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TRIBUNA

Jano, un dibujante de cine

Javier Mateo Hidalgo
miércoles 07 de agosto de 2024, 19:01h

Hace dos años, la cadena televisiva Cuatro emitía uno de los episodios del programa Volando voy, “conducido” por Jesús Calleja —desde su helicóptero y ya en tierra, por supuesto—. Una propuesta para la pequeña pantalla a elogiar por su función social y patrimonial: además de entretener y dar a conocer distintos lugares y su gente, pone en valor la cultura a través de sus tradiciones y gentes. En este caso, el programa se desplazaba hasta El Pallars Jussà (Lleida), una comarca del Pirineo catalán en la que algunos de sus habitantes muestran inquietudes bien interesantes. Uno de ellos, Sisco Farrás, había adquirido como coleccionista un antiguo cartel publicitario de cine y teatro espectacular —nunca mejor dicho— con unas medidas de noventa metros cuadrados. Atribuido al ilustrador barcelonés Ricardo Opisso, gracias a Calleja acabará siendo restaurado por otros vecinos del pueblo: los hermanos Jordi y Josep Castells, pintores escenográficos, y las hijas de uno de ellos —Marta y Nuria—. No sólo la obra sorprendía por sus dimensiones sino por la temática, donde podían observarse a distintos personajes de la década del pasado siglo XX paseando por un paisaje cuyos edificios representaban en parte a Madrid y a Barcelona. Al parecer, servía para hacer publicidad de una serie de productos que figuraban pintados, en los descansos de una función teatral o cinematográfica, cuando dicho telón bajaba para cubrir el escenario.

El cartel artesanal publicitario en España ha contado con una gran tradición, encargándose su realización a pintores de fama: desde el mentado Opisso a el madrileño Francisco Ortego —autor del famoso cartel para los chocolates Matías López— o Ramón Casas —célebres son los que realizó para anunciar el Anís del Mono—. Se seguía así la moda iniciada en Europa con artistas como el italiano Leonetto Cappiello, el checo Alphonse Mucha o los franceses Henri de Tolouse-Lautrec y Jules Chéret —este último considerado padre del cartel moderno—. Con el advenimiento del séptimo arte también surgieron prolíficos ilustradores de carteles para películas, como los madrileños César Fernández Ardavín “Vinfer” y Enrique Herreros, o los valencianos Josep Renau —realizador también de carteles propagandísticos durante la Guerra Civil— y José Peris Aragó. Será en la posguerra cuando surjan otros ilustradores cinematográficos como los catalanes Josep Soligó y Macario Gómez “Mac”, el conquense Cruz Novillo, el guadalareño José Montalbán o MCP —siglas hechas de las iniciales de los apellidos de Ramón Martí, Josep Clavé y Hernán Picó—. Pero, sobre todos ellos, destacará el madrileño Francisco Fernández-Zarza Pérez “Jano”; un seudónimo que tomó del protagonista de un serial que ideó en formato cómic con catorce años.

Como vemos, la vocación artística de Jano fue muy temprana; una vida dedicada al dibujo como diseño, bien para portadas de libros, cómics, espectáculos teatrales y, por supuesto, carteles cinematográficos. Sorprende que con una trayectoria tan extensa como prolífica y, por encima de esto, con su gran talento creativo y técnico, fuese originalmente un creador autodidacta. Con su bigote, gafas de sol y cigarro medio caído, su semblante será también inconfundible.

Actualmente, el Complejo el Águila —antiguas instalaciones de la famosa cervecería y uno de los ejemplos de arquitectura española industrial monumental solo a la altura de obras como la del matadero o la desaparecida perfumería Gal, en Moncloa— se ofrece una retrospectiva de Jano, comisariada por su hijo Víctor Zarza, profesor en la Universidad Complutense de Madrid. Durante mi licenciatura tuve la suerte de conocerle y tratar con él, aunque no tanto como me hubiera gustado.

En un punto de la visita a la muestra JANO. Medio siglo de carteles e ilustración, se puede leer una dedicatoria de Terenci Moix, auténtico mitómano de la fábrica de los sueños y admirador de la obra de Jano —un sentimiento que era mutuo—. Ambos se conocerían durante la Feria del Libro de Madrid de 1990. En ella, firmaba Moix su libro de memorias El peso de la paja, y Jano se acercó para adquirirlo y que se lo dedicara. En su rúbrica, Moix le agradecía haberle hecho soñar durante tantos años con sus imágenes. Una sensación que podemos suscribir quienes nos consideramos cinéfilos y hemos disfrutado de las creaciones de este gran autor desde nuestra afición e incluso coleccionismo de cartelería —prolongación lógica del interés por lo estético—. Moix también expresaba durante el encuentro: “me he comido películas muy malas por culpa de tus carteles”. Ese es el milagro de la obra de Jano, su capacidad para mejorar el producto gracias a su sensibilidad para sintetizar en una imagen todo un film, toda una historia e, incluso, idealizarlo. Es bien sabido que al público —al menos el de esa época— le llamaban la atención las películas previamente gracias a la promoción que se hacía de ellas a través de la carteleras, los programas de mano, afiches y demás productos que servían de extensión o información al título a proyectar.

Jano llegó a pintar algunos de esos efímeros carteles de gran tamaño destinados a las grandes fachadas de los cines de la Gran Vía, durante la primera mitad de los años cincuenta. Incluso ideó el cartel de una película inexistente: Flor en la sombra, film inventado por Víctor Erice para su largometraje El sur (1984). De entre los que han quedado para la posteridad salidos de su pincel, el realizado para Surcos (José Antonio Nieves Conde, 1951), por la fuerza simbólica de la imagen —en ella, un hombre de traje aparece por encima de los edificios de la gran ciudad para atrapar a la gente del campo que emigra para trabajar en la capital—. Otros serán igual de icónicos y, por tanto, reconocibles para el público cinéfilo: Gilda (Charles Vidor, 1946), ¡Bienvenido, Mr. Marshall! (Luis García Berlanga, 1953), Centauros del desierto (John Ford, 1956), Atraco a las tres (José María Forqué, 1962) o La ciudad no es para mí (Pedro Lazaga, 1966). A lo largo del recorrido plástico se apreciará una clara evolución estética, marcada por los nuevos tiempos y la capacidad de síntesis estilística del autor.

Del mismo modo, en la exposición se pueden visionar obras bien interesantes y desconocidas, como el primer ejemplo de dibujo cinematográfico realizado por Jano: un retrato de Gary Cooper hecho cuando contaba con 15 años. También el primer retrato fílmico que le valió su primer trabajo, en este caso de Jorge Negrete, para la reposición de uno de los films que el mexicano protagonizó: ¡Ay, Jalisco, no te rajes! (1947). En él ya se encuentra presente la imagen realista y la caricaturesca, algo bien reconocible en la carteleria de Jano. De esta última faceta destaca también la colección de retratos cinematográficos caricaturizados que realizó para su propio disfrute personal y que pueden contemplarse igualmente en la retrospectiva. Entre los elegidos, Elizabeth Taylor, Charles Chaplin, Greta Garbo, Clark Gable, Bette Davis, Rodolfo Valentino o Marlene Dietrich.

También se advierten casos curiosos, como el doble cartel pre y post censura de Chica fácil al servicio del público (Italo Zingarelli, 1970), en el que Jano debió borrar unos billetes pintados que sostenía la protagonista del film —para evitar la alusión a su condición de prostituta—, cambiando con ello la actitud del personaje, que finalmente parecía llamar al público con su dedo.

Junto a su faceta más conocida como cartelista de cine, no resultan nada despreciables sus ilustraciones para portadas de libros —eso sí, siempre de un claro estilo cinematográfico, seguramente solicitado a propósito por los propios editores aprovechando el gancho fílmico del dibujante—. De entre ellas destacamos la portada de una novela del Oeste: El asesino de su pasado de John Lack (1963). Para su realización, Jano recurrió a sí mismo como modelo, fotografiándose ataviado con sombrero de cowboy y guiñando un ojo mientras apuntaba con un revólver a cámara. Corresponde a la época de sus ilustraciones para novelas como las de El Coyote de José Mallorquí. La mencionada fotografía inspiradora se exhibe también. En este sentido, los materiales aportados en la exposición como recursos inspiradores para el artista acercan al público los procesos creativos, haciéndolos más comprensibles. También habrá espacio para la carteleras de diversos espectáculos teatrales, donde también Jano colaboró: musicales —un concierto de Raphael (1979)—, humorísticos —una función de Tony Leblanc (1971)—, circenses —Circo Atlas (1966), Circo Americano (1971), Circo Price (1973), una imagen promocional de Fofito (1985)— o revistas de Lina Morgan —Celeste… no es un color (1991)—.

Finalmente, el público podrá disfrutar de unas imágenes que Jano realizó en acuarela y gouache entre los años setenta y ochenta, en homenaje al Madrid castizo perdido de principios del s. XX: niños jugando a la pídola en la plaza de Santa Ana, estampas del Rastro madrileño, una familia a la puerta de su casa —probablemente una corrala— “a la fresca” durante el verano, un quiosco en la calle de Alcalá o un guardia y un soldado observando tender a una lavandera del Manzanares.

La retrospectiva se completa con obras ajenas a la mano de Jano pero fundamentales para comprender su mundo. Despuntan los dibujos coleccionados de personas a quienes admiraba y que sin duda influyeron en su formación, como el taurómaco Antonio Casero —recordemos que los apuntes caricaturescos a modo de sainete que hizo Jano podían ser un eco de los realizados por Casero para ¡Aquel Madrid…! de “Chispero” (1944)—, Salvador Bartolozzi, Antonio Mingote, Lorenzo Goñi o el mencionado Opisso. Con este cierre de círculo completamos la esfera terráqueo-biográfica o atlas de Jano, encerrada en esta Biblioteca Regional de Madrid.

¡Y recuerden! La exposición podrá visitarse hasta el 15 de septiembre.

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