Voy a contar una entre nueve millones de historias parecidas. Hace casi una veintena de años recibí aquella carta que estos días he recordado mientras el régimen venezolano amañaba una nueva triquiñuela para prolongar su duración. De ser alumno mío de doctorado había pasado hacía tiempo a ser relevante en la Universidad venezolana . No fue la única carta de ayuda que recibí aquellos años, pero esta la recuerdo especialmente porque pude atenderla con más éxito que a otras.
Con su curriculum, fue posible conseguir una beca para el que fue alumno brillante. Se trasladó a España con su mujer, también gran profesional ahora relevante en diversos equipos de investigación. Ambos reiniciaron su carrera en España desde donde atendieron a los problemas de su país alentando con firmeza la oposición democrática o ayudando a desplazarse a los que, como ellos, estaban expresamente amenazados por el régimen.
Han pasado casi veinte años y volví, como en otras ocasiones, a comunicarme con él para interesarme en cómo veía las elecciones convocadas por Maduro. Me confirmó en mi impresión de que el régimen preparaba una trampa, que las elecciones estaban amañadas desde la Junta Electoral compuesta por el chavismo y que se temía lo peor. Pero también me dijo que la oposición democrática no tenía ninguna oportunidad que no fuera aceptar el desafío de contribuir a legitimar el vicio de origen de unas elecciones controladas, vigiladas y utilizadas una vez más para disfrazar la dictadura con vestiduras democráticas. No solo no era optimista sobre el posible resultado, sino que desde nuestra primera conversación, se mostró claramente pesimista. “No hay nada que hacer”, me dijo.
Le llamé por la mañana nada más informarme de los resultados oficiales. “Tenías razón”, le dije. “Era imposible. No se explica cómo la oposición se ha dejado enredar en este disparate”. “También te dije –me contestó– que no había otra opción. A mí también me animaba la esperanza que ahora ya no siento, pero un proscrito se agarra a lo que haga falta, ya me entiendes”.
-No se claramente lo qué quieres decir cuando dices que ya entiendo.
- Te explicaré mi propia experiencias que puedes multiplicar por mil o un millón hasta llegar a nueve millones de exiliados. A mí me quitaron el pasaporte. No solo no puedo regresar a ver a los familiares y amigos, tampoco puedo votar. Y como yo cuantos quieras. Han conseguido cancelar mi identidad venezolana legal, la de mi esposa e hijos. No pude enterrar a mi padre cuando falleció en mi país. Que la oposición tuviera una oportunidad tramposa es a lo único que puede aspirar. Para mi, la única posibilidad de revivir de algún modo el entierro de mi padre. No podía resistirme a mantener la irrenunciable ilusión de poder viajar a mi patria para visitar aunque fuera una fosa. La expectativa de realizar un deseo tan intenso, es más fuerte que el escepticismo sobre el respeto de las reglas de juego de un régimen dictatorial que gobierna un territorio con la principal motivación de negarme que sea el mío. Ahora son seis años de prórroga dictatorial y después… solo queda otra vez la esperanza.
- ¿Nos queda?
- Claro, no se trata de mi. Somos nueve millones de venezolanos cancelados por el régimen. Cada uno tiene su historia como yo tengo la mía. Exiliados de acogida gracias a amistades. Apátridas a la fuerza, desalojados de sus raíces que no cuentan con credenciales para votar, que no forman legalmente parte de lo que humana y familiarmente forman parte.
- Venezuela -añadí, por decir algo- se parece cada vez más a Cuba y Nicaragua.
- Hace tiempo que Venezuela es Cuba, aunque cubría la apariencia por el servicio que el grupo de Puebla presta al narcotráfico militar.
- Entonces ¿esa apelación de Corina a los militares…?
- No es que sea ingenua. Es un aliciente psicológico para que la desilusión no se fusione con la desesperanza.
Me quedé pensando en esos nueve millones que eligieron la diáspora para no ser encarcelados, cuyos votos anónimos no se contabilizan en los escrutinios por un poder despótico que oprime a los de dentro para conseguir que se vayan fuera. Un poder como el cubano, cuyo éxito principal ha consistido en expulsar al disidente para controlar al que no se puede marchar. Una patria que ha sustituido patriotas por subvencionados, como ocurrió en Argentina. Puede que así llegue a suceder en Cuba o en Nicaragua, que pasen de dictadura narcotraficante a estado fallido. En Venezuela el narcotráfico ha sustituido al petróleo.
Me gustaría averiguar cómo contabiliza esos votos nuestro emisario Zapatero, tan plegado con su silencio a la dictadura como lo está a los servicios que costean su oficio de mediador.