Con este título ha publicado José Ramón Recuero un importante y muy documentado libro (Ed. Universidad Francisco de Vitoria, 2023). Empieza recordando que tanto Platón como Aristóteles subordinaron el bien propio o individual de la persona al bien común. La sociedad es el fin. Los individuos, o más exactamente, los escasos considerados como ciudadanos de pleno derecho, son medios para tal fin. Los esclavos y metecos, como el propio Aristoteles, serían como mucho medios de segunda clase para el engrandecimiento de la ciudad. La diferencia estaría en que para Platón sólo el gobernante conoce en concreto cuál es el bien común, mientras que Aristóteles concede que también los ciudadanos pueden conocerlo y darse cuenta así de que la felicidad de cada uno de los hombres es la misma que la de la ciudad” (Pag. 30). Esa era en efecto la mentalidad antigua, propia de las ciudades-estado en la Grecia clásica.
En rigor, más que de subordinación del bien individual al bien común, se trata de que propiamente sólo existe el bien común. El bien propio o privado de los individuos está incluido por definición en el bien común. El ciudadano es sólo una parte del todo constituido por la sociedad. Por sí mismo, no cuenta para nada.
El cristianismo implicó un giro copernicano. Las personas tienen un destino eterno. En cambio, la sociedad, o los colectivos humanos en general, se quedan en este mundo. La persona humana es responsable exclusiva del bien o el mal de sus acciones, y por eso responderá ante Dios de su conducta. Todo al revés de como pensaban Platón y Aristóteles. La sociedad es ahora un medio para el desarrollo de la persona en cuanto fin.
Tal giro copernicano fue entendido y asumido por los juristas que elaboraron el insigne Derecho Romano. Este se gestó cuando el cristianismo ya había penetrado profundamente en el Imperio Romano. Por eso, los colectivos humanos son vistos como personas jurídicas únicamente como una fictio iuris. No son propiamente personas. No hacen el bien o el mal y no tienen destino eterno. Sólo se los considera como personas a efectos jurídicos, para facilitar la convivencia entre las verdaderas personas.
Sin embargo, los filósofos o teóricos puros no fueros tan sagaces como los juristas romanos. Pesaba demasiado la autoridad de Platón y Aristóteles. De ahí la paradoja de afirmar todo lo contrario que éstos, pero conservando su terminología. En especial esto ocurre con la venerable expresión bien común (koinos agazon), que además es peligrosamente polisémica.
Santo Tomás de Aquino, por ejemplo, usa la expresión bien común en al menos tres sentidos distintos.
A.- Dios es el bien común del universo y todas sus partes. (“Questiones quodlibetales”, Ed. Marietti 1946, 1, 4, 3).
B.- La felicidad es una especie de bien común. (“Contra Gentes” III, 39).
C.- El bien común consiste en promover la vida virtuosa de la multitud. (“De Regimine principum”, I, 15)
Obviamente son inevitables los malentendidos a falta del sentido unívoco para la expresión bien común. A primera vista, el significado propio y preferible es el C. En cambio, los sentidos A y B son más bien derivados.
Por ello, Santo Tomás tuvo que precisar que el bien común es mejor que el privado, si son del mismo género, pero puede suceder que el buen privado sea mejor que el común en su género” (Pag. 56). Luego daremos una interpretación de este criterio, que el propio Santo Tomás no precisó más.
Recuero nos recuerda con abundantes citas que Domingo de Soto, Francisco de Vitoria, Fray Luis de León, Francisco Suárez y otros muchos doctores de Salamanca expusieron con todo detalle aquellas actividades que sólo podemos llevar a cabo en colaboración con los demás. La sociedad aparece entonces como beneficiada de modo inmediato y la persona de manera indirecta. Pero también describieron cuándo y cómo la persona se desarrolla por sí sola, con poca o nula necesidad de la sociedad. Igualmente dejaron en claro que en el más allá los colectivos humanos carecen de sentido, al contrario de la persona individual. Ni siquiera se mantendrá la distinción entre hombres y mujeres, como atestigua el propio Evangelio.
En resumen, para los salmanticenses la sociedad es claramente un medio para la persona en cuanto fin. La sociedad es para la persona. Justo al revés de lo que defendieron Platón y Aristóteles. Sin embargo, los salmanticenses tampoco abandonaron la terminología heredada de los dos grandes filósofos griegos, con lo que la confusión terminológica permanece incluso en nuestra época.
Piénsese, por ejemplo, en la frase La diosa Palas es el bien común de todos los atenienses, pronunciada en tiempos de Platón o Aristóteles. Todo el mundo la entendería en el sentido A de Santo Tomás. Negarla le costó la vida a Sócrates. Nada menos que de ahí viene el halo de prestigio intocable o casi sagrado, que siempre ha tenido y aún conserva la expresión bien común.
Por todo ello propongo una terminología nueva y basada en la noción de valor. Dios es el conjunto de todos los valores en sentido objetivo A. En sentido B, la felicidad consiste en esos mismos valores en su aspecto subjetivo. Sólo en sentido C cabe hablar del doble aspecto social y personal en la vivencia de los valores, que es el tema que nos ocupa.
Hay cuatro estratos de valores: economía, ética, estética y religión. Los suponemos dibujados en un plano como una pila, desde los valores económicos, los más bajos, hasta los religiosos, los más altos. La ética es el segundo estrato y la Estética el tercero.
La realización de cualquier valor enriquece tanto a la persona como a la sociedad. Igualmente, la violación de cualquier valor daña a la vez a la sociedad y a la persona. Lo que cambia es la proporción en ese beneficio o en ese perjuicio. Digamos que en Economía el impacto es 20% para la persona y 80% para la sociedad. En Etica el peso de lo social sigue siendo mayor que el de lo personal, pero se altera la proporción. Disminuye lo social y aumenta lo personal. Digamos 40% para la persona y 60% para la sociedad. Al pasar del deber ser-ético al estético se cambian las tornas. Pongamos en estética 60% para la persona y 40% para la
sociedad. Por último, en los valores religiosos el impacto sería al revés que en los económicos, 80% para la persona y 20% para la sociedad.
Si hemos apilado previamente los cuatros estratos axiológicos, lo anterior se visualiza con una línea inclinada o diagonal, que divide en dos el conjunto de todos los valores. En su mitad inferior -Economía y Etica- el impacto es mayor en lo social que en lo personal. En su mitad superior -Estética y Religión- lo personal prevalece sobre lo social.
No es posible ofrecer aquí este dibujo, porque el programa informático que usa el periódico no lo consiente. Pero es bien fácil de hacer. Denomino Segunda Ley Axiológica a esta preponderancia de lo social sobre lo personal en Economía y Etica, y de lo personal sobre lo social en Estética y Religión. Lo esencial es que, a medida que se asciende en la escala axiológica, aumenta progresivamente el peso de lo personal y disminuye la incidencia de lo social. Se visualiza así que la sociedad es un medio para la realización de la persona en cuanto fin.
Volviendo al lenguaje tomista, diríamos que en Economía y Etica el bien común y el privado son del mismo género y el peso de lo social es mayor que el de lo personal. En cambio, en Estética y Religión son de distinto género y prevalece el bien privado sobre el común.
Ya dijimos que cristianismo supuso un giro copernicano respecto a la mentalidad antigua. Era el caso de haber introducido una terminología distinta. En vez de insistir en el bien común, hubiera sido mejor decir bien personal. Pues la sociedad es para la persona y no al revés. La expresión bien personal debiera haber alcanzado el prestigio y la recepción generalizada de que goza hoy día la expresión bien común. El adjetivo común está siempre enfatizando, o al menos sugiriendo, que la sociedad es más importante que la persona. El adjetivo personal indica justo lo contrario. En mi opinión, los equívocos o malentendidos a que da lugar la polisémica expresión bien común desaparecerían, si se adoptase la terminología axiológica antes esbozada.
En el último capítulo Recuero concluye su muy documentado libro con numerosas citas de los Papas a partir de León XIII. En todas ellas aparece la expresión bien común, aunque no siempre en el mismo sentido. Por supuesto, estoy plenamente de acuerdo con la substancia o contenido de lo que dicen. Unicamente pongo reparos a cómo lo dicen. Hubiera podido esperarse que los autores que en nuestros días se declaran defensores del personalismo criticasen la materialidad de la expresión bien común, aunque compartan lo que se quiere indicar con ella. Pero curiosamente esa crítica no existe.
Por otra parte, en esas citas papales su repite que son 3 los conceptos que básicamente componen el bien común: la paz, obrar bien o rectitud de costumbres y que haya suficientes bienes (Pag. 158). Usando una terminología axiológica se puede ser más precisos y completos. En la Tabla de Valores Eticos que propongo se consideran 18 conceptos y no sólo 3. Y además expuestos de modo sistemático. (“Curso Completo sobre Valores Humanos”, Ed. Innovaética. Disponible también en Amazón como e-book). La mejor presentación de esa Tabla de Valores éticos u obligatorios la ha realizado el Prof. Francisco Cuellar, de Monterrey (México). Su dirección e-mail es [email protected].