejemplo, en el caso de los textos de los que nos habla María del Carmen López Ruiz es imposible traducirlos si no se conoce el sistema político americano, los rasgos particulares de la oratoria deliberativa de los EEUU, de los que ya hablaba el propio Disraeli – la oratoria inglesa es distinta -, la Historia de los EEUU y la sociedad americana. Sin eso nos quedamos sin los significados reflejos y connotativos del discurso político, que tienen más valor que los denotativos. El significado léxico de los términos políticos procede de su uso repetido, durante un tiempo más o menos largo, en los actos de habla de una comunidad política. Cada pueblo tiene una geología psíquica que debe conocer el buen traductor. Ello puede parecer una perogrullada, pero hay traducciones muy malas por no tomar esta perogrullada en consideración. Hay una total heteroglosia en lo deliberativo en las distintas culturas, aunque todas se llamen democracias. También hay que decir que las teorías sobre la traducción no han mejorado mucho las traducciones, sin duda porque el automatismo de la propia lengua, que fluye por debajo de la conciencia, hace que el traductor despierto encuentre siempre la expresión feliz. Así, aunque Georg Curtius introdujese la noción de aspecto en el estudio del verbo griego, que él llamó primero “Zeitart” ( clase de tiempo ), y luego acabó llamándose “Aktionsart” (clase de acción), con Brugmann y Wakkernagel, todos los grandes traductores del Renacimiento habían traducido a la perfección a los griegos sin conocer el intríngulis de la expresión verbal que acababan utilizando. No sabrían lo que es un aspecto continuativo, semelfactivo o secante, pero sabían traducir a la perfección esa idea verbal. Desde Saussure, la “arbitrariedad” del signo lingüístico se ha convertido en una especie de dogma para la gran mayoría de los lingüistas. No ha faltado, sin embargo, quienes han mantenido frente a esta postura graves reservas. En primer lugar, son poco afortunados los términos “arbitrario” y “arbitrariedad”, que suscita asociaciones mentales con “caprichoso” y “capricho”. Si el dogma saussuriano fuera verdad, las traducciones de textos literarios o de discursos políticos concretizados en una nación, comarca o pueblo los podría hacer a la perfección una máquina. Y es que la cosa es más compleja cuando queremos traducirlo “todo”. Hay quienes consideran traducciones de Esopo algunas fábulas de Fedro, Babrio, La Fontaine y Krylov. No es verdad. El tema puede ser esópico, pero el sentido es romano, francés y ruso. La traducción de las máquinas es un amago incompleto. Nunc gustulum sumamus.