Mi título copia el de un libro de Laín Entralgo, publicado en Barcelona en 1968. Yo no soy competente para hablar de política. Mi postura progresista se funda en el primer párrafo de la Política de Aristóteles (374-322 a. C.): “Podemos sostener que todas las asociaciones aspiran a algún bien, y podemos sostener igualmente que la polis, la asociación superior a todas y que las incluye a todas, perseguirá ese fin de la manera más decidida y aspirará a conseguir el más alto de todos los bienes”. La política-ética del Estagirita no concuerda con “el relato” mendaz predominante en nuestros días. Pero si no abarco los varios lados de la gestión de gobierno, he dedicado muchos años al estudio del pensamiento español y, por tanto, espero se encuentre razonable la reflexión histórica que sigue. Uno de los aspectos más extraños de la situación presente es que algunos políticos se permitan afirmar que España es “una nación de naciones” y tomen posturas sin atender a los grandes historiadores del pasado y a las directrices actuales de la Real Academia de la Historia. Desde luego: España es una nación en el sentido moderno de la palabra, resultado de la unión de “naciones” en el sentido que la misma palabra tenía en la Edad Media (las cuatro “naciones” de la Facultad de Artes en Paris) y todavía en el siglo XVII. Cuando don Quijote le describe a Sancho los caballeros y países que componen los ejércitos imaginados al oír los cencerros y balidos de los rebaños de ovejas, Cervantes comenta: “¡Válame Dios y cuántas provincias dijo, cuántas naciones nombró, dándole a cada una, con maravillosa presteza, los atributos que le pertenecían” (Quijote, I, 18). Aquí nación significa una colectividad identificable con rasgos comunes (¿qué rasgos son comunes a todos los miembros de una sociedad?) a todos sus miembros: “los atributos que les pertenecían”. En la última comedia que he leíde de Tirso de Molina: La villana de la Sagra, menciona las naciones gallega y andaluza; y no digamos Baltasar Gracián. Pero esas ideas de nación son pasado muerto.
En el sentido moderno cada nación europea se ha formado de manera diferente: Italia y Alemania eran naciones antes de unirse en un estado; pero otras naciones se han formado desde sus respectivos estados, y no al revés. El primer ejemplo y el más claro es Portugal. Alfonso Henríquez, conde de Portugal dentro del reino de León, ganó a los musulmanes la batalla de Oubrique en 1139 y se proclamó rey del Estado vecino. Como es notorio, los portugueses defendieron con ejemplar valentía su independencia, primero en la batalla de Aljubarrota (1385), y luego en 1640 con la rebelión del duque de Braganza, que separó definitivamente el país de España. Hoy Cataluña y el País Vasco reivindican el título de naciones, reclamando al mismo tiempo derechos del estado soberano que es España. La Constitución de 1978 llama a esas dos regiones “nacionalidades” frente al resto de la nación organizada en comunidades autónomas. Al proponerse el término nacionalidad en 1978, Cela y Julián Marías lo criticaron con vehemencia, advirtiendo que esa palabra, siendo totalmente ambigua, era una concesión peligrosa a los codiciosos independentistas, cuya intención final era separar a esas regiones de España. La visión de los dos intelectuales no pudo ser más acertada, como hemos visto durante varios años, con la sedición catalana de 2017 y la insistencia de algunos vascos en que las cortes reconozcan como nación a su región autónoma. Con esto los españoles, teniendo delante los problemas de la inmigración, la inflación, la deuda pública, las relaciones con Marruecos y el Sahara, el robo de territorio español en Gibraltar por parte de Inglaterra, y las guerras que nos afectan en Ucrania y Oriente Medio, estamos perdiendo el tiempo con las concesiones del gobierno a los separatistas para comprar sus votos. Cuentan que durante el reinado de Alfonso XIII el Conde de Romanones compraba los de la provincia de Guadalajara a dos pesetas, pero pagándolos de su fortuna. Ahora los votos de los separatistas nos cuestan miles de millones pagados con los impuestos de todos los contribuyentes. Frente a esta situación esperpéntica hay que afirmar: El País Vasco y Cataluña no son naciones ni lo han sido nunca, sino parte de España desde que Roma unificó Hispania durante tres siglos de persistente lucha. Y raya en lo absurdo la pretensión de los vascos de anexionarse Navarra. En todo caso, sería el “reino de navarra” que se asoció con Castilla en 1512, el que podría reclamar derechos sobre Euscadi y no al revés. Pero la historia de España y la falsedad de los separatistas es tan conocida, que no merece la pena repetir lo que todos sabemos y saben los fautores de la independencia. Ahora bien, la falacia separatista se puede diluir, no solo desde la realidad histórica sino desde un trasfondo más básico: los criterios desde los cuales se ha definido la nación.
Según mis conocimientos, la idea de nación se ha entendido desde cuatro criterios: primero, el teológico-metafísico: la identidad judía a través de los siglos en la diáspora y las persecuciones. Sin embargo, la nación judía no se fundamenta en cualidades específicas del pueblo hebreo, sino en un hecho histórico: la elección de Abraham por Dios, según Génesis, 12. En esta categoría quizá pueda situarse Polonia por la defensa de su identidad frente a las agresiones de sus vecinos. Segundo criterio, las “comunidades imaginadas”, fórmula utilizada en 1983 por el profesor Benedict Anderson, colega mío en la Universidad de Cornell. Anderson se refería a las naciones trazadas por las fronteras coloniales. Tercero, la “etnopsicología” o psicología de los pueblos, traducción del término alemán “Völkerpsychologie”. Esta noción fue acuñada en 1852 por Heymann Steinthal, y difundida por la Revista de etnopsicología y lingüística (1860-1890) de Steinthal y Moritz Lazarus, dos pensadores judíos que con su honrada propuesta dieron luego pábulo ideológico al nazismo. Todo el discurso sobre España de los escritores englobados en la Generación del 98 tiene como fundamento esa supuesta psicología étnica. El nacionalismo catalán y el vasco se fundaron en ese tipo de discurso (Lo catalanisme de Valentí Almirall es de 1886 y el PNV surge en 1895). Entonces acuña Sabino Arana el término Euskadi, que, según Unamuno, significaría “bosque de asfodelos” y es, por consiguiente, un término absurdo. De forma inocente o criminal la etnopsicología bordea siempre el racismo. Hoy los independentistas catalanes hablan del “pueblo catalán”, despreciando como “colonos” a los catalanes descendientes de los inmigrantes de toda España desde el fin de la guerra civil. Las lenguas cooficiales no pueden ser fundamento de identidad nacional porque en toda nuestra nación—incluidos el País Vasco y Cataluña--se habla “español”, la lengua que nos permite (y les permite) comunicarnos con 500 millones de hispanohablantes (Ver El amante bilingüe de Juan Marsé).
El cuarto criterio para entender el concepto de nación es la razón histórica. La razón histórica, siguiendo a Ortega y Gasset, es: 1) Como epistemología, el reconocimiento de que nuestro pensar está condicionado (el condicionamiento implica hacer una cosa posible, darle una dirección y, por consiguiente, limitarla en esa dirección frente a otras imaginables) por las posibilidades que nos ofrece nuestra sociedad. La razón comienza a pensar orientada y limitada dentro de un diálogo sobre los temas vigentes en cada momento, y en el tipo de discurso que aceptamos o negamos. Pero incluso cuando negamos el discurso vigente, nos condiciona, porque nos referimos a él. Y todavía más en concreto, razonamos siempre desde nuestro saber y nuestra ignorancia, y desde los modelos de pensamiento en los que insertamos el nuestro. 2) La razón histórica se trasciende a sí misma por su dimensión de autoconciencia, o sea, por su constitutiva dimensión autocrítica o de ironía. Este lado trascendente de la razón histórica es la razón pura. Ella sobrepasa el contexto que la condiciona, revirtiendo sobre él, y además responde a la llamada de lo desconocido. Si la razón estuviera por completo limitada a su contexto no podría imaginar nada nuevo y no existirían ni la poesía ni la ciencia. 3) La razón histórica despliega su doble dimensión (la condicionada y la pura o trascendente) en la comprensión crítica de los hechos. Por una parte, desde su lado puro condena el crimen de cualquier lugar y tiempo, y por otra, desde su inserción en contexto reconoce que todos los sucesos trascendentales, sean crímenes o creaciones heroicas, han marcado un rumbo ya innegable. Con esto no se lavan los crímenes, pero se les reconoce su papel en las reacciones que han suscitado. En la medida en que el pasado condiciona presente y futuro, los hechos marcan un rumbo que puede convertirlos en norma, solo superable por la dimensión autocrítica de la razón, o sea, por la razón pura. Por su doble faz de condicionada y trascendente, la razón es a la vez hija y madre de su tiempo. 4) Aplicando las breves observaciones teóricas a nuestro tema, las realidades colectivas no tienen alma, sino coordenadas y desarrollo de sus distintos elementos con distinto ritmo. Razón histórica es el esfuerzo de percibir con la mayor fidelidad el entramado de esas coordenadas y el ritmo de desarrollo de cada una en relación con todas las demás. Nosotros queremos entender la conciencia de la unidad de España desde su principio, y sus manifestaciones más visibles a través de los siglos. No hay más que una nación: España, y regiones autónomas englobadas en la única realidad históricamente conformada y en el único estado soberano. El Estado crea una historia compartida y unas referencias entre sus habitantes, que conforman y sostienen la unidad nacional. Pero la historia también se desarrolla desde un inicio: si los separatistas catalanes y vascos compran del gobierno actual su soberanía de estado, terminarán siendo estados y naciones, aunque no lo hayan sido en la historia heredada. Ante esta postura honrada contra el separatismo, frente a la política del actual gobierno hago mía la reacción de un intelectual admirable, trabajador ejemplar en la prensa y merecedor del próximo Premio Cervantes: “¡Qué asco!” (Luis María Ansón, El Imparcial, 5/4/2024).