En su segundo intento por ganar la presidencia de la Unión, Donald Trump parece estar siendo presentado más como un fantasma de Halloween que como el destructor en modo de vuela trenes de la democracia de Estados Unidos. Sin demeritar la dimensión de sus aliados de la derecha y la ultraderecha, Trump se aparece sólo como un producto típico de las contradicciones sociales de un sistema productivo que ha polarizado a la sociedad entre beneficiarios y sacrificados de la riqueza.
Es probable que Trump sea todo lo que dicen que es; sin embargo, ya estuvo cuatro años en la presidencia, tomó decisiones que cambiaron un poco la dinámica del papel imperial de la Casa Blanca y sólo generó conflictos y disturbios cuando empujó el 6 de enero del 2020 a sus seguidores a tomar por asalto el Capitolio --centro de la democracia americana, para unos, pero considerado como el pantano del capitalismo, para otros--.
Desde fuera de la sociedad estadounidense, Trump no es considerado una anomalía política ni democrática, sino producto de las dinámicas del desarrollo de las fuerzas sociales, ideológicas y de producción. EEUU ya tuvo un ultraderechista que no hizo más que consolidar la fuerza del imperio con decisiones militaristas que destruyeron la viabilidad económica de la Unión Soviética; Ronald Reagan. Trump, en su primer periodo, nada más reajustó algunas formas de los derechos sociales de las minorías raciales y sexuales, pero Estados Unidos siguió siendo el mismo imperio de siempre del 2017 al 2020.
Eso sí, el carácter atrabancado, el racismo vulgar, las decisiones en tono brutal y todas formas del comportamiento del poder causaron estragos en los aliados, pero en el fondo Trump no hizo nada que no hubiera hecho antes cualquier otro de los presidentes, inclusive algunos tan carismáticos como Kennedy pero tan imperialista que profundizó la guerra en Vietnam, autorizó la invasión contra Cuba y aprobó asesinatos de líderes extranjeros, pero con un carisma que lo hizo pasar a la historia como un presidente social.
La configuración y funcionamiento del poder imperial de la Casa Blanca tienen sus reglas del juego que estarían impidiendo Nerones en el poder. En caso de ganar las elecciones, Trump será --en el lenguaje político americano-- un pato cojo o un político sin expectativas porque ya no podría reelegirse para un tercer periodo y su vicepresidente y candidato a sucesor. J. D. Vance, es una figura menor y con poca capacidad de crecimiento político.
Esto no quiere decir que no exista un proyecto de revolución conservadora ultra radical. Se trata del llamado Proyecto de Transición Presidencial 2025 definido en casi mil páginas por lo que sería el think tank central de la ultraderecha americana: la Fundación Heritage, fundada en 1973 y proyectada en 1980 como el centro de pensamiento de la derecha en Estados Unidos por su alianza con Reagan. El proyecto de Heritage fue conjuntado por 100 de los más importantes centros de producción de pensamiento conservador en EEUU y el documento está redactado --hay que reconocerlo-- con seriedad y profundidad.
Pero por la dimensión de la contrarrevolución conservadora integral y el papel que estaría llamado a jugar Trump en ese movimiento ideológico, la primera conclusión señala que el candidato republicano no tiene la más mínima representatividad para una tarea de esas magnitudes y que al final de cuentas una contrarrevolución comienza con un pronunciamiento ideológico pero se fundamenta en la necesidad inevitable de que exista una estructura política de masas partidistas y de poder con capacidad mayoritaria para reorganizar todo el poder del imperio.
Y ahí comienzan los problemas. Trump tomó por asalto a la candidatura republicana en función de una nueva ola de movilización mediática y personal, justo en la coyuntura en que los demócratas estaban comprometidos a mantener la candidatura del presidente Joseph Biden, a pesar de las pruebas contundentes de su incapacidad mental siquiera para terminar los últimos meses de su mandato. La nominación de Kamala Harris le quitó la mitad del escenario político a Trump y con ello le redujo ya no se diga la posibilidad sino la suposición de que Trump llegue a la Casa Blanca para encabezar una contrarrevolución total y totalizadora de Estados Unidos, en medio de tensiones internas y de una falta de liderazgo internacional del propio Trump.
La lectura del Proyecto 2025 permite entender que una revolución conservadora requiere de una estructura política que rebasa con mucho las posibilidades de ejercicio del poder de Donald Trump. En los hechos, Trump es un empresario antiestado, un hombre de negocios fáciles, un político mediático y desde luego una figura conservadora que proviene del puritanismo del siglo XVI inglés que arribó América del norte a finales de ese milenio.
Y puestos a desafíos de largo plazo, el modelo político-económico-ideológico de Estados Unidos no está basado en una ideología propiamente conservadora --es decir, de valores integrales-- sino que se ha reducido a un mercantilismo concentrado en el de ingreso en los propietarios de los medios de producción a costa de la extracción de recursos de las mayorías no propietarias dentro de su país y desde luego de otras naciones que los poseen.
Si Trump ganará las elecciones, su segundo período sería de satisfacción personal, con algunas decisiones conservadoras, con un racismo de corto plazo que no sabe qué hacer con los migrantes y con una sociedad confrontada consigo misma por razones ideológicas, pero a partir del hecho real de que la mitad de la sociedad política de EEUU está apoyando a Trump frente a la otra mitad que no propone un proyecto concreto sino que solo define un modelo de oposición a Trump.
Al final, Trump es una amenaza para los estadounidenses, no para la democracia.
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