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TRIBUNA

¿Y el pueblo, qué?

miércoles 26 de junio de 2024, 20:02h

Tiene escrito Octavio Paz que, trabajando en su estudio, oyó un ruido y preguntó: ¿quién es? La criada (nombre prohibido en muchos países) respondió: no es nadie, señor, soy yo. Ni los individuos ni los pueblos pueden tener aprecio por sí mismos cuando se saben nadie y menos que nadie. Ser un Don Nadie o una Doña Nadie facilita cualquier tropelía. La corrupción tiene que ver con la drástica debilitación de la autoestima, acaso sea su expresión más sutil. Supone la conciencia de ser gente vulgar, incumplida y delincuente al mismo tiempo que la convicción de ser incapaz de ganarse la vida y resolver los problemas con las armas limpias de las capacidades profesionales y de las habilidades negociadoras.

En estas condiciones el caldo de cultivo de la inseguridad es el malinchismo (todo lo extranjero parece mejor por el mero hecho de serlo), el colonialismo cultural, el refugio en formas convencionales sin atreverse a innovar, el no involucrarse a fondo por miedo a ser castigado, la carencia de ideas propias, las rutinas ciegas que casi nadie cuestiona, las quejas interminables contra el gobierno, mientras no se acude a votar para echarle, ni siquiera a participar en la junta de vecinos, y eso por no hablar de la sumisa manipulación de los trabajadores por los cabecillas sindicales, y un larguísimo creciente.

El abuso de diminutivos es además un claro signo de baja autoestima, por lo que llegan a forman parte importante del lenguaje de los pueblos sin redaños, que para compensar su minusvalía se apoyan sobre las culatas de las pistolas. Los diminutivos suelen ser disminuidores y diminutivadores. Eso sin perjuicio de que a los adin/erados no sólo se les planfitique un Don: ni don sin din, ni din sin don. El veinte por ciento de los títulos universitarios latinoamericanos procede del din/don de la cueva de Ali Babá.

Se nace con el título de Lisensiado y se muere con el de Doctor. De todos modos, hay posiciones intermedias que, como diría Borges, “no me desatisfacen”, por ejemplo cuando los alumnos me llaman Doctor Carlitos, a la vez distancia respetuosa y cercanía cariñosa. Hay, pues, en la viña del Señor, diminutivos enaltecedores de gola y puñetas, y mayusculadores humillantes, todo un género.

¿Qué es peor, hacerse el pobre o el serlo? Un amigo ya fallecido, a quien no le faltaban ni títulos ni dineros, y hasta sabía latín, vestía de mendigo para que no le robasen, así que murió mendigo pese a su buena posición, menos mal que no le robaron la caja de pino. Otros son mendigos empeñados en lucirse como los petimetres renacentistas, más pobres cuanto más presumen, “mucho vestido blanco y mucha parola, y el puchero a la lumbre con agua sola”, que cantaba Joaquín Díaz. Pero pasear a su lado era y sigue siendo un auténtico sufrimiento, tanto que a veces hubiera gritado: “parece doctor, pero no tiene calzoncillos de repuesto”, como los primeros franciscanos.

Están también los pobres mentirosos que se rebajan aunque juren juros de verdad (“estoy juntando unos centavitos”), no faltando los despectivos (“tengo un changarrito de refacciones”, “voy a recoger mi carcacha en el estacionamiento”, “me conseguí una chamba”). De todo esto surgen actitudes fatalistas, que se traducen en refranes tan pesimistas como: -Al que nace para tamal del cielo le caen las hojas. -Cuando el pobre tiene medio para carne, es vigilia. -Quien ha de morir a oscuras, aunque muera en velería. -Unos nacen con estrella y otros nacen estrellados. -Quien nace para maceta no pasa del corredor. -Que te mantenga el gobierno... Todo un diccionario senequista de las frustraciones, las leyes de Murphy.

Cada vez son más las sociedades jánicas, con sus dos caras: en la retórica oficial la democracia y la república; en la realidad la dedocracia, así llamada aludiendo al dedazo en la designación de los puestos. En los emblemas de gobierno la Revolución, se escribe con mayúsculas; pero en la vida de todos los días ni siquiera se la ve el pelo. En el discurso político, interés prioritario por el campo y por los campesinos; en la vida real son ellos los más olvidados parias.

Prensa, radio y televisión inundan de la mañana a la noche al país con miles de millones de palabras sucias de cuidadosa desinformación. Y, si pasamos al ámbito individual, allí también campea el doblez, por eso oímos a cada paso: “me hice el disimulado”, “me hice la desentendida”. La mayoría de los ciudadanos y ciudadanas muestran más preocupación por tener un buen coche que una humilde casa. Otro síntoma del disimulo, en fin: el camaleonismo político. La mayoría, no sólo de funcionarios y burócratas, sino también de empresarios, van tomando el color del grupo que manda en el poder, quizá por ello André Bretón definiera a México como país surrealista.

¿Son malos los gobiernos porque han sido elegidos por malos electores, o son malos los electores porque han elegido malos gobiernos? Sería imposible lo uno sin lo otro. Un gobierno perverso produce hábitos de dependencia: presidencialismo; paternalismo; mesianismo cuatrienal o sexenal; centralismo exagerado; servilismo ante los poderosos; resignación y conformismo; ritualismo en los aniversarios oficiales y en los informes de gobernadores y presidentes; pactos entreguistas de alto nivel con poderes trasnacionales a espaldas del pueblo; conductas complacientes y alcahuetas de los sindicatos que protegen tanto al obrero que fomentan su indisciplina e irresponsabilidad; influyentismo, demasiadas credenciales, demasiadas placas especiales y recomendaciones; antesalas a que los funcionarios someten a los demás para darse importancia; trasgresiones de los reglamentos (más vale pedir perdón que pedir permiso); continuas violaciones a la Constitución (la gran prostituta de la República); el fenómeno del tapado, nuevo gobernante que sale de un cónclave de amigos sacralizados; la extorsión del juez que vende la justicia; la prepotencia policíaca y su exigencia de propinas; las comisiones de los contratistas a los funcionarios; los embustes a los medios de comunicación; el peculado o sustracción ilícita de fondos públicos por parte de una burocracia que se come el presupuesto, y un largo etcétera. La corrupción somos todos, se lee en las bardas de las casas, ahí están las mordidas, los fraudes fiscales, los aviadores que cobran sueldo sin trabajar, el soborno, el nepotismo, la extorsión, la grilla sucia, es decir, las patadas debajo de la mesa, la colusión del funcionario con el patrón en agravio de los obreros, el coyotaje, la explotación del trabajador de niveles inferiores, la demagogia, los líderes charros, la fayuca o contrabando, los fraudes al fisco, la infidelidad conyugal, la fanfarronería, la impuntualidad, el miedo a decir no, la envidia de quien busca todos los recursos para atacar a quien sobresale de la común mediocridad, el despilfarro (yo pago la cena a todos), el chambismo o búsqueda de un puestito sin pena ni gloria, el incumplimiento laboral de todos los días, por hacer el cuento corto. Resultado: la corrupción generalizada acaba siendo un terrible problema cultural tan profundo, tan habitual, que para muchos ni siquiera llega a ser problema moral; más aún, en demasiados países del mundo muchos sobornados, al pagar sobornos, se sienten víctimas de la corrupción en lugar de contribuyentes a ella, y ni les pasa por la cabeza que obran mal y que son corruptos, echando la culpa al sistema. Y eso sin considerar los asaltos, los secuestros, los asesinatos políticos, el narcotráfico, el mesianismo sexenal -o cuatrienal- para que el pueblo diga: ‘eso ya se acabó; la corrupción es cosa del pasado’.

Menos mal que nada eso ocurre en España, qué alivio. De momento vamos bien en la Eurocopa.

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