Como mayoría poblacional, las mujeres en México comenzaron a incursionar en altas posiciones de la política apenas hacia los años setenta. Hoy, la Suprema Corte de Justicia, la próxima presidencia de la república y un buen número de las 32 gubernaturas estatales están en manos de mujeres. Sin embargo, el tono, el ritmo y la dimensión de la política sigue estando definida por hombres.
En términos estrictos, “la” política es femenina y “el” poder es masculino. La ministra presidenta de la Corte mexicana, Norma Piña Hernández, popularizó el criterio de que su nombramiento como jefa del Poder Judicial había roto el techo de cristal de las limitaciones del poder masculino; sin embargo, sus comportamientos erráticos generaron reacciones del poder y el gobierno lopezobradorista --con López Obrador y su sucesora Claudia Sheinbaum Pardo-- están proponiendo la reorganización total del sector y la ministra presidenta tendrá que abandonar el cargo ante la disolución de la estructura actual del judicial.
La hoy presidenta electa de México jurará el cargo en el Parlamento el próximo 1 de octubre y será la primera mujer en llegar a la máxima posición ejecutiva del país desde que México se declaró independiente en 1810 y juró la nueva Constitución federal y republicana en 1824. Es la primera mujer, también, que gana las elecciones presidenciales, registrando el hecho de que otras mujeres habían sido candidatas por diferentes partidos. La primera candidata presidencial mujer fue Rosario Ibarra de Piedra, una de las disidentes más combativas contra el autoritarismo presidencial priista y estatista, encabezó la denuncia contra la represión de los llamados años de la guerra sucia en que se reprimió de manera ilegal a la oposición en los años sesenta, setenta y ochenta y recibió la candidatura del Partido Revolucionario de los Trabajadores --de la izquierda trotskista-- en 1988.
Las victorias de las mujeres en posiciones políticas son, desde luego, para celebrar y marcar hitos, pero se debe aclarar que una cosa es la condición de género y otra que los comportamientos políticos y de poder de las funcionarias pocas veces cambian las reglas del juego público. Se puede afirmar que “la” política es femenina y “el” poder es masculino y que al final de cuentas el poder es el que determina el funcionamiento de la política.
Con mucha facilidad se dice que se hace historia cuando se enfrentan situaciones que parecían inviables, pero hay que esperar resultados para saber si lo que se dijo que era histórico no quedó más que en un par de líneas en el récord de Guinness. En 2008, el candidato afroamericano Barack Obama navegó contracorriente para buscar la presidencia de la nación que sigue hasta la fecha teniendo las heridas abiertas de la guerra civil entre antiesclavistas afroamericanos y racistas puritanos. Obama ganó las elecciones, gobernó dos periodos de cuatro años y el saldo fue la decepción de las comunidades afroamericanas y de migrantes marginadas, y la sociedad lo castigó eligiendo su sucesor nada menos que a Donald Trump, su antítesis.
La política inglesa Margaret Thatcher rompió el techo del cristal en una sociedad cuya reina era mujer y cuya historia monárquica mostró batallas históricas cuando los machistas reyes forzosamente debían tener hijos hombres. Pero como la señora Thatcher era radical de derecha, fundadora del neoliberalismo europeo y ejercía un poder con lo que parecía un puño masculino, nadie le reconoció como victoria feminista.
A partir del hecho que es desde luego un suceso histórico que una mujer haya ganado las elecciones presidenciales en México con casi el 60% de los votos presidenciales --algo que no se veía desde 1982--, de todos modos hay que analizar con la frialdad de los hechos si existe en realidad un comportamiento de género en el ejercicio del poder. No basta con ser mujer ni con designar mayoría de colaboradoras de ese género, sino que es de esperarse una sensibilidad femenina en el ejercicio de “el” poder que es masculino en tanto que la disputa entre los protagonistas de la política no distingue entre hombres y mujeres.
La política y el poder se miden por los resultados, pero también por los métodos en cuanto a sensibilidades humanas. La principal prueba de que la presidenta Sheinbaum habría roto el techo de cristal va a radicar en su declaración de autonomía e independencia del dominio político, de grupo y de proyecto del presidente López Obrador, quien termina su período de gobierno el último día de septiembre y ya anunció que se iría a radicar a su rancho --que se llama con un nombre de la picaresca mexicana como “La Chingada”, un adjetivo que ya fue analizado como parte de la cultura del ser mexicano por Octavio Paz--, y que no tendrá redes cibernéticas ni red presidencial.
La carrera política de la presidenta Sheinbaum ha estado relacionada de manera directa con López Obrador: fue su secretaria de medio ambiente en la Jefatura de gobierno de la Ciudad de México (2000-2005), jefa política de la delegación Tlalpan en la capital de la República y cuarta jefa electa de gobierno en la misma capital. Participó en el juego abierto que abrió el presidente con varios precandidatos para elegir dentro de su partido al abanderado presidencial, pero nunca se pudo ocultar que haya sido desde el principio la preferida y por tanto la precandidata ganadora.
En su historia política, la presidenta Sheinbaum ha tenido una militancia de izquierda universitaria, que en lo general tuvo cierto tipo de relaciones políticas indirectas con el Partido Comunista Mexicano. Es doctora en física, estudió en Estados Unidos y participó un grupo de investigación que ganó el premio Nobel de Física. No ha escrito ningún texto que aclare su filiación político-ideológica, pero se le puede considerar como de izquierda moderada más en el ámbito del viejo populismo mexicano cardenista que de tintes socialistas.
Lo que va a definir el ejercicio de “la” política de la próxima presidenta es el ejercicio de “el” poder político, es decir, la diferencia entre el corazón y el puño.
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