Un año más, alcanzamos el ecuador de junio con el desmontaje de casetas en el Paseo de Coches del madrileño Parque del Retiro. Originalmente conocido como Paseo de Carruajes, fue inaugurado en 1874 gracias al duque de Fernán Núñez, que impulsó su proyecto. El fin de dicho paseo era exhibir los carruajes de una burguesía en alza. Después llegarían los automóviles y finalmente los peatones. La Feria del Libro arribó antes que éstos, allá por 1967, tras más de treinta años celebrándose en otro célebre Paseo de la capital, en este caso el de Recoletos. El incremento de visitantes forzaría la elección del nuevo emplazamiento cuyo aforo ahora, en estos tiempos, parece incluso insuficiente. Las mareas de lectores y curiosos en general parecen dejar pequeña la generosa zona. Parece mentira que solo hace cuatro años su 79 edición se celebrase digitalmente o de forma online, debido al coronavirus. En su historia ha habido otros luctuosos sucesos, como el de nuestra trágica Guerra Civil y su larga posguerra, que clausuró de forma indefinida dicha celebración hasta 1944, momento en que se celebró su quinta edición.
Por éstas y otras cuestiones, la Feria del Libro ha venido sufriendo diversas transformaciones, espejo de las metamorfosis experimentadas por la propia sociedad española en particular y mundial en general. En un mundo cada vez más globalizado, las tendencias se han ido exportando cada vez con mayor facilidad, incluyendo aquellas que podrían perjudicar a determinados trabajos creativos como la escritura y a hábitos dentro del ocio como la lectura. Una de las más invasivas es convertir a personajes públicos en escritores por arte de birlibirloque y siempre bajo intereses comerciales. Presentadores, políticos, deportistas, intérpretes… Si bien en algunos casos dicha decisión ha traído gratas sorpresas, en otras se ha demostrado que lo escrito carece de interés o de calidad para un lector crítico y exigente, debiéndose lo publicado a una maniobra de marketing —y, en algún caso, planeando sobre ella la mano anónima de un plumífero no acreditado que usurpa la identidad del supuesto autor o autora—. La moda de los influencers escritores es uno de los casos más fehacientes de esa usurpación de funciones del “literato”. Con ello se trastoca la imagen que se tenía del oficio. Otro ejemplo en detrimento muchas veces de lo literario son las editoriales que ofrecen la autopublicación. Cualquier ciudadano o ciudadana con ilusión y dinero puede ver cumplido su sueño de publicar sus manuscritos sin importar muchas veces la calidad tanto en concepto como en apariencia —véanse las erratas permitidas por los autores y responsables de las editoriales e impresas por carecer de revisiones oportunas de especialistas—.
Pero no hagamos más leña del árbol caído —sobre todo si ese tronco está ya podrido— y quedémonos con lo que sigue sumando. Resulta alentador que, a pesar de encontrarnos en tiempos inciertos para la cultura, continúe existiendo una necesidad de leer, de consumir todo tipo de libros y, con ello, de géneros. A esta 83 edición de la Feria he tenido el placer de acudir, más que como público, como autor, invitado por la emblemática editorial Huerga y Fierro, donde he publicado mi cuarto libro de poemas: Arquitectura del sueño. Apostar por la poesía es, hoy en día, un acto revolucionario. No lo digo por los autores, sino por las editoriales que, como la fundada por Charo Fierro y Antonio Huerga, dedican una gran parte de su trabajo a promocionar a su abultada nómina de poetas. Llama la atención que haya tantas editoriales a día de hoy dedicadas a publicar libros de poesía, pues estoy seguro de que hay más autores de este género que potenciales lectores. Si bien en tiempos pretéritos se trataba de una disciplina con prestigio —la poética llevada a la cumbre del Olimpo, favorita de las musas—, actualmente supone una elección minoritaria entre el público. Del mismo modo sucede con los actos poéticos y las tertulias, otrora respetados por la sociedad y ahora condenados a catacumbas donde solo las “sectas de iniciados” —entiéndase lo irónico en la denominación— acuden a disfrutar de la palabra lírica de sus iguales. No obstante, continuar apostando por ella supone, como decimos, un romántico y valiente acto subversivo de resistencia. En estas trincheras simbólicas nos movemos quienes no hemos dejado de creer en la belleza de las cosas expresada a través de la palabra.
Más allá del día de la firma —donde el calor del rubricador era sofocado generosamente por el agua que portaba el mítico botijo de Charo—, el trasiego de gente se hacía inenarrable. Sin duda se celebra la afluencia, pero también tanta acumulación provocaba una sensación de desasosiego o agobio —lo dice, claro, quien pese a todo tiende a la timidez y al enclaustramiento—. Queramos o no, ésta es la era de las acumulaciones populares —me río yo de las “masas” de Ortega en el s. XX—. Si uno pudiese, elegiría las mañanas de entre semana, otorgadas a personas jubiladas, desempleadas o doctorandas —solo me ha faltado pertenecer al primer gremio y espero llegar—. Tanta gente junta tentaba —valga la aliteración— a abandonar el circuito. No obstante, a pesar de la excesiva saturación visual, se echaba de menos el barroquismo sonoro que anteriormente representaba uno de los distintivos de esta celebración: el aviso por megafonía de los nombres de quienes firmaban durante el día. A uno, que también es despistado y perezoso, le servía de gran ayuda. Se entiende su eliminación dada la contaminación acústica, pero también su silencio hace más sonora su ausencia.
Para el próximo año me he hecho la siguiente promesa: intentar ser todavía más fiel a la Feria. Con tantas cosas que me ha brindado la lectura, solo cabe corresponder a quienes nos la hacen posible disfrutando de las hojas impresas. Siempre tan blancas, contrastando tanto con las otras verdes, rojas y naranjas que penden de las ramas en sus afueras.