La bochornosa encerrona en la embajada española que organizó José Luis Rodríguez Zapatero para que Edmundo González firmara un acuerdo con los chavistas como condición para salir de Venezuela ha sido el último favor de Sánchez a la dictadura de Maduro, que quería que el ganador de las elecciones abandonara el país cuanto antes. Es un escándalo diplomático y un atentado a la propia decencia democracia que la sede de nuestra nación sea el escenario de un chantaje tan perverso. Pues el presidente electo no tenía elección. Temía por su vida si permanecía en su país y ahora se siente extorsionado por el régimen chavista que amenaza la seguridad de su hija y de sus nietos que permanecen en Caracas. Se trata, pues, de un chantaje urdido por el mejor aliado exterior que tiene Maduro y que es el expresidente del Gobierno español. Algún día se sabrá a cambio de qué o de cuánto se ha vendido Zapatero al dictador.
Pero el Gobierno español calla cobardemente y Albares tiene la desfachatez de asegurar que es ajeno a la burda operación. Que es ajeno a un cambalache celebrado en la sede diplomática española en presencia del propio embajador y de la vicepresidenta venezolana, la gran amiga de Sánchez, Ábalos y compañía. También calla el Gobierno tras la detención de los dos españoles, acusados de terroristas y encarcelados por el régimen del dictador. Nada se sabe de ellos. Y ni el presidente ni el ministro de Exteriores parecen haber movido un dedo para liberarlos. Ni siquiera para exigir a Maduro una explicación.
Mientras, Zapatero se oculta en las cloacas bolivarianas después de haber conseguido expulsar al ganador de las elecciones con su infame chantaje y, ahora, no es capaz, al menos, de ayudar a los dos españoles desaparecidos y encerrados sin explicación alguna por los sicarios del régimen.