Espero que bajo este calor abrasador me tolere, querido lector, esta apresurada meditación sin pretensiones, esta simple consideración apresurada. Admítalo como otro de los asombrosos efectos del cambio climático.
Es una pregunta antigua la que inquiere por el modo en que se nutren los cuadros de todo tipo de instituciones, pero muy especialmente del Estado. ¿Cómo es posible que alcancen el lugar del mando los sujetos que tenemos allí instalados? Algunos denostarán el procedimiento electoral, otros la calidad de los electores o aludirán, por fin, a las condiciones del político profesional en el seno de los partidos...
Pero el problema excede el terreno político. Otros ámbitos parecen padecer análogo mal, pienso en la empresa o en la academia y no parece que la situación sea otra. ¿Es más bien la atracción que las posiciones de dominio ejercen sobre los incapaces? Mustios eunucos se elevan a cualquier pedestal, por pequeño que resulte, para satisfacer una resentida ambición. Un amigo repetía un refrán popular que dice “si quieres conocer a Manolillo dale un carguillo”. Habría que dedicar un tiempo al estudio de la atracción que el poder ejerce sobre el impotente.
Es evidente que la esterilidad de una vida en la inopia ya constituye razón suficiente de esa inclinación: como si el poder se extendiera por vasos comunicantes, de los lugares de los que mana a esos recipientes vacíos. El que posee poder por sí mismo, el que es capaz o hábil, ve a su altura al que ostenta el cargo, elevado a ese nivel únicamente por la presión que el lugar ejerce. El pobre desgraciado se esforzará por aparentar unos méritos de los que carece, se esforzará por impostarlos o fingirlos. Querrá ser atleta, estratega o médico, financiero, fontanero o abogado cuando no es más que político profesional, detentador del cargo, electa señoría.
En instituciones privadas, cuya existencia exige una pericia mínima, también encuentran sitio los incapaces, aunque parecería que su densidad debiera estar limitada si no se quiere poner en riesgo a la propia institución. No es que el Estado no peligre por saturación de incompetentes, pero es soportado por el conjunto de la sociedad que se verá, una y otra vez, forzada a sostener su caída.
Por lo demás, la socialdemocracia que ha conformado Europa desde la postguerra mundial supone que el Estado haya teñido el entero orden social, creando una suerte democracia totalitaria que es el paraíso de la inepcia. Así las cosas, todas las instituciones acaban padeciendo esta invasión de la ignorancia y la incompetencia. Es patente la connivencia entre el poder político y la academia, entre las agencias oficiales y los titulares del saber acreditado, por no hablar de la simbiosis entre medios y partidos: disculpen esta terminología que siempre alude a parcialidades y banderías.
El viejo sistema del funcionariado, que tenía tras de sí la idea republicana de la meritocracia, hace tiempo que fue tomado y ahora se hacen los funcionarios de la voluntad del político, que liquida los restos del viejo sistema del mérito. La burocracia y el funcionariado son ya hoy una extensión del poder que administra el inepto. Es evidente en la fiebre titular: multitudes de acreditados por agencias oficiales, portadores de certificados y documentos, que dan fe de la inopia en su esfuerzo por cubrir de papeles el vacío. No en vano los garantes son siempre agencias oficiales, cargos titulares dispuestos por el señor de todo esto, por el gran poderoso que, presuntamente cubierto de brillantes y seda fina, no logra esconder su lamentable desnudo.
Es así como resulta poderoso el impotente, pero a pesar de envolverse en el oropel del cargo carece de suyo de capacidad, su poder es advenido o externo, es sólo un disfraz. Sus actos serán todos teatrales, su acción es siempre gratuita porque actúa a beneficio de inventario sin comprometerse jamás en profundidad porque, ante las consecuencias, siempre dispone de la posibilidad del cese. Última posibilidad que, desde luego, el inútil tratará de evitarse.
Sólo el que es operativo, capaz o hábil, el que ejecuta sus potencias o posibilidades queda satisfecho en su mismo ejercicio y no precisa ser encumbrado por membretes o secretarías a su nombre. Su número menguante indica un riesgo cierto. En el terreno de la educación, por ejemplo, la situación es ya de morbosa ruina, los centros educativos son surtidores de la inopia oculta bajo novedades pedagógicas y recursos tecnológicos que difunden un masivo estado de pasmo.
Añádase que el juego electoral – tan parecido al mercado de birlibirloque – permite medrar al trilero con asombrosa facilidad. Éste, una vez ganada la posición, tendrá el mayor interés en multiplicar el número de los idiotas que son condición de su propio éxito. La tendencia a la cátedra, la inclinación al mando y la gestión, el impulso director esconde, finalmente, una búsqueda ansiosa de dinero. El dinero es, al fin y al cabo, el elemento indeterminado o la condición meramente cuantitativa del poder. Los gerifaltes del presente no conocen otra cosa que el poder y nada admiran más que el poder abstracto del dinero. La mera potencia sin realización, irreal o virtual, la sustancia de la pura potencialidad, la ilusión de una verdadera capacidad.
¿Cómo reconquistar las aptitudes y capacidades que nos han burlado? ¿cómo volver al trabajo real y al mundo de las cosas ciertas? ¿cómo recuperar el sentido del esfuerzo, la fortaleza y el carácter que hemos ido cediendo durante tanto tiempo? Recuperar modos de enseñanza ajenos a la industria educativa, abandonar la universidad, arrojar el televisor, cerrar las pantallas. Fundar la vida en modos verdaderamente humanos de comunicación. Desobedecer al soberbio señor de la nada.
Pero, permita querido lector, que todo esto quede fuera de esta sumaria consideración bajo la canícula inclemente.