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TRIBUNA

8 poetas raros, treinta años después

Javier Mateo Hidalgo
domingo 09 de junio de 2024, 20:21h

El 28 de septiembre de 2020, el Ministerio de Cultura y Deporte entregaba el Premio Nacional a la Mejor Labor Editorial Cultural a Árdora Ediciones. No erraba así en su “fallo”, sino al contrario: hacía justicia sin “ajusticiar”, que ya es mucho pedir para un Departamento del Gobierno de un Estado, siendo los tiempos como son y corriendo como corren. Árdora Ediciones se ha ganado su prestigio desde hace más de treinta años; en concreto, desde que en 1991 un grupo de poetas y —sobre todo— entusiastas decidieron unir su ilusión en un proyecto que sacara a la luz una serie de libros de autores únicos por su modernidad bajo un diseño cuidado e inconfundible. Entre sus publicaciones sobresalen nombres tan variados como fundamentales y representativos de las letras, el pensamiento o las artes, como Heráclito, Louis Aragon, Eva Lootz, Javier Arnaldo, Julia Castillo, Samuel Beckett, Mireia Sentís, John Berger, Jeanne Benameur, Robert Bresson, Laura Huxley, David Thoreau, Antonia Castaño, Erik Satie, Marina Oroza o John Cage. Con el citado reconocimiento se destacaba así el reconocimiento al trabajo de una editorial “pequeña e independiente en la que prima el trabajo cooperativo, el fervor de las vanguardias en su más amplio sentido, el rigor y la humildad, así como su trabajo comprometido en las librerías”. En este último aspecto, cabe referir la presencia constante de la editorial —y sus editores, claro está— en múltiples espacios de venta, consumo y debate librescos.

Uno de estos focos literarios, la Librería Lé —con su sede actual en la madrileña calle de Alberto Alcocer— elegía el pasado abril a Árdora como editorial del mes. El día 10 de ese mes, ofrecía un encuentro con algunos de los responsables clave de la editorial. En el centro de la mesa —nunca mejor dicho— se ponía el mítico libro de su catálogo 8 poetas raros, una obra que a pesar de ser “treintañera”, parece haber hecho un pacto fáustico con el tiempo, deteniendo su paso. La frescura de la que hace gala ha permanecido intacta las tres décadas, continuando sorprendiendo a los lectores. Aquellos ocho poetas raros lo siguen siendo y, a pesar de que buena parte de ellos ya no están entre nosotros, continúan resultando extraños e inclasificables. Ni ellos se prodigaron a la hora de darse a conocer ni quienes podían haberles aupado más allá de su esfera prudente lo hicieron. Hoy en día, como decimos, siguen resultando rompedores y coherentes, uniendo su arte con la propia vida en la que se desenvolvieron. Por esta cápsula del tiempo que son sus páginas desfilan Miguel Ángel Bernat, Blai Bonet, Pedro Casariego Córdoba, Teresa Gracia, Juan Hidalgo, Carlos Oroza, Joseba Sarrionandia y Eduardo Scala. Todos ellos exhiben su poesía y nos hablan de ella, en esta interesante dualidad.

A las 19:00 horas de aquel día en que tuvo lugar la “re-presentación” de esta obra, teníamos ante la mesa al editor Tono Areán y a los antólogos del libro, José María Parreño y José Luis Gallero. Éste tuvo a bien decorar el humilde “altar” de los homenajeados con una maceta con azaleas, las flores preferidas del citado Pedro Casariego Córdoba (Pe Cas Cor). En uno de los poemas escogidos en el libro, Biografía, se advierte: “si / alguna / vez / muero / quiero azaleas encima de mí”. Poeta aunador de ternura, humor y existencialismo, fue además un artista único —lo demuestra no sólo la imagen de la portada de este libro, sino también las ilustraciones para obras como Cuadernos amarillo, rojo, verde y azul y, sobre todo, Pernambuco, el elefante blanco, cuento que dedicó a su hija Julieta antes de arrojarse a las vías del tren en la estación de Aravaca—. Un gesto, el de Gallero, tan emocionante por hermoso como poético.

A los presentadores y público presentes en el acto se sumó inesperadamente otro de los poetas protagonistas del libro: Miguel Ángel Bernat. Para quien le desconocía, la errónea percepción de una apariencia frágil y tímida quedaba atrás tras ponerse a recitar un largo poema de memoria, con su voz firme aunque delicada, lenta y lírica. Un escalofrío de emoción recorrió a los asistentes, permaneciendo en un silencio casi mistérico mientras el poeta “decía” —que no “leía”— su poema. Aunque sus compañeros leerían otros textos de él publicados en el libro, el momento al que nos referimos resultó sin duda el más impactante.

Los “poetas raros” lo son, además de por todas estas cosas, porque permiten que el impulso creativo surja de lo más profundo de sí mismos, abandonando todo convencionalismo o racionalidad aceptada. Dejan fluir ese inabarcable marasmo interior que los empuja a escribir. Aquello que no se puede explicar o alumbrar bajo ningún juicio. Quienes escribimos poesía y sobre poesía somos conscientes de la dificultad de convivir en esta dualidad. Parece que lo segundo traiciona a lo primero, cuando en realidad trabaja en favor de ello. Ejercer la “crítica” —palabra que me horroriza, mejor sería decir “análisis” o “estudio”— poética supone asumir la imposibilidad que representa acometer dicha labor traductora. Porque la traducción es traición, y más si se encarga de lo poético. Se debería dejar expuesta la poesía sin tratar de iluminarla, pues sus sombras de misterio son las que en sí producen su luz.

Son Parreño y Gallero dos personas muy queridas por quien esto escribe: el primero fue, con su maestría, el inoculador de este veneno poético que me lleva curando desde hace más de una década; al igual que de él, valoro del segundo su calidad humana, el cariño con que me acogió desde el primer momento —también gracias al encuentro azaroso tan del gusto de los surrealistas—, así como siento igualmente un profundo respeto y admiración por su trabajo como poeta, editor y crítico. Solo ellos podían apadrinar esta libro y a sus integrantes, sentir tantas afinidades o vasos comunicantes. Así lo confiesan en el texto inicial del libro titulado Al lector: “esta antología no está hecha por críticos literarios, sino por lectores de poesía, por poetas que se han acercado a mirar a otros poetas”. Y, más adelante: “no creo que logremos justificar nuestra arbitrariedad. Nos hemos dejado guiar, fundamentalmente, por devociones personales”. Será precisamente la libertad que les otorgue su condición de poetas lo que les permita llevar a cabo esta selección de poetas y poemas.

Pero, ¿por qué la “rareza” de esta antología? Gallero y Parreño lo explican en distintos momentos de ese texto preliminar o introductorio: “hemos evitado el peligro de confeccionar una galería de personajes. No se trata de una colección de tipos raros metidos a poetas. Sus versos se definen por sí mismos, y hay tras ellos una rigurosa trayectoria”. También: “Puede considerárseles raros por la singularidad de su obra, y también por la dificultad misma de llegar a conocerla”. Ello lleva a hacerles poetas “doblemente raros: por únicos y por desconocidos. De hecho, ni siquiera se conocen entre sí. Los ocho han seguido su camino en solitario. Ninguno ha creado escuela”. Hay en la soledad de éstos incluso un cierto interés por la “mística” o lo “sagrado”, pues “conciben la poesía como un trabajo espiritual”, como una “manifestación del ser”. Necesitan esa soledad para lograr ser “intermediarios entre el poema y el papel”, como si lo escrito ya existiese previamente. Son por ello “austeros” pero también “sonrientes”, orgullosos de su trabajo, puros (“cometen auténticas barbaridades, pero su inocencia permanece intacta”), “adolescentes” por la frescura de su obra —siempre “orgánica”— e interdisciplinares —muestran interés por otras disciplinas como la pintura o la música—. Pero, sobre todo, son coherentes consigo mismos y con la vida. Su escritura refleja “una manera de afrontar el destino […] particularmente aleccionadora”.

Así, Pedro Casariego (1955-1993) afirma: “Cuando las cosas marchan bien dentro de ti, el mundo es maravilloso. Si las cosas se tuercen en tu corazón, todo el mundo, todo tu mundo, se avería. El mundo me parece algo espléndido y algo repugnante. Hay mucha basura y pocos basureros. Pero yo tampoco soy un misionero, no hago nada para cambiar las cosas; soy débil, y la azada pesa demasiado. No me atrevo a escupir, porque sé que también merezco que me escupan. Me alimentan bondadosamente. La cigarra tiene el pesebre repleto”.

Si Casariego pinta imágenes a través de la propia escritura, Carlos Oroza (1923-2015) hace de sus versos música (“no concibo la poesía como un hecho literario, sino como un prendimiento del canto”). Afirma hablar “a solas” consigo mismo, escribir “la poesía mentalmente, a veces caminando”, recibiéndola “desde el oído”. Insiste en esa soledad: “Vivo con la gente marginada, con la que no ha triunfado. No me gustan los triunfadores, porque casi todos son unos impostores. Me gusta la gente que no ha perdido el contacto con la vida”. También: “Veo que hay mucho miedo a la vida, un miedo terrible a la vida, cuando la vida es algo que hay que tomar o dejar cuando te dé la gana. La vida es una aventura, un lujo. […] Bien, yo no me quejo de mis penurias, y no voy a pedir nada al Estado. Si mi poesía se convierte en una pesadilla, no voy a pedir a un médico que me cure. Lo que no puede hacerse es subvencionar poemas. El poeta no debe recibir nada; que se joda, que sea poeta”. A Oroza le consideran “el único poeta beat español”, pero él lo asume como “sambenitos que le cuelgan a uno” porque, “como aquí nunca ocurrió nada, siempre buscaron aproximaciones al exterior”. En su huida de encasillamientos, inventa palabras en sus poemas (“malú”, “onilios”, “luctus”, “Marlaria”, “misyomas”) porque “lo lejano” es para él “una proximidad, una posibilidad”. De hecho, su poesía puede parecer —como sus neologismos— algo extraño que encierra, en su fondo, un sentido que comprendemos. En Cabalum (1984): “Es de risa. // Me da risa y te aseguro que parece una broma tanta muerte por las / calles de abajo. // Tanto pensamiento mirando por detrás de los cristales / Tanto amor frunciéndose ácido en las frentes / Tanta escalera inútil a los cuartos profundos y oscuros / Tanto musgo amor frustrado en las puertas / Tanta insolente seriedad gritando en los papeles. // Me da pena. / Pero tú y yo y nosotros sonreímos en la calle más alta / Y nos caemos de cansancio de reír partiéndonos en pedazos por la broma”.

Igual que Oroza, Teresa Gracia (1932-2001), entiende que en lo extraño o paradójico puede encontrarse el camino de lo que buscamos. En su caso, la forma de hacer poesía. Así lo confiesa en su autorretrato previo, donde se prescinde del formato de entrevista presente en los poetas anteriores: “Me parece que Calderón decía que la poesía era una matemática sutil. Yo tuve un tiempo la pasión por las matemáticas, pretendiendo quizás encontrar la poesía que podían llevar encerradas. Y no la encontré. Pero ahora, que intento aprender a escribir poesía —poesía rimada y medida, nada menos—, me doy cuenta de que estoy entrando de nuevo en el terreno de la matemática, en una especie de matemática sagrada. […] Y esta especie de prisión, curiosamente, hace que unas libertades y unas fuentes de inspiración totalmente se destapen.” Su poética numérica es, como la creación, un “dolor extraño”. […] “Se exige del poeta una gran capacidad de atención. Se exige, casi, que todo en él calle para que pueda oír ese verso que está intentando abrirse camino como si ya tuviera una existencia previa”. Para Gracia, el poema surge del silencio —pero no es silencio, “porque en este caso hay silencios infinitamente más nobles que la poesía”—, extrayendo el poeta de la ausencia de sonido “esas cosas no dichas, calladas, no existentes todavía, a las que va quitando, precisamente, jirones de silencio, para que se conviertan en palabras, en sonido. El poeta es el partero del silencio”. Ese “viaje fantástico” y misterioso por la creación poética, donde la poeta parece médium, queda patente en obras como Destierro: “¿Quién sabe, / como Dios nos ha puesto en la boca / gotas de su silencio, / las que resbalan del bautismo / que se nos hizo en la frente, / si no habrá salido ya la palabra aquella / de nuestro callar?”

Eduardo Scala (1945) ha dedicado buena parte de su vida al estudio y al conocimiento. Un aprendizaje de las cosas a través del aprendizaje de sí mismo: “Yo creo que el lugar es siempre interior. […] El espacio exterior casi no existe. […] Cada uno de nosotros somos una multitud”. […] En el fondo, lo que encuentro no son claves mías, sino de todos. […] Conectar con el espíritu, sea a través del color o del sonido, exige la experiencia interior. Si no estás conectado con La Fuente, no tienes agua que dar. La primera tarea es la de ser no tú, es decir, iluminarte a través del vacío”. Scala asegura que “la evolución, en el espíritu, no existe”; “el discurso sigue siendo el mismo” y “la verdad es sólo una”, llegándose a ella por herramientas que han ido cambiando con las personas y los tiempos. A diferencia de la obra de los otros autores aquí convocados, la de Scala resulta prácticamente imposible de ser recitada, pues supone un tipo de poesía visual a caballo entre los caligramas y los palíndromos. De hecho, el propio apellido “Scala”, más allá de sus orígenes italianos, puede asociarse fácilmente al espíritu tan gráfico del estilo del autor. Algunos ejemplos: las parejas de términos “RAZA RARA”, “AREPO ARAD” y “RODARÁ LA RAMA” que reflejan boca abajo “ARAR AZAR”, “DARÁ ÓPERA” y “AMAR AL ARADOR”; una hilera de letras que conforman la cadena de ADN o el ocho infinito y que, si se leen, repiten todo el tiempo los términos “HOMBRE HEMBRA”. Un juego del intelecto que ha desarrollado también como ajedrecista.

La poética de Miguel Ángel Bernat (1954) está conformada de microcosmos mistéricos, narraciones plenas de secretos que confluyen en un hondo sentido espiritual. Bernat concibe la religión como lo hace Robert Graves: “reunir cosas, religar”, en “el sentido de saber qué es lo que verdaderamente importa”. Por ello, habla de “extender el Yo lo máximo posible” hasta que “todo quepa dentro”. Ello le lleva, paradójicamente, a la “sensación doble” de “estar completamente solo, pero relacionado con cosas”. La condición poética será reflejo de la humana en ese “poder reunir cosas”. La introspección de Bernat le llevará a “hacer más amigos entre las cosas”: “De las ramas espero menos daño que de las personas”, afirma. Uno de sus poemas, perteneciente a Informe de la carretera abandonada, será muy representativo de su espíritu humano y poético: “Colina, hierba, piedras, agua, camino, cielo, lo aplasto con mi mano y hago una masa con todo ello. Abro una puerta en ella y me hago un hueco dentro. Me meto allí para vivir”.

Juan Hidalgo (1927-2018) comenzó su andadura como compositor y acabó derivando sus intereses hacia la poética y performática de John Cage —de quien se consideraba su hijo, así como nieto de Duchamp—. Miembro del grupo Zaj, su interés por el Zen le lleva a afirmar: “Una de las primeras cosas que uno tiene que aprender en la vida es a estar solo. Si no tienes conciencia de estar contigo mismo, ¿cómo vas a poder estar con alguien?” Así, no se consideraba ni monje ni mundano, sino “un hombre de ciencia ficción”. Hidalgo apuesta por el lenguaje del silencio (“incluso con los ojos cerrados, podemos tener un lenguaje”), así como observa que “todo el mundo tiene una capacidad creativa de base”. Mediante la escritura, trabaja “con la palabra como si fuese sonido”, apostando por el arte efímero (“ya quedan demasiadas cosas”). De esos algo poéticos que nos brinda —dando ese “algo” como el tendero daba “el algo” que pedía su madre de niña en forma de “unas pastillas de limón, unas habas secas, algo”— destacan historias sorprendentes como Yoear: “La fundación 28-6-15 encomendó a varios sabios y artistas la tarea de individuar el sonido más característico emitido por el hombre. […] finalizado el plazo y congregada de nuevo una sesión extraordinaria, el presidente dijo: escuchamos. // y el sabio más anciano respondió: estadísticamente el sonido más característico emitido por el hombre es YO. // Y el más anciano de los artistas continuó: el león ruge, el gato maúlla, el perro ladra, el asno rebuzna y el hombre YOEA. […] a la fundación 28-6-15 deberemos siempre este gran descubrimiento”.

Blai Bonet (1926-1997) complementa lo ya expuesto por Hidalgo respecto a la soledad, añadiendo que solo teniendo un gran amor por uno mismo se puede tener un gran amor por los otros. En su caso, las palabras suenan más bíblicas, ya que fue seminarista. No obstante, prefiere referirse a las “relaciones con el Universo” (“la palabra Dios engaña mucho”). También comparte con Hidalgo y Oroza la musicalidad de la poesía: “La poesía no se debe definir nunca. Pero, de alguna manera, es saber expresar la música del pensamiento; hacer que las ideas sean una música, no sólo pensamiento”. A su juicio, “de la poesía se nutren otros poemas actuales: la publicidad, el cine, la moda, la ropa, el urbanismo… el cargo más grande es el de artista. Pero es un cargo que se lo tiene que conceder uno mismo”. Declara que “a través de la historia, el arte siempre ha ido por delante, abriendo espacios nuevos. Luego, bastante más atrás, vienen los científicos, que consolidan lo que los artistas han hecho; luego, los sociólogos, los políticos…” Por último, separa al escritor del literato, al que considera “un turista de la palabra”. La importancia dada precisamente a la palabra en sus poemas será, como diría Scala, “sagrada” (“se nos ha dado para nombrar las cosas y para crear el mundo, nada menos”) en poemas como GASPAR HAUSER Núm. 2: “Que cada uno, a partir de los dieciocho años, / se deje crecer los cabellos durante dos años, / se deje crecer la barba durante cinco años, / se deje crecer las uñas durante siete años, / antes de llamar salvaje a un hombre / y antes de llamar salvaje a un salvaje.”

Joseba Sarrionandía (1958) contempla la poesía como “una pasión creadora, que participa de artesanía del lenguaje, de conocimiento de la realidad, de comunicación, de descubrimientos, de momentos de intensidad vital, de protesta contra un medio hostil”. Tiene “tantas funciones como se le atribuyan, desde la función primera de la poesía, que es hacerse, ser poesía, hasta las funciones últimas, que consisten en profundizar en la vida y demorar la muerte”. Esa mirada filosófica queda esbozada en poemas como Una pila de zapatos rotos, donde propone diferentes imágenes como símbolo de la existencia: “Una metáfora de la vida podría ser el viaje. / La muerte es una pila de zapatos rotos, bajo / Una luna que se alumbra a sí misma únicamente. / Las suelas de los zapatos apenas recuerdan / Qué pisaron en sus pasos incontables. / Una pila de zapatos rotos, sin cordones, / Pues se los llevaron los viajeros / Para ahorcarse por ahí”.

Han pasado poco más de treinta años desde que Ocho poetas raros salió a la luz después de tres de gestación —las fechas de las entrevistas van de 1988 a 1991–. De sus protagonistas sólo tres viven y apenas dan muestras públicas de su talento. Ello nos da una idea de lo coherente de su “rareza” natural, tan genuina. Leyéndolos a día de hoy, continúan siendo inusuales y sorprendentes.

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