Emprendo estas líneas con una sola ambición: conseguir explicar por qué me ha fascinado El celo, de Sabina Urraca. Lo he leído con un ímpetu reclamante que no ha hecho bien a otras lecturas que se le han cruzado: sitúa el listón demasiado alto. No solo está muy bien escrito, es que además te impone una intriga por la que necesitas saber cómo prosigue, cómo resuelve.
No es una novela de intriga, en absoluto, pero el desarrollo es tan magnífico que podría pasar cualquier cosa, y como efectivamente van sucediendo esas cosas que pueden ser imprevisibles, se hace necesario averiguar el desenlace. Es una novela con la que poder explicar eso de planteamiento, nudo, desenlace. Porque el clímax se mantiene, se va manteniendo en los diversos personajes.
Desde que decidí que no era necesario leer hasta el final muchos libros (pecado que solo me consentí hace muy poco, y nunca con los que reseño), he pasado por encima de muchas publicaciones que me muestran diversas formas de escritura, de planteamiento; sobre todo, diversas narrativas y voces. Pero que no requieren llegar al final. Supongo que algo me estaré perdiendo, por supuesto.
El celo exige una lectura completa y demorada, diría yo; la mía ha sido voraz, pero exhaustiva. La historia es muy interesante, está muy bien resuelta, es detallista en situaciones que podrían parecernos impensables. Algunos lectores se encontrarán con escenas o entornos a las que podrían poner reparos. También a estos les recomiendo la lectura de una obra que explica sin miramientos una realidad, la del tema que para mí es central: la redención de dos seres vivos, la Humana y la Perra, los personajes centrales, en torno a las que giran el maltrato, el desamor, el fracaso y la autoestima. «Escribiéndonos encima el único conjuro que sirve» es la frase con que concluye la novela; la escritura sobre todo.
De esta novela parece surgir una autora que ya ha brillado con sus anteriores publicaciones. Debutó con Las niñas prodigio (Fulgencio Pimentel, 2017) con la que desató una ola de fascinación; mesurada en su creación, la conocimos como editora de otra novela que impactó en la nueva escritura: Panza de burro de Andrea Abreu (Barrett, 2020), tarea que prosiguió con la “Colección 2023-2024” de Caballo de Troya, en la que ha demostrado su generosidad aportando a otras narrativas. En Lengua de Trapo publicó uno de los “Episodios Nacionales”, Soñó con la chica que robaba un caballo (2020) en que se sumergía en el 15M.
De esas publicaciones anteriores hay rastros en El celo: esa casa de campo donde aislarse a escribir, el personaje masculino, el colegio mayor donde transcurre alguna anécdota; y sin embargo, El celo es una novela nueva, original, con una fuerza que supera a esas otras, con una madurez que le permite reflexionar sobre los cambios0 sin perder de vista el vínculo real con todo lo que narra.
La novela se estructura en diez capítulos, cada uno con un leitmotiv, sea este objeto o ser animado, los cordones como la droga, los cuentos, Daniel... la Perra para el último... con mensajes obsesivos intercalados; escribe y vive y recibe mensajes, ya sean sms, ya emails, que la persiguen, como todos los personajes de la novela son perseguidos por algo. La culpa y la redención. O la culpa sin redención. Eso lo dejamos para la lectura personal.
Pero lo que no he dicho todavía es la maravilla como fluye el texto. Va y viene, de aquí a allá, de unos personajes a otros, de un momento temporal a otro; incluye diálogos, monólogos interiores, contestaciones, y todo está entrelazado de una manera soberbia. Ese fluir es lo que hace que la escritura atrape, que la lectura te enganche y no puedas soltarla. No es solo seguir ese discurso, es que además te mantiene en vilo.