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ESCRITO AL RASO

Las últimas veces, los últimos veranos, las últimas películas

David Felipe Arranz
lunes 08 de julio de 2024, 19:48h
Desde Granada con mucho amor hemos visto el documental La última película (2016) de Leire Apellaniz, en la Casa García de Viedma de Armilla, y la hemos disfrutado como se despide uno de las cosas grandes y hermosas, que ve uno por última vez. Porque de eso va la película o metapelícula, que es pura filosofía de vida y vida hecha filosofía, con su pequeño Diógenes -Miguel Ángel Rodríguez - buscando al hombre mientras sostiene su linterna (de proyeccionista, claro).
En aquellas sesiones de cine de verano nos encontramos con nuestro yo verdadero ante la impostura de la ficción, que es la más auténtica de las mentiras. Miguel Ángel Rodríguez lleva toda la vida acarreando de aquí para allá en sus furgonetas y carromatos los grandes proyectores de 35 mm. y sus inmensas bobinas, escondidas en sus correspondientes latas como bivalvos mágicos y untuosos, dispuestos a mostrarnos los secreto de unas señoritas de Bagdad con la apariencia de Paulette Godard bailando la danza del vientre junto a Carmen Sevilla, a Eva Marie Saint comiéndose a besos en el tren a Cary Grant -lo normal en estos casos- o a Marlon Brando peleándose con los mafiosos sindicalistas del puerto de Nueva York -hoy como ayer, vamos-. El cine no solo es esa vida de remplazo que diría el maestro Garci, sino que es un oficio en sí mismo, y cuando uno piensa que la cosa no da para más, tiene la tentación dramática, terminal, melancólica, de hacer las maletas e irse lejos, que es lo que le pasa al protagonista, cuando le pilla la digitalización del cine como si fuese un morlaco en la curva de la Estafeta, en plenos sanfermines. Porque casi siempre en julio suceden las cosas que se acaban o que empiezan, y aunque los poetas le han atribuido a la caída de la hoja ese carácter otoñal y lacrimoso, también el estío es pródigo en despedidas.
Leire Apellaniz, que es otra romántica perdida, hacía cines de verano por los pueblos perdidos de la vieja Castilla, y después se fue a trabajar al Festival de Cine de San Sebastián con todo ese "know-how", que diría un ejecutivo del IBEX, que no es más que el conocimiento y la experiencia: el saber hacer de toda la vida. Y Apellaniz quiso rememorar ese tiempo filmando a su veterano colega, que es un animal cinematográfico, una rata de filmoteca que no roe los rollos de celuloide, sino que los desempolva y vuelve a poner en circulación. Aunque no tenga nada que ver, pero sí, me recuerda rollo nostálgico y de ocaso vital que se traía Richard Farnsworth en The Straight Story, de David Lynch, solo que este iba recorriendo los Estados Unidos montado en una máquina cortacésped y Miguel Ángel lo hace subido en un carrito, con sus proyectores gigantescos y antediluvianos, del que bien pudieran tirar dos bueyes, que tiran más dos buenas películas que dos carretas...
Que todo es posible en Granada lo sabemos desde que Paco Rabal conquistó el corazón de Merle Oberon, José Luis Sáenz de Heredia mediante. Y esto ha sucedido en la Casa García de Viedma, con otro clásico que se unió al anecdotario cinéfilo-nostálgico: el jefe de Archivo de Filmoteca Española, Daniel Pérez, que es pionero de los cines de verano desde 1976, cuando López Vázquez y Juanjo Menéndez corrían que se las pelaban por la Costa del Sol en pos del amor nórdico. Se nos vienen a la cabeza -y a los corazones- títulos emblemáticos del declive de las salas, como La última película, de Peter Bogdanovich; Cinema Paradiso, de Giuseppe Tornatore; Splendor, de Ettore Scola, y otras cintas sobre el cambio de los usos y costumbres, como la maravillosa Cantando bajo la lluvia, de Donen y Kelly. Daniel Pérez sabe perfectamente que las últimas copias de nitrato son como los vestigios arqueológicos de la Antigua Roma, que nadie se acuerda de ellos hasta que un día se pierden o, por contra, aparecen sorpresivamente en un cajón viejo de un colegio o de un archivo... o de una colección particular de algún Matusalén, que ya quedan pocos. Apellaniz habla en su documental de todo esto de una manera lírica, silente, calladamente preocupada e inquietamente nostálgica.
El cine, al final, es esa droga mágica que inventaron los hermanos Lumière, que contiene todas las artes y que nos hace más llevadera esta vida; y cuando cambia la manera de disfrutarlo tan radicalmente, y la chiquillería pasa de ver las cuatro horas de Cleopatra de Mankiewicz a pegarse al teléfono, y ya no aguanta un vídeo de corrido ni 40 segundos, es que algo ha cambiado irremisiblemente en "el audiovisual", que dirían Román Gubern o Ignacio Ramonet. Porque la copia digital ni se crea, ni se destruye: se "wetransfiere" y nos transforma, claro. Lo que ya no sabemos es si es para bien, querido Miguel Ángel. Porque los veranos convengamos en que ya no son lo que eran, salvo por el último proyeccionista, el último apache, el último hombre vivo...
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