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TRIBUNA

La noche de San Silvestre

miércoles 31 de julio de 2024, 19:39h

En el primer relato, «Final», se nos pone sobre aviso de los cándidos, existen dos tipos: los del incienso y los de la lágrima. Ambos adularán tu obra aun antes de recibirla o al enfrentar las primeras líneas, pero justo después viene el rechazo; mientras que los primeros no dudarán en regalarnos mil piruetas verbales para oscurecer su veredicto, los segundos se excusarán por algún medio que no implique el contacto físico, tratando de presentarse como las víctimas por el dolor que les imprime su decisión y, de ese modo, haciendo transitar la culpa hacia nosotros por insistentes. Esto lo ha vivido –se sobreentiende– Iván Lambea, quien enuncia la teoría en el texto inaugural de La noche de San Silvestre (Balduque, 2024) de Luis Bravo, que pasa a engrosar una carrera –Triestino, Las horas grises o el recientemente premiado Hojas de acanto y rosas– que se encuentra lejos de cosechar negativas de algún cándido.

El libro está compuesto por diez relatos, capaces de trascender el argumento para darnos la cristalización de una sentimental bocanada, como puede observarse en «Invierno en Roma», con esa atmósfera, si se me permite, del Valle-Inclán de las Sonatas. Y, con contadas excepciones (quizá, por ejemplo, el segundo de la compilación, aunque el primero en escritura, «Kolonaki»), ese es el ambiente que se respira conforme el lector va dando pasitos por las páginas. Por supuesto, la literatura es un elemento más que, sin necesidad de ser protagonista, converge en las diferentes historias: escritores, conversaciones librescas, entrevistas en programas de televisión, bibliotecas a punto de ser desmanteladas, poemas o libros como resortes del recuerdo: cuando Héctor, uno de los personajes, compra para regalo la poesía completa «en tapa dura» (sic) de Cavafis, ¿de qué edición se trata? ¿Espasa? ¿Pre-Textos?

Adentrarse en La noche de San Silvestre es hacerlo en un jardín, donde, en lugar de arrojar al lector a una selva salvaje, valga el epíteto, Bravo coloca una alfombra para pasear entre sus flores («las hojas de las acacias», «compendio de lirios», etc.), cuyos perfumes diversos aromatizan no solo esta decena de relatos, sino todas las publicaciones que Luis Bravo nos ha ofrecido hasta la fecha. Despedirse de estas piezas cotidianas cuesta menos una vez que uno ha reparado en que, si algo enseñan (sin querer, claro, porque poco interés posee para el autor lo moralizante), es a decir adiós, a veces a las personas, otras a la propia vida, las menos al carácter, porque, como saben bien estos cuentos, lo que se aleja siempre puede retomarse. Sentaos, pues, con ellos en las manos, ligeros, cotidianos y disfrutables como una conversación en un café.
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