Granada, último tramo del estío, calle de la poesía y los sueños, el cante jondo y el lamento de una guitarra perdido en la noche. Los corseletes escoceses y el rumor de las colas se agitan entre bambalinas. Todas las localidades vendidas. Ir a visitar a Federico García Lorca de la mano de la actriz y bailarina Patricia Guerrero y del dramaturgo Alberto Conejero en el marco del ciclo “Lorca y Granada en los Jardines del Generalife” es una epifanía sacra, siendo como es obra profana esta Mariana Pineda. Romance popular en tres estampas, en una nueva producción del Ballet Flamenco de Andalucía con la colaboración del Ayuntamiento de Granada. Porque la historia de la heroína de la resistencia contra el absolutismo le llamó la atención poderosamente al poeta del cante jondo: la bandera bordada con las palabras Libertad, Igualdad y Ley por las vecinas del Albaicín simboliza el espíritu lorquiano acaso mejor que ningún otro hecho histórico, así como el sacrifico ulterior de su heroína, ejecutada a los 26 años bajo pena de garrote vil en plena Década Ominosa.
El drama fue representado por primera vez en 1927 por Margarita Xirgu en el Teatro Goya de Barcelona: allí, la pasión y muerte de Mariana Rafaela Gila Judas Tadea Francisca de Paula Benita Bernarda Cecilia de Pineda Muñoz (1804-1831) encendió al público, al igual que el que ha venido acudiendo las noches agosteñas al rumor del caño andalusí, en el formidable auditorio del Generalife, acaso último refugio de imaginación y sensibilidad frente a los ardores, y se han encontrado –nos hemos encontrado– con la fuerza palpitante de Patricia Guerrero, perfecta y pasional en su ejecución de la protomártir española más célebre, leyenda viva ya en el momento de su martirio en el Campo del Triunfo, que afrontó la llegada de una Parca monárquica y tirana con entereza dignísima y un toque de elegancia coqueta –pidió ante el verdugo que no le quitasen las ligas para no morir en el patíbulo con las medias caídas–. Guerrero se transmuta en Mariana y recorre entre cipreses y cárceles, garzas y palomas de bailaoras y bailaores, aquella Granada opresiva, controlada por su alcalde del crimen, Alfonso Losa, extraordinario artista al que acompañan el gesto severo y el rigor sañudo e implacable en la ejecución de sus actos. Hasta el sutil erotismo en la caputura de su perseguida se desliza por sus manos cuando consigue ataparla –dicen las malas lenguas que actuó contra Mariana por despecho–. Estalla la escena de la batalla del Albaicín, coreografiada por La Venidera, con una fuerza imparable entre galanes y hojas, como bronces que la brisa nocturnal toma.
Extraordinaria resulta también la dirección musical Dani de Morón y Agustín Diassera, con los músicos, al fin, vueltos hacia el escenario, acompasando la partitura con los movimientos de los bailaores, pañuelos y volantes de blonda, y el cante y los versos rubricados por Lorca ajustado y acompasado a la peripecia de los protagonistas: la filigrana musical de Diassera y De Morón se completa con el arte de David Chupete y Sergio “el Colorao”, que cantan el sacrificio de las flores de cuchillo y los disparos de mosquete. El trío clásico de Manuel Busto espolea el grito y la hoguera con los clarinetes, el violín y el violonchelo.
Escribe Alberto Conejero, genio discreto de nuestra escena contemporánea, en las cotaciones del libreto que las mujeres del Albaicín cantan el romance de Mariana con orgullo antiguo y sereno, mientras los susurros esperanzados de ley, libertad e igualdad recorren las calles de la ciudad. Y añade que el joven Fernando, “muy joven” –sentido Hugo Aguilar–, al que no le corresponde, estaba enamoradísimo de Mariana. El drama que es ballet nos cueta la historia ya eterna, como escribe Conejero, de una muchacha que en el cadalso, en el segundo previo a su muerte, nos mira por última vez; la escena de la ejecución, elegantísima, representada por el cambio del vestido, del rojo de la sangre al albo de los espíritus, supone un cierre glorioso a una obra que ha traído de nuevo a Lorca a sus amados jardines, de los que, por supuesto, no ha partido jamás: “¡Ay, qué oscura está la Alhambra! / ¿A dónde irán las manolas? / Mientras sufren en la umbría / el surtidor y la rosa?”.