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TRIBUNA

El cordón sanitario de Macron y la excepción sanchista

domingo 08 de septiembre de 2024, 18:32h

Salvo error u omisión, como suelen decir cautelarmente los académicos aunque no sean juristas, España es el único caso en que, desde acabada la guerra mundial, ha gobernado la extrema izquierda. El sanchismo ha conseguido ser la primera fuerza parlamentaria de la UE en romper el cordón sanitario europeo para impedir que la extrema izquierda llegue al poder, sea dicho lo del “cordón sanitario” para usar la jerga usada en política como freno retórico contra la extrema derecha. La excepción española lo ha admitido solo muy recientemente, cuando Sánchez, para conseguir gobernar, se prestó a incorporar a su gabinete al extremismo populista de Podemos, transfiguración del comunismo tradicional para sortear la extinción. Para que no quedaran dudas elevó a Bildu al rango de socio.

En Europa no ha habido gobiernos con la extrema izquierda, ni parece que pueda haberlo en un futuro próximo después del nombramiento como Primer Ministro de Michel Barnier en Francia. Es todo un síntoma de por donde van los tiros. La propaganda sanchista ha intentado habituar al electorado hispano a que el problema español es el mismo que el europeo. Su argumento es simplista: si en Europa la ultraderecha es un problema, en España el problema no puede ser distinto. No solo no es cierto, sino que además comienza a despejarse una senda de distensión a la que Macron acaba de dar su espaldarazo.

La izquierda francesa ha vivido dos meses del espejismo de la segunda vuelta, y Macron no ha tenido más remedio que darse un baño de realidad. Sea cual sea el porvenir de Barnier como primer ministro, la decisión del Presidente de la República despeja el rumbo de la política europea, en general, y de la francesa, en particular. Francia nunca dejó entrar a la extrema izquierda en sus gobiernos. Malraux se hizo gaullista para pasar a ser ministro de De Gaulle. En Europa no ha habido un problema de ultraizquierda porque el Partido Comunista no entraba en los cómputos europeístas, ni en Francia ni en Alemania, ni en el retos la la Unión ni en el Reino Unido, ahora fuera de ella, ni en los países nórdicos. Francia se ha planteado por vez primera lo que en Europa nunca pasó a ser, por inconcebible, un problema. Un gobierno a la española es impensable, un gobierno como el sanchista donde un partido socialista asume un pacto con la ultra izquierda no tiene cabida. Macron lo ha tenido muy claro y ha aplicado la táctica del cordón sanitario que ha sido la normal en toda Europa desde la Segunda Guerra Mundial.

Es un serio aviso para el sanchismo que pierde un importante reclamo electoral. La decisión de Macron hay que situarla, además, como un nuevo paso en la dirección que va marcando el escenario europeo del acercamiento a la moderación de una extrema derecha que comienza a estabilizarse para llegar a ser una opción política consistente. Puede ser peligroso, pero sin duda es menos arriesgado que el rumbo emprendido en España por el sanchismo con la complacencia de una prensa progresista empeñada en blanquear el populismo izquierdista y disimular que el de Sánchez es un gobierno de extrema izquierda anticonstitucional. Todo sea por mantener la falta de escrúpulos en el sillón.

No se trata ya meramente de que la extrema derecha sea un peligro, se trata de que, cuando el peligro llama a las puertas de casa, si hay que elegir entre extrema derecha y extrema izquierda, es esta la que queda fuera de la liza. El progresismo oculta la razón de esta exclusión: el comunismo nunca entró en el terreno de juego europeo y, por tanto, su inexistencia no podía entenderse como una opción peligrosa.

Ese ha sido siempre el mensaje de la tradición europeísta. Ahora, cuando las tornas cambian y obligan a elegir entre uno u otro extremo, lo que se blanquea y se apacigua en Europa es la extrema derecha, no la extrema izquierda. Sin embargo, en España el sanchismo ha conseguido el endoso político en la letra de cambio del populismo ideada por Iglesias. Ha agrupado a la izquierda a todas las fuerzas anticonstitucionales en torno al PSOE, un partido que hasta la irrupción de Sánchez, incluso con Rodríguez Zapatero, ha sido constitucionalista y que, ahora, va a marchas forzadas dejando de serlo, retorciendo las instituciones al máximo, con la única perspectiva política de aglutinar los socios de ultraizquierda como instrumento de fuerza de un liderazgo personalista construido a base de exclusiones y de muros. Este es el auténtico peligro que corre España. Puede ser que acaben viéndolo también en Europa, como en Francia ha tenido que verlo Macron. Al encontrarse con el toro de frente no ha tenido más remedio que torearlo.

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