Sin el más mínimo pudor se podía escuchar estos días de atrás en la sentina televisiva que “Francia había detenido a la ultraderecha”. Como lo oyen, que los votantes de la ultraderecha no son franceses, que Francia es esa fuerza negativa, construida únicamente contra los votantes de derecha. He podido leer que “Francia respira aliviada” como si la práctica mitad de los franceses hubieran perdido su ciudadanía por efecto de su voto.
Esta perversión completa de la verdad en nombre de una propaganda repugnante no sorprende a nadie. Si la extrema derecha gana alguna vez las elecciones, las elecciones quedarán invalidadas porque el electorado habrá perdido su calidad ciudadana. Sólo se es ciudadano cuando se vota correctamente, según el criterio de los poderes hegemónicos que dictan los titulares a los medios de propaganda.
La primera exigencia de cualquiera que se respete es deshacerse del televisor, las exigencias siguientes contradirían la mera presencia de esta página porque pedirían alejarse de todo medio de comunicación o de reeducación “democrática”, según la oscura idea de “democracia” que difunde el gobierno de unas élites tecnoeconómicas que se encuentran a distancia remota del alcance electoral de las masas, por lo demás perfectamente adoctrinadas. Deshacerse de toda tecnología inteligente es el primer paso hacia la libertad, cuando se comprende que su inteligencia atenta contra la nuestra y que la capacidad de construcción de la conciencia de cada uno de nosotros, que esos aparatos poseen, es fatal e incontenible.
Se puede ver a muchedumbres de “demócratas” esclarecidos negando preventivamente el valor de unas elecciones que pudieran llevar al gobierno a los que ellos deciden declarar “fascistas”. Si no fuera trágico, sería ridículo. Esto sucede en Francia, el país revolucionario, la vanguardia de la democracia y en España, otrora oscurantista y reaccionara, sucede otro tanto de un modo, si fuera posible, más zafio. La ley se subordina al poder y se confunde con descaro justicia y legalidad. El que ayer era un criminal puede ser mañana un ciudadano ejemplar si es un factor necesario al ejercicio del poder. Es la vieja ley de la fuerza que conduce, muchos lo señalan, al experimento crucial del más directo contraste de fuerzas.
Todo lo que escapa a las coordenadas fijadas hace ochenta años en las que se cruzaban, buscando un equilibrio fatal, liberalismo y socialdemocracia, resulta radical y peligroso. Extrema derecha se dice que antieuropea, como si Europa tuviera que ajustarse al estrecho concepto económico técnico a cuyo servicio trabaja la burocracia de la Unión, esa multitud de técnicos que deciden nuestro futuro desde la asepsia climatizada de Bruselas. Como si Europa se redujera a ese esquema posmoderno que los técnicos de la gestión pública hacen valer por la fuerza. La fuerza puede ser la fuerza amable de la educación y la propaganda o la fuerza dura de la represión y la condena.
Para hacer valer ese esquema es necesario, en primer lugar, distorsionar la historia y olvidar, a menudo en nombre de la memoria, muchos siglos de historia europea. Es preciso desarmar políticamente a la población mediante una educación pánfila y precaria, una población conducida al abrevadero del consumo masivo y del más elemental entretenimiento. Es preciso fragmentar la comunidad antropológica por recurso a minorías victimizadas que, bajo su disfraz de radicalismo, defienden los principios tecnocráticos del orden industrial vigente y sirven a una falsa democracia de mercado atomizado y disperso. Gritan mucho, siempre en la dirección que se les indica y se muestran orgullosos de una libertad de elección estrictamente negativa, casi siempre sin conciencia de que su conciencia ha sido tomada completamente por los ingenieros de la atención que les permiten vivir en su mundo feliz. Todo el que se sitúe frente a esas multitudes biempensantes queda fuera de la nación, fuera de Europa, fuera del mundo y más pronto que tarde esa expulsión se ejecutará en nombre de la “democracia”.