Español, de Asturias
domingo 16 de noviembre de 2008, 18:17h
Estoy en casa de los Taibo. Es la maña del 14 de noviembre. Solamente habemos 4 amigos. No. es el gentío de ayer en que aquí estaban y salían incesantemente los poetas como Enrique González Rojo y David Huerta o los escritores jóvenes a los que Paco Ignacio formó en el periodismo cultural. Jefe exigente, cordial, generoso, plural y divertido. Con una enorme dosis de sentido del humor – casi británico- divertido nunca aburrido, ni pretencioso. Seguro de su vocación de siempre e infatigable, incansable con ese oficio de escribir, con ese oficio de vivir, sí de vivir como diría Pavese. Tesón, entusiasmo y disciplina. Que decir de su hogar, porque esto sí es un hogar, con la puerta abierta a españoles, los de allá, los que ya estaban en México desde niños como Luis Rius, como Pilar Rioja años después. Como el entrañable Ángel González. La avalancha de recuerdos es enorme. Tiene que quedarse uno con alguna anécdota. Como aquella noche en Zacatecas, con un frío que calaba los huesos y aunque el vinillo de la tierra no era precisamente de la Ribera del Duero, ni Rioja, el zacatecano y el mezcal nos hizo resistir y allí junto a una de las Catedrales más bonitas, con la cantera rosa que resplandecía a la luz de la luna, tiritando y sin transporte que nos condujera al hotel, por cierto lejano, pasó un vehículo de “redilas” con varios tipos de grandes sombreros y bien armados al cinto. Sin dudarlo los cinco Mari Carmen, Paco, Ángel, su mujer y yo aceptamos el aventón. No nos pasó nada, llegamos sanos y salvos. Muertos de risa todos y con la duda de a que se dedicarían aquellos buenos hombres. A veces hasta los empistolados se compadecen de los otros.
El olor de las flores casi todas blancas, el sarape mexicano que parece lo sigue cobijando el silencio respetuoso de los que vienen llegando a despedirlo no hace sino revivir lo que fue aquí se ha viviido todo el tiempo. Hospitalidad, calor de familia, abrazos, la mejor fabada o un esplendido guiso muy, muy picante y mexicano.
Y algo que en lo personal toca el corazón. A lo largo de los años solamente en dos funerales no hay rezos ni la Cruz de Cristo. En el de María Elvira Bermúdez atea hasta el fin y en este.
Los dos escribían novelas policiacas. Nunca se conocieron en el fondo lo que cuenta siempre conservar la congruencia, las ideas firmes y sólidas. Sean cuales sean, si hay respeto y tolerancia eso es lo que vale. Allá arriba desde ayer a lo mejor ya están hablando de literatura y discutiendo sobre novelas.
Que Dios los tenga en su Gloria.
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Periodista y analista política
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