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TRIBUNA

Democracia de entrambos mares

lunes 02 de septiembre de 2024, 19:55h

La UE ha concluido un empate en las últimas elecciones en Venezuela. Si no ha vencido Maduro, pero tampoco la oposición, parece que ha debido producirse un empate. Son finos nuestros señores europeos. Nadie duda de que el gobierno español es el mediador privilegiado de la UE en cuestiones hispanoamericanas, nadie duda de que las conclusiones de la UE son susurradas por un gobierno cuyo agente más conocido no habla públicamente, pero se deja oír en los lugares de decisión. El ínclito expresidente y junto a él también inversores, profesores y señorías: los prohombres del progreso han decidido que las elecciones no tienen valor porque la muchedumbre no ha votado correctamente. Acepten tablas y nueva partida.

Que detrás de esas esclarecedoras conclusiones actúan las élites socioeconómicas que abanderan expresidentes o altos directivos no es añadir gran cosa a nuestro entendimiento de la situación. El gobierno es siempre ejercido por una oligarquía, pese a que todavía quede algún ingenuo que pretenda que la democracia es gobierno de mayorías o vea danzar, en las noches de luna grande, al fantasma de la vieja voluntad popular.

Una cuestión de mayor interés es la que pregunta por los objetivos de las élites europeas que han llegado a tan pasmosa conclusión. ¿Qué objetivo persigue esa burocracia que quiere nadar y guardar la ropa? Programan, sin duda, beneficios con uno u otro de los litigantes y hacen sus apuestas. Los profesores que adoran a Maduro, o los expresidentes que le hacen la corte, representantes nominales del socialismo postmoderno de nuestros días: ¿qué intereses defienden? No cabe duda de que obtienen un beneficio inmediato y personal de su actividad, de que medran en los cuadros de ese socialismo de la democracia sustantiva en la que las elecciones son innecesarias. Frente a ellos se sitúa, por otra parte, el modelo del mundo libre, del juego económico abierto y la sacralización del método electoral. Así son las cosas, si no nos satisface elegir entre lo malo y lo peor debemos dar la espalda a la política.

No sólo por atención a las formas preferiría que el televisivo presidente venezolano empezara a gozar su jubilación dorada. La victoria de la oposición significaría para la mayoría de la población una pronta recuperación económica y un retorno a los modos, convertidos en legítimos por la oligarquía político-económica que ostenta la hegemonía en el occidente de nuestros días. Esto se dice del corto plazo, porque en el medio o el largo plazo las previsiones tienen siempre un matiz profético que prefiero ahorrarme.

Se notará que no hay entusiasmo en mis palabras, tan sólo un inclinación por la oposición acaso sólo derivada de su condición de tal. Una vaga preferencia por los perseguidos y humillados que desaparece tan pronto como resultan exaltados o elevados al mando.

En cualquier caso, no me gusta estar en misa y repicando. Si participas del juego electoral has de afrontar el riesgo del resultado y si no participas tendrás que arrostrar las consecuencias, no sólo propagandísticas, de estar fuera del horizonte ideológico de nuestro tiempo. Si se mantienen las apariencias en ese juego importa poco el resultado, siempre que la economía nacional mantenga su equilibrio y la explotación de los recursos sacie a las fuerzas enfrentadas. En un país con la riqueza de Venezuela, especialmente su caudal petrolífero, no es fácil mantener el equilibrio. Es la maldición de la riqueza: cuando no se tiene el poder de defenderla atrae al predador: patrio o foráneo. La posición de la UE es la del depredador que se mantiene en una completa quietud a punto de ejecutar el salto sobre la presa y no permite que nada conmueva su atención. Cualquier gesto delataría su intención y frustraría su operación.

Los opositores perseguidos que arriesgan su vida tienen una dignidad de la que carece el prócer del micrófono tronante, pero es la dignidad del derrotado o del vencido. Entiéndase bien que no es el vencido en el sucio juego electoral: es casi seguro que las actas que se ocultan declaran su victoria, pero para hacerlas visibles tendrán que vencer primero. Sólo después las actas validarán su victoria, porque - cuando el equilibrio se ha roto – es patente el carácter insustancial del juego electoral que ya no significa nada. La batalla se libra en otro lado, siempre fuera del foco de luz, en el lugar en el que actúan las oligarquías enfrentadas. Una vez concluida esa batalla, las actas electorales cubrirán con el manto de la legitimidad a la opinión triunfante. Y a esto llamamos hoy democracia a un lado y al otro de la mar oceana.

Fernando Muñoz

Doctor en Filosofía y Sociología

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