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TRIBUNA

Prolepsis thánatou, el morir de los sabios

jueves 11 de julio de 2024, 19:56h

Pocos filósofos clásicos han dejado de hablar de la muerte. Pocos han exaltado tanto la vida como los más cercanos a la muerte, pensemos en Federico Nietzsche. Sin su grandeza trágica, pocos son los que hoy saben celebrar la vida a no ser subidos esperpénticamente a un carro de lesbianas y lesbianos. Pero hay que morirse, queridos míos, y nada mejor que pensar en ello: tenemos el derecho a hacer buen uso de nuestra muerte, y mal vivió quien mal murió. Esta pequeña frase es un compendio de filosofía.

El oficio de sepulturero, tan respetable, no es el único que habilita para meditar sobre la muerte, que copertenece a la vida. Un libro que se abre como el presente con una apología de la vida no debería cerrarse a ser posible con ninguna estupidez sobre la muerte. Y, como me dedico a la terapia, nada encuentro más lógico que escribir sobre el lugar donde los vivos no quieren estar, los cementerios. Allí, acompañado de mi antiguo alumno y mitad de mi alma Miguel Ángel, leemos lo que no está escrito.

En nuestras vidas, aunque sin darnos cuenta, hay muchos más tiempos muertos que vivos, excepciones aparte; raro sería, en todo caso, que alguien sólo hubiera tenido tiempos muertos, o sólo tiempos vivos. De los primeros saben más los zombis muertos en vida, de los segundos los héroes olímpicos mientras el cuerpo les dé trallazos, cabalgando el ojo del ciclón.

Por lo dicho resulta torpe contraponer vida y muerte; nadie se equivocó más al respecto que Epicuro al asegurar tan pancho que cuando la vida está la muerte no, y que cuando la muerte sí la vida no, un retruécano infantil impropio del sabio: una vida habitada únicamente en la cara visible de la luna como si la oculta no existiera, un paso atrás en el escenario para no robarle el show al otro coprotagonista, la parca. No existe cosa tan absurda como preguntar si es la muerte la protagonista del mayor relieve, o la vida, porque no es posible vencer la empecinada rebeldía de su recíproca copertenencia. Por eso hace falta valor para apearse de la tilde, sin aspavientos de plañidería.

Debo añadir al decir esto que morir es ir muriendo y vivir es vivir viviendo, pues vida y muerte se dicen en gerundio, el gerundio de vivir es viviendo, y el gerundio de morir es muriendo. No hay días de vino y rosas que no conlleven espinas y abrojos. A fin de que muera lo que tenga que morir y viva lo que tenga que vivir, me apunto donde haga falta para sufragar todos los años una misa por el alma de don Quijote y otra por la de Sancho.

Antes, mientras este su atento servidor masvivía, algunos le escuchaban en silencio y a éste seguían los aplausos; ahora, en que menosvivo, me siguen escuchando en silencio, pero al silencio solo le siguen los silencios, y eso no sé cómo se come. Ya no soy un encantador de serpientes, ni un lobo disfrazado de cordero, ni pongo cara de perro apaleado, nadie se agarra rebotes monumentales con mi verbo y no se me oculta que no es lo mismo dimitir que ser sustituido. A ver si aprendo de don Antonio Machado: “doy consejo a fuer de viejo:/ nunca sigas mi consejo./ Pero tampoco es razón/ despreciar/consejo que es confesión”. La cosa no parece tan fácil, pues ¿cómo dar el consejo de no dar consejos sin convertirlo en consejo, es eso aconsejable o desaconsejable, o una paradoja lógica?

Me está tocando un difícil aprendizaje: matar el deseo de arrebatar el rayo al cielo, como Josué, que hizo parar el sol, y aceptar que hay un sol para cada luna. Mientras, en la alternancia de luces y de sombras, no quisiera yo morir sin un adiós: “adiós, días de sosiego,/ hay que volver a la brega,/ que juega mal el que juega/ nada más que un solo juego”.

Básicamente existen dos formas de ser, la que busca estar a la vanguardia de las cosas, y la que es en el fondo de las cosas: si hubiera una tercera, sería la perfección, algo imposible. Siempre en claroscuro, puer senex, niño y senecto, hoy miro de otro modo el cementerio, otros miran a la Meca y otros a Jerusalén, aunque ellos sembrando de muerte a lo que llaman deseo de eternidad.

Viví durante largos años en una casa desde cuya terraza se veía un cementerio con sus fuegos fatuos y sus auras, aunque a veces creo haber confundido el resplandor postrero del incendio con la luz de la aurora. Hacia esos lugares más bajos me gustaba bajar a conversar con los difuntos y a leer entre tumbas, según decía Quevedo, o sea, para leer sus libros y también para leerles yo los míos. Algunas tardes he estudiado densos libros de metafísica entre tumba y tumba, casi a tumba abierta. Pocas academias he encontrado más capaces de enseñar con tanta profundidad y rigor, a diferencia de los centros oficiales donde a veces me ha invadido otro tipo de rigor, el rigor mortis.

El cementerio era y sigue siendo un espacio libre de humos y de teléfonos móviles, umbrío y silencioso donde se acurrucaba mi melancolía beneficiándome de la opinión de Aristóteles, con el cual repetía: “un exceso de melancolía o bilis negra, cierto desequilibrio humoral melancólico, es la condición física de la genialidad filosófica, artística, política y educadora, algo que ratificó Goethe: “conviene al genio de la poesía/ este elemento: la melancolía”.

También contribuían a mis melancólicas visitas la lectura de algunos de los epitafios apocalíptico/sapienciales sobre los cenotafios, es decir, sobre los lugares abandonados por los sepultureros porque la caducidad los había arruinado. Nunca fui un necrófilo ni un discípulo de Espronceda en su alabanza de los cementerios “de muertos bien repletos”, pues por aquel entonces sentía miedo a la extinción de mi ser y sobre todo al infierno. Pero un cementerio no me parece un lugar de cemento en cuyas fosas, muerto el perro, se acabara la rabia.

Hace pocos días, acompañado de mi sabio amigo y gran germanista Miguel Ángel, volví a uno de ellos (la Sacramental de San Justo, en Madrid, aunque no sólo a ella), y sin querer queriendo reviví la experiencia de una infancia recuperada. Ahora siento que desde siempre estuve un poco muerto, incluso en las épocas de mayor vivacidad, porque nunca se está vivo del todo, o al menos con la plenitud vital y existencial que a uno le hubiera gustado. Tampoco estuve muerto nunca del todo, porque las zonas muertas y los ángulos oscuros de una vida, no solamente la mía, nunca son mero polvo, en la medida en que hasta las más desafortunadas pudieron haber estado alguna vez contentas: polvo sí, pero polvo enamorado. La melancolía es el cordón umbilical que une y a la vez separa a la vida de la muerte, por eso cortarlo es como echar a la mar al pequeño velero que habrá de enfrentarse al inmenso océano fingiendo proa de una nave, de una nave de marfil.

El primer cadáver que vi, y no tendría yo más de siete años, fue el de un vecino en su blanda mortaja. Me pareció que aquel despojo no pertenecía al citado vecino, un señor bastante mayor según me pareció, y esta percepción la mantengo porque la huella de la muerte es visible e imborrable, ya que al abandonar su rostro el espíritu que hasta entonces lo había inhabitado sólo parece dejado un cuerpo a la deriva que inicia el breviario de su podredumbre; añado que mucho peor todavía es maquillar el rostro del amortajado, lo cual me resulta casi una macabra burla, una falta de respeto a la muerte que alentaba en su vida y que, como tal, formaba parte del mismo ser vivo: maquillas, ergo matas. O sea, el entierro de la sardina.

Osaré decir más: hubo vida antes de mi vida y después de ella. La vida estaba ahí, esperándome en la vida de la humanidad antecedente a mí, latiendo en los espermatozoides más rápidos desde Adán en el útero de Eva hasta llegar a mí por transmisión en cadena, aunque me cueste trabajo pensar que sólo debo mi nacimiento a la rapidez espermaria de mi padre, lo cual me parece tan poco brillante como hacer proceder la descendencia de mi propia prole de mi propio esperma. En todo caso, la vida es un filum que no solo nos precede, sino que cediendo nos poscede, sigue y sigue hasta el cese de todo y de todos, quién sabe cuándo. Si esto es así, entonces no podemos definirnos como meros seres para la muerte, aunque seamos morituros, sino seres provenientes de la vida. Pensarnos para la muerte no constituye solamente una carencia de imaginación genealógica, sino también un abotargamiento egocéntrico, porque se desinteresa de toda vida que no sea la propia.

Ahora bien, una vida tan longeva que no cesara algún día resultaría de todo punto insufrible; por el contrario, la muerte es una forma de revitalización de la vitalidad, en la medida en que resiste contra las caquexias de esta última, si bien no de su caducidad finalmente invalidante. Que llegue cuando quiera, pero que llegue. Pero que llegue resucitada y resucitadora, sin ensañamiento terapéutico, maldición defendida inmisericordemente por teologías torturadoras, sicut vita finis ita. Qué forma tan cruel de vivir, qué barbaridad tan cruel de hacer morir. Ya que no supieron gobernar su vida al aferrarse a ella queriendo ahogarla para que no se les escape.

Ni qué decir tiene que no han aprendido nada, que nadie les enseñó a los amigos de la febrícula y de la cadaverina que fata volentes ducunt, dolentes trahunt, que quienes dominan su vida la conducen, pero quienes no la conducen son arrastrados por ella. El año 580 cayó enferma Austriquilda, esposa del rey merovingio Gontrán; y sintiéndose próxima a morir, pidió a su marido que ordenase decapitar a los dos médicos que la habían asistido, Nicolás y Donato, porque los remedios por ellos prescritos se habían mostrado ineficaces. El deseo de la moribunda fue cumplido, a fin de que la señora no entrase sola en el reino de la muerte. Nadie negará que se trataba de una pionera de cuantos reclamantes de la seguridad social postulan como mínimo una flebotomía semanal para los galenos que no logran salvar al abuelito de ciento diez años, que estaba en la flor de la vida.

Antes y después de mi trato con los camposantos, a los que otros prefieren denominar pudrideros sin que por mi parte me parezcan designativos excluyentes, pues no todos los podridos huelen de la misma manera, unos a santidad y otros a azufre, antes y después de eso he ido comprendiendo que mi tumba no será la de Juan, como tampoco ésta será la de Antonio, pues las tumbas también se habitan. Al decir esto añado a renglón seguido, más para ratificar que para rectificar, que cada uno es también un nosotros, lo que ocurre es que resulta difícil saber quién era y quién es ese nosotros ectoplasmático que linda con nuestra propia yugular. Nadie cabe en la propia tumba, pero ésta queda vacía sin toda la humanidad acompañándola.

Por lo demás, el nosotros del yo se mueve unas veces hacia la derecha, otras hacia la izquierda, y otras ni siquiera se sabe a dónde, resultando pesquisa imposible su localización. La moraleja es que, a fortiori, todos deberíamos ser un poco más modestos con la localización de nuestros huesos y dejarse de “recuperaciones de la memoria histórica”. Si vivimos juntos, juntos moriremos. Solía decir Américo Castro: “y ahora, un padrenuestro por las cosas que no tienen remedio”. De todos modos, la realidad es como sea, ya que no sabemos como es, y cada palo que aguante su vela: al altísimo europeo llamado Dante Alighieri, llegado al Paraíso le fue dado oír de Caccia Guida, antepasado suyo, las hazañas de su estirpe, a lo que respondió: “tanto me elevas, que yo soy más que yo”.

¿Se acabó lo que se daba?, ¿existirá el tiempo en el espacio cerrado del cementerio, o se esfumará y perderá en los espacios interestelares?, ¿quedará algo del presente que no sea devorado por el pasado ni recuperado para el futuro?, ¿es el tiempo una ilusión del velo de Maya?, ¿somos un sueño de Dios?, ¿el resentimiento se disfrazará de escepticismo ante la guadaña afilada de la Parca?, ¿sólo la tristitia vitae de Jorge Manrique en las Coplas a la muerte de su padre?

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