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TRIBUNA

Dostoyevski versus Tolstoi

Martín-Miguel Rubio Esteban
jueves 25 de julio de 2024, 19:25h
Actualizado el: 26 de julio de 2024, 16:32h
La gran novela de León Tolstoi, Anna Karenina, se publicó en la Prensa, en ocho grandes entregas durante los años 1876 y 1877, y en 1878 se editó ya en la forma de libro. La última entrega, la octava, se publicó en 1877, coincidiendo con el conflicto balcánico, en el que cerca de 5.000 rusos marcharon en 1876 como voluntarios a los Balcanes para luchar contra los turcos y a favor de los eslavos sometidos, que básicamente eran búlgaros, serbios y montenegrinos, y que respecto a la religión eran también como los rusos, cristianos ortodoxos. Y, de hecho, no está muy claro si aquellos voluntarios rusos se unieron a la rebelión balcánica por la defensa del cristianismo ortodoxo frente al islam, lo que constituiría una “cruzada”, o en defensa humanitaria de sus hermanos eslavos del sur, que estaban siendo masacrados de modo horripilante por los turcos, que ensartaban a los niños con sus yataganes después de sacarles los ojos, por ejemplo. A estos voluntarios se añadió el joven general ruso Mijaíl Cherniáyev, quien con todos los demás rusos se puso al servicio del príncipe serbio Milán, a pesar de la prohibición expresa del gobierno ruso. Hay que recordar que en la primavera de 1875, debido a un incremento de la presión fiscal, estalló un levantamiento en Herzegovina que más tarde se extendió a Bosnia. Con intención de prestarles ayuda, Serbia y Montenegro apoyaron el levantamiento, lo que produjo una represión despiadada por las autoridades turcas. En general, todo el pueblo ruso vio en esta expedición de los cinco mil un objetivo noble, el de emancipar a los pueblos eslavos sojuzgados y maltratados, y allanarles una nueva vida para su bien y el de la Humanidad. Hay que señalar que en esta expedición de voluntarios de solidaridad eslava el gobierno ruso no declaró la guerra jamás a Turquía, sino que fue un gran movimiento social espontáneo el que creó este voluntariado. Los jóvenes rusos no iban a la guerra en nombre del zar, sino en el nombre de cada uno de ellos. La expedición fue sufragada con las donaciones que todo el pueblo ruso, pobre o rico, mandaba a los insurgentes eslavos en los Balcanes.
Pues bien, Tolstoi, en la octava entrega de su novela, que coincide con las últimas marchas de voluntarios a la guerra, declara, a través del personaje de Levin, trasunto del autor, que “no hay ni puede haber un sentimiento inmediato por los eslavos sojuzgados en los Balcanes”, y que es ridículo que Rusia se meta en donde no le llaman. “No hay que interesarse sino por Rusia “sólo”. “Yo he vivido en el extranjero, he leído periódicos, y reconozco que, a pesar de todos esos horrores de Bulgaria, no acababa de comprender por qué a todos los rusos les entraba de pronto ese cariñazo por sus hermanos eslavos, que a mí no me inspiran la menor simpatía.” Tolstoi considera, a través de Levin, que “los particulares no pueden hacer la guerra sin la previa resolución del Gobierno”. Hay que decir otra vez que la guerra le fue declarada a Turquía no por Rusia ni en Rusia, sino por los pueblos eslavos, por los príncipes y señores eslavos; es decir, por los soberanos príncipe Milán de Serbia y príncipe Nicolai de Montenegro. Pues bien, la oposición de Tolstoi a este ejército voluntario supuso un duro ataque de Fiodor M. Dostoyevski contra el autor de Anna Karenina en la revista “Skladchina”, cuyas colaboraciones pasarán a ser parte de la gran obra periodística de Dostoyevski, que es el Diario de un escritor.
Para Dostoyévski Tolstoi no sólo no entiende al pueblo ruso, sino que lo desprecia, incluso aludiendo veladamente a su linaje aristocrático, que posee una ciencia infusa a la que jamás podrán llegar los pobres rusos ( “Procede de los antiguos tutores del pueblo, de los antiguos señores, que, por más buenos que fueren, no podían menos de despreciar a sus esclavos y tenerse por mucho más inteligentes que ellos” ). Para Dostoyévski toda Rusia, en espíritu, acompaña a Serbia a los voluntarios, que no son ni perdidos ni borrachos, como los califica iracundo Levin, sino que protagonizan “una de las mejores páginas de nuestra historia”. Incluso alguna de las frases del genio moscovita suena amenazante: “No hay margen para opiniones personales cuando toda Rusia…, el pueblo, ha declarado su voluntad”.Pero Tolstoi compara a aquellos voluntarios con una partida de bandidos de los del tipo que pilotaba Pugachov. Comparar a la horda de Pugachov con los cinco mil rusos voluntarios debió provocar un asco infinito en Dostoyévski. Obviamente las hostilidades tomaron una dirección desfavorable para Serbia y su ejército amateur iba de fracaso en fracaso. Desde la batalla de Philippos los estudiantes idealistas pierden siempre ante un ejército profesional. Serbia se dirigió con diligencia al Gobierno ruso en busca de ayuda, y éste presentó un ultimátum al sultán turco para que firmara un armisticio con Serbia. Rusia trató de resolver el conflicto por medios pacíficos. Ante su insistencia se convocó una conferencia de potencias europeas en Estambul en la que se presentaron una serie de demandas al Imperio Otomano para que otorgase la autonomía a Bosnia, Herzegovina y Bulgaria. El sultán rechazó las demandas y respondió negativamente, con el apoyo de Gran Bretaña. El gobierno ruso hizo un último intento de resolver pacíficamente la crisis de los Balcanes y, por iniciativa suya, las seis potencias europeas firmaron un acuerdo por el que exigían al sultán que llevara a cabo reformas en las regiones cristianas. Este, apoyado por Gran Bretaña, volvió a negarse. Fue entonces cuando Rusia declaró la guerra a Turquía el 24 de abril de 1877. Pero el pequeño ejército de voluntarios llevaba luchando en la región desde 1876.
Para Dostoyévski esa “enigmática consciencia del pueblo ruso”, como la calificaba con desprecio Tolstoi, sólo podía explicarse por la piedad profunda del cristianismo ortodoxo. Toda noticia sobre cristianos martirizados sublevaba el corazón de los rusos, sobre todo a los más pobres. En realidad, toda Rusia con sus ochenta millones acompañaba a aquellos cinco mil jóvenes y a su general. Lo que se produjo en el pueblo fue algo así como una contrición general, fervorosa, un ansia de tomar parte en algo santo, en algo de Cristo, de hacer algo en defensa de lo que padecen por su cruz. “El pueblo ruso no sabrá Geografía, ni Historia, ni economía – como le achaca Tolstoi -, pero lo que necesita saber, ya lo sabe”, sentencia Dostoyevski. Aquellos cinco mil rusos, que acabaron masacrados, fueron, sin duda, grandes representantes del pueblo ruso; nada brillantes en cuanto a cultura, quizás, pero de ninguna manera una gente perdida, desocupada y fanfarrona, sino quizás la flor y nata del pueblo ruso. Respecto al argumento de Tolstoi sobre que aquellos cristianos perseguidos estaban lejos, Dostoyevski responde inapelable: “¿A qué distancia termina el amor a la Humanidad? ¿Será mejor que dejemos sacar los ojos a los niños, por no combatir a los turcos?” Veladamente el autor de Los Hermanos Karamazov acusa a Tolstoi de tener demasiada compasión por el Imperio Otomano. “¡Cuánta insensibilidad unida a tanta sensibilidad!” Dostoyevski duda, finalmente, que su compañero de profesión sea un patriota honrado. Y es una pena que en la actual guerra de Ucrania, en la que los rusos afirman participar por solidaridad hacia los rusófilos ucranianos que eran perseguidos y masacrados, no haya dos gigantes como Dostoyevski y Tolstoique puedan hacer la crónica y el análisis de una guerra que efectivamente tiene ciertos paralelismos con aquélla.

Martín-Miguel Rubio Esteban

Doctor en Filología Clásica

MARTÍN-MIGUEL RUBIO es escritor y catedrático de Latín

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