www.elimparcial.es
ic_facebookic_twitteric_google

TRIBUNA

Democracia olímpica y disfraz electoral

martes 30 de julio de 2024, 18:48h

La situación histórica, destruidas las últimas resistencias de una civilización degradada, acaba en una desnuda demostración de fuerza. La aclamada representación de la Última Cena en los juegos parisinos, con su nauseabunda estética liminar y fluida, al uso de la actual tiranía, es un signo más a añadir a los que nos abruman constantemente. Quien no los vea, a estas alturas, es ciego o es un promotor de este aquelarre. En cualquiera de los casos es responsable de la destrucción de los restos frágiles del viejo mundo.

También a esos otros juegos, los electorales, no puede ya dejar de vérseles el plumero. La sustantivación de la democracia formal es la exaltación de un simple procedimiento, cuya validez sólo puede estar asegurada cuando los jugadores comparten las normas o juegan a lo mismo. Si la democracia no es nuestro juego tampoco aceptaremos sus normas o lo haremos de modo instrumental, como un medio para una victoria que trasciende radicalmente al juego democrático.

Se ve así a los candidatos declarar anticipadamente el resultado de las votaciones o distorsionar en pactos aberrantes el ejercicio vacío del voto. Se estigmatizan candidatos lastrándolos con el índice de un mal sin matices, de suerte que su eventual victoria en el juego electoral sea siempre desestimada. El fascista no puede ganar elecciones, que dejan de ser necesarias porque el bien no puede perderlas.

En última instancia el principio rector de las sociedades modernas muestra su condición contradictoria y aporética. En efecto, el abstracto igualitarismo, cuya admisión acrítica se nos exige, conduce a la demolición de la misma condición humana y acaba haciendo imposible el mismo juego democrático. El igualitarismo y la consiguiente idea negativa de libertad, simple liberación de todo vínculo personal, deshace la condición comunitaria de las personas. Si la condición humana es, pese a todo, constitutivamente comunitaria, la destrucción de las comunidades arrastra la del ser humano tal como lo hemos conocido. De ahí los constructivismos y transhumanismos actuales. No podemos olvidar que la comunidad elemental, cimiento de toda sociedad, es la unidad de parentesco. La familia – objetivo último de la crítica contemporánea – es algo más que una institución diseñada por algún ingeniero social iluminado, por eso se espera que su superación nos permita olvidar la vieja humanidad para dar paso al mundo feliz del dominio tecno político ejercido por las nuevas élites ilustradas. Élites de cuya gestión científica del mundo se espera un progreso económico y técnico sin límites.

Resulta, sin embargo, que incluso para seguir jugando al juego electoral, que llaman sonoramente “democracia”, hace falta anteponer – siquiera sea procedimentalmente – el conjunto de la sociedad a los intereses parciales, en última instancia individuales. Hay que admitir el juicio del mercado electoral, aunque no nos sea favorable, para poder seguir jugando en nombre de la estabilidad y de la paz. Por vacía que resulte esa estabilidad o por cenicienta que sea la paz que alcanzamos de este modo.

Si impugnamos los resultados del juego o nos negamos a admitirlos rompemos el juego democrático. Pues bien, resulta que actualmente se entra en el juego con plena conciencia de su simple validez instrumental, resulta que hoy la democracia está cayendo del altar fraudulento al que fue elevada a partir de la segunda guerra y, especialmente, tras el ocaso soviético.

No compartimos ya fines y nos servimos, cada vez más, de la democracia como un medio. En el lugar de los fines, la industria pedagógica en sentido amplio homogeneiza nuestra percepción y extiende una visión del mundo que lo reduce a escenario de nuestras libres elecciones individuales. Esa homogeneización esterilizante está, pese a todo, encontrando sus límites.

La llamada democracia es un procedimiento que impone una visión demoledora de la comunidad humana. Erosiona y deshace todo vínculo personal, reduce la comunión a simple cash nexus, de suerte que cada uno, convertido en soberano en el antro solitario de su conciencia, ejercita democráticamente el acto de su libre elección ante la sagrada urna. Hoy la urna pierde, sin embargo, su vestimenta sacramental y sabemos que el mismo antro oscuro de la conciencia es objeto de una ingeniería de la atención que lo tiene tomado. Estamos masivamente bajo dominio de los señores de esas profundas tecnologías que piensan lo que pensamos y deciden lo que decidimos.

Aclamemos la mamarrachada parisina sin querer ver que el sacrilegio es la antesala de la violencia, que ocupará mañana el lugar de esa decisión electoral que no puede ya ocultar sus vergüenzas. Por mucho que traten de reconstruir su disfraz las arcanas élites que juegan con el mundo tras el velo oscuro de la democracia.

Fernando Muñoz

Doctor en Filosofía y Sociología

¿Te ha parecido interesante esta noticia?    Si (8)    No(0)

+
0 comentarios