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AL LADO DE LOS INMIGRANTES NEGROS

jueves 11 de julio de 2024, 12:08h
Su Majestad Católica el Rey de España Felipe V escribió a Su Majestad Cristiana el Rey de Portugal...

Su Majestad Católica el Rey de España Felipe V escribió a Su Majestad Cristiana el Rey de Portugal para solicitar cinco mil esclavos negros con destino a las plantaciones de nuestros territorios caribeños. El Monarca luso contestó diciendo que los podía “cazar” fácilmente en su colonia guineana, pero que carecía de barcos para transportarlos. Su Majestad Cristianísima el Rey de Holanda ofreció las ergástulas de sus buques para el viaje, a tantos maravedíes “la tonelada de carne humana”.

Cuando los descendientes de aquellos negros esclavizados llegan ahora a las fronteras europeas en busca de prosperidad, se les ametralla en las vallas separadoras o se les hacina en los rediles de la vergüenza. Se debate incluso la asistencia a los menores de edad, en el lamentable episodio al que estamos asistiendo en España.

He defendido cien veces las ventajas de la inmigración, mil veces la necesidad de que sea legal y controlada. Pero estoy a favor de los negros que acuden desgarrados a Europa en busca de pan y libertad. Vienen del África yoruba, del África bantú, del África prieta y del alma. Han dejado atrás las raíces profundas, la pisada oscura en la selva. Han regado de sudor, tal vez de sangre, el arrozal dolorido y el dolorido corazón de la madre lejana. Han atravesado las junglas y los desiertos. Han sufrido, en fin, el hambre y la sed, el frío y el ardor, ay, negro agredido, negro insultado, escarnecido negro, náufrago de patrias, peregrino de la desolación, hasta llegar en la navegación incierta de los cayucos a una nación como España que se abrió históricamente a todas las razas y a todos los horizontes.

Por eso a ti, inmigrante negro, centinela negro, yo te pido que no me mires con esos ojos heridos por el odio, pues estuve a tu lado, soldado oscuro, carne para morir, en Vietnam cuando el vietcong se arrastraba hasta ti con el machete entre los dientes apretados para dejarte tendido sobre la tierra extraña, con un puñado de rosas rojas en el vientre y los ojos helados abiertos contra el cielo. Servías, negro, para morir por los Estados Unidos de América. No servías para vivir en los Estados Unidos de América.

Yo te vi, también, negro desangrado, con las vísceras esparcidas sobre la hierba joven en la guerra del Congo, en tu África liminar, tierra primera, cosmos engendrador, donde perdiste un día el saludo del rocío. Llevo, negro, tu dolor en el alma. Estreché las manos de tu padre Léopold Sédar Senghor y leí los versos de piedra de Aimé Césaire y Diop. Escribí las mejores letras de mi vida en mi libro La Negritud. Eres el hombre-hambre, el hombre-insulto, el hombre-tortura pero en verdad, en verdad te digo que florecerán de nuevo las espigas sobre tus campos oscuros. Ay, “dulce raza, hija de sierras, estirpe de torre y de turquesa, ciérrame los ojos ahora, antes de irnos al mar, de donde vienen los dolores”.

Quisiera, negro, que te quedaras en España, que se te curen las heridas del acoso del océano, de las vallas y los espinos y decirte los versos de Neruda que hablan del manantial: “… déjame hundir las manos que regresan a tu maternidad, a tu transcurso, río de razas, patria de raíces, tu ancho rumor, tu lámina salvaje viene de donde vengo, de las pobres y altivas soledades, de un secreto como una sangre, de una silenciosa madre de arcilla”.